El Ciudadano
Por Gonzalo Morales

A veces basta mirar una sala de clases para entender el país entero. Un profesor intenta contener a un curso inquieto, desgastado, agobiado. Algunos estudiantes no durmieron, otros arrastran una ansiedad que no saben nombrar, varios faltaron toda la semana porque en sus casas no había quién los levantara o porque simplemente “no vieron sentido en venir”. La escena se repite a lo largo de Chile, pero la lectura que hacemos sigue siendo superficial: exigimos a la escuela que funcione, que eduque, que discipline, que repare… cuando la realidad es que está sosteniendo, sola, el peso de una crisis mucho más profunda. Porque lo que hoy llamamos “crisis educativa” no es un problema educativo. Es la expresión de un país agotado.
“Distintos estudios dan cuenta de un deterioro fuerte del bienestar docente. En 2022, el 16,6% de los profesores pidió licencia médica por problemas de salud mental, y alrededor de un 70% declaró altos niveles de estrés en su trabajo, según datos del Mineduc y sistematizaciones recientes de Valoras UC. Diversos estudios estiman que en Chile alrededor del 20% de los docentes abandona la profesión en sus primeros cinco años de ejercicio, y que la tasa de abandono anual se sitúa cerca del 5%, más alta en el sector particular pagado.
Y no es difícil entender por qué. La escuela chilena carga un nivel de violencia que está documentado y en alza: 7.523 denuncias en el primer semestre de 2024, según la Superintendencia de Educación, y 8.864 denuncias al tercer trimestre, según Acción Educar. A esto se suma la presión burocrática, la sobrecarga administrativa, cursos numerosos y la sensación permanente de estar haciendo malabares en un sistema que no te protege.
El profesor dejó de ser solo docente. Ahora debe ser psicólogo, asistente social, mediador de conflictos, contenedor emocional y, a ratos, guardia de seguridad. Pero sin apoyo institucional, sin condiciones laborales adecuadas y sin la mínima estabilidad emocional que requiere enseñar.
La crisis no se limita a quienes enseñan. También afecta a quienes aprenden o intentan hacerlo. Mineduc (2025) reporta más de 40 mil estudiantes desvinculados en 2024. Unicef registra 47.509 niños y adolescentes que se desvincularon del sistema educacional sin terminar su ciclo escolar 2023 y 2024. Y los resultados académicos lo confirman: el Simce 2022–2023 mostró un retroceso histórico en Lectura y Matemática. No se trata de falta de talento ni de “esfuerzo”. Es simple: nadie aprende bien cuando vive bajo estrés crónico.
…el Simce 2022–2023 mostró un retroceso histórico en Lectura y Matemática. No se trata de falta de talento ni de “esfuerzo”. Es simple: nadie aprende bien cuando vive bajo estrés crónico.
El bullying, las peleas, las crisis de pánico y los episodios de violencia que vemos en los establecimientos son síntomas, no causas. Los estudiantes traen en sus mochilas algo más pesado que los cuadernos: cargan el agotamiento de sus padres, la ansiedad de hogares precarizados, la soledad de crecer sin tiempo compartido, la sombra emocional de un país donde la vida cotidiana se volvió una carrera de resistencia.
Por dos décadas, las políticas públicas se han obsesionado con la escuela: financiamiento, estándares, pruebas, indicadores, subvenciones, ajustes curriculares. Pero la crisis se sitúa en un plano previo: la vida familiar, laboral, comunitaria y emocional que sostiene a los estudiantes y docentes.
Chile es uno de los países con más horas trabajadas de la OCDE. La falta de tiempo y la precariedad fragmentan los vínculos familiares. Padres y madres hacen malabares para sobrevivir; los niños crecen solos, hiperconectados, sin acompañamiento emocional. La competencia, el endeudamiento y la incertidumbre económica ocupan el lugar que debería llenar la crianza.
Le pedimos a los colegios que solucionen lo que la sociedad completa desbordó: violencia, frustración, desigualdad, abandono, problemas de salud mental, ausencia de horizontes. Pero la escuela no tiene los recursos, ni las herramientas ni la estructura para contener la totalidad de la crisis. Es un error epistemológico y político: no se puede arreglar la educación si no se arregla la vida que la rodea.
Pero la escuela no tiene los recursos, ni las herramientas ni la estructura para contener la totalidad de la crisis. Es un error epistemológico y político: no se puede arreglar la educación si no se arregla la vida que la rodea.
Una reforma educativa verdadera no empieza en el aula; empieza en el país. Significa reconocer que, sin profesores cuidados, no hay educación posible. Garantizar condiciones laborales dignas, estabilidad y equipos multidisciplinarios permanentes. Reducir las jornadas laborales para que las familias tengan tiempo real para criar y acompañar.
Invertir en salud mental comunitaria, espacios públicos, cultura y deporte. Crear políticas de cuidado que permitan que niños y adolescentes vivan una infancia y adolescencia que no sea solo sobrevivencia. La escuela necesita que la sociedad deje de desbordarse sobre ella. Necesita un país que la sostenga, no que la abandone para luego culparla.
Lo que vemos hoy en los colegios, la violencia, el agotamiento, la deserción, bajo aprendizaje, no son el colapso de la educación. Es el reflejo del colapso del tejido social chileno. De décadas de precarización del trabajo, endeudamiento, falta de tiempo, fragmentación comunitaria y abandono del cuidado como tarea colectiva. La escuela está resistiendo como puede. Lo sorprendente no es que esté en crisis; lo sorprendente es que todavía funcione.
La pregunta que debemos hacernos no es cómo “arreglar la escuela”, sino cómo recomponer las condiciones de vida que la hacen posible. Porque ninguna reforma curricular, ninguna evaluación estandarizada y ningún ajuste administrativo podrá resolver lo que ocurre fuera del aula. La crisis de la educación es la crisis del país. Y hasta que no enfrentemos esa verdad, seguiremos culpando a la escuela por un problema que no nació en ella y que, sola, jamás podrá resolver.
Por Gonzalo Morales
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
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