La cruda realidad geopolítica del deporte

El Ciudadano

Por Carlos Gutiérrez P.

Ha comenzado el mundial de fútbol, la versión número 23 del deporte más masivo y quizás el más industrializado actualmente, y que seguramente concentrará la atención global en el mes y días en que se llevará a efecto.

La organización del deporte de alta competencia en general, otrora una actividad humana competitiva, pero con ciertos códigos de honorabilidad, pasional, pero con respetabilidad, hidalguía en la derrota, no ha podido quedar ajena a los conflictos geopolíticos y al dominio cultural que ha impuesto Occidente sobre el resto del mundo. Ha sido una plataforma de su proyecto hegemónico, con los clásicos contenidos coloniales, dominio, soberbia, xenofobia y mirada de superioridad racial.

Un ejemplo paradigmático lo podemos apreciar en la configuración de las principales organizaciones deportivas de alcance mundial y que concentran a los deportes más masivos, como son el fútbol y las disciplinas atléticas, organizadas en la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado) y el COI (Comité Olímpico Internacional), que organizan sus competencias mundiales en forma periódica.

En los 120 años de la FIFA, solo ha tenido 10 presidentes, nueve europeos y un latinoamericano. Todos hombres. El actual, Gianni Infantino, de nacionalidad suiza, lo es desde el año 2016.

El récord del COI es aún mayor. Creado en el año 1894, solo ha tenido 10 presidencias, ocho europeas, una estadounidense y actualmente la africana Kirsty Coventry de Zimbabue (inició su gestión en el año 2025). Nueve hombres y la actual mujer. Eso sí, no hay que engañarse, la señora Coventry nació en Harare, la capital de Zimbabue, pero es blanca, sus padres son de apellidos Leigh y Coventry, e hizo prácticamente toda su vida en Estados Unidos, y fue la única ministra blanca en el gabinete del presidente de Zimbabue Emerson Mnangagwa.

Ambos, son organismos supranacionales que en muchos aspectos están por sobre las regulaciones nacionales, y han demostrado que tienen un poder y capacidad de influencia enormes. Particularmente la FIFA, que no tiene ningún control sobre su gestión y economía fuera de su propio ámbito, lo que la hace una organización con sombras muy pronunciadas. Reproducen el canon occidental: blancos, masculinos, cristianos-católicos, apolíticos (en apariencia).

Actualmente, ese carácter político ha asomado con fuerza y cierto descaro, ya que este dominio organizacional de Occidente de los grandes referentes deportivos ha adoptado resoluciones abiertamente en contra de su declarado espíritu, pero además claramente sesgadas.

Este mismo esquema se reproduce casi en forma idéntica en otras organizaciones deportivas de alcance mundial. Por ejemplo: la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA), creada en 1932, ha tenido 14 presidentes, tres europeos, dos estadounidenses, dos latinoamericanos, tres africanos, un australiano, dos asiáticos, uno de Medio Oriente, todos hombres; la Federación Internacional de Vóleibol (FIVB), creada en 1947, ha tenido solo cinco presidentes, uno europeo, uno chino y tres latinoamericanos, todos hombres; la Federación Internacional de Natación (FINA y hoy World Aquatics), creada en 1908, ha tenido 17 presidentes, ocho europeos, tres estadounidenses, tres latinoamericanos, un australiano, un africano y uno de Medio Oriente, todos hombres.

Todos estos datos son notables: entre estos 56 presidentes hay una sola mujer; 47 de cultura occidental; uno solo proveniente de un país no capitalista, y cinco países de mayoría musulmana. Pero en lo que coinciden todos absolutamente es en ubicar su sede en Suiza y que largos períodos de presidencia son muy convenientes en el ámbito económico personal.

En relación a la cara apolítica del deporte, repitiendo como un mantra que el deporte une y no se vincula a la política nacional ni internacional, es solo una máscara de conveniencia, ya que siempre ha estado ligada a las tensiones y la búsqueda del rédito político. En el período de la guerra fría fue un componente de la llamada “emulación pacífica” entre los dos grandes bloques mundiales, el estadounidense y el soviético, y, por lo tanto, cada logro deportivo se asumía como el ejemplo de la eficacia y la calidad del modelo de desarrollo.

Actualmente, ese carácter político ha asomado con fuerza y cierto descaro, ya que este dominio organizacional de Occidente de los grandes referentes deportivos ha adoptado resoluciones abiertamente en contra de su declarado espíritu, pero además claramente sesgadas. El ejemplo contingente es el comportamiento ante Rusia, Israel, Ucrania y Estados Unidos.

A los cuatro días de iniciada la operación militar rusa en territorio ucraniano, el país fue bloqueado para las participaciones en los campeonatos de fútbol europeo y mundial; asimismo fue sancionado en todas las otras disciplinas deportivas a nivel mundial, y la única posibilidad que tuvieron deportistas rusos/as de participar en competencias era sometiéndose a la condición de neutralidad, sin representación de bandera ni himno nacional.

Situaciones diametralmente opuestas para Ucrania, Israel y Estados Unidos. Al primero nunca se le impuso una sanción por la guerra civil y matanzas de ocho años que lleva contra su propio pueblo en la zona del Donbass; en el caso de Israel, desde el genocidio iniciado en 2023 nunca ha dejado de participar en las competencias que le incumbían, y la respuesta de los organismos deportivos era que no vinculaban la política con el deporte, considerando además que varios de los palestinos asesinados eran justamente deportistas de elite. Con Estados Unidos ha sido peor, ya que sus ataques ilegales contra Irán en 2025, el secuestro de un presidente legítimo y los nuevos ataques contra Irán en 2026, no solo no han implicado alguna sanción, sino que se le permitió seguir como organizador del mundial de fútbol y además se le entregó un reconocimiento por parte de la FIFA al presidente Trump por sus acciones en pro de la paz mundial.

…en 2023 [la Fifa] le retiró a Indonesia la sede mundial del campeonato sub-20 porque este país no tenía relaciones formales con Israel y apoyaba la lucha palestina, trasladando el certamen a la república argentina.

La bajeza de la FIFA a una escala inmoral increíble. Más todavía cuando ya tenía en su haber una situación parecida que podría haber esgrimido para haberle arrebatado la sede mundial a Estados Unidos. Esto ocurrió en 2023 cuando le retiró a Indonesia la sede mundial del campeonato sub-20 porque este país no tenía relaciones formales con Israel y apoyaba la lucha palestina, trasladando el certamen a la república argentina. Los dobles discursos de la cultura occidental liberal.

Pero, así como sorprenden estas decisiones de doble estándar, también sorprenden medidas actuales que están tomando determinadas federaciones deportivas a nivel europeo que están permitiendo la participación del deporte ruso. Extrañas, porque habiendo sido la guerra en Ucrania la justificación para las sanciones, esta aún no ha terminado y ya se han levantado sanciones.

Así, el deporte ruso ha participado en forma brillante en el Campeonato Europeo de Gimnasia Rítmica realizado en Bulgaria, que lideró el medallero con nueve preseas (dos de oro, cuatro de plata y tres de bronce); en los Juegos Paralímpicos de Invierno de MilánCortina de 2026, consiguieron 12 medallas (ocho de oro, una de plata y tres de bronce). Algo parecido ha sucedido en el campo de la natación, con victorias en el Campeonato Europeo Junior de Natación Artística en Luxemburgo, obteniendo siete medallas de oro en las siete competiciones en que participó. Esta Federación, la de deportes acuáticos, así como la Federación Internacional de Esgrima han levantado las sanciones y por lo tanto podrán participar en futuras competencias y también en el próximo mundial de la disciplina de esgrima.

Recientemente, la noticia deportiva fue el triunfo de la rusa Marra Andreeva en la final femenina del torneo de tenis de Roland Garros, después de más de una década sin representación en la final. Además, en esta ocasión, entre las cuatro finalistas había dos rusas, una ucraniana y la finalista polaca. La rusa Andreeva derrotó en semifinal a la ucraniana Kustyuc, la que tuvo un comportamiento abiertamente antideportivo, sin ser objeto de una sanción disciplinaria.

El Mundial de Fútbol

Este mundial tiene varias novedades, todas sujetas a la condición de una industria que genera millones de dólares en ganancias y que cada día está más se mercantiliza en aras de grandes corporaciones transnacionales. Se juega en tres sedes (Estados Unidos, Canadá y México), 48 equipos, 104 partidos, un presupuesto de cuatro mil millones de dólares, un promedio de 500 dólares por una entrada al estadio que ha repercutido en que todavía no se hayan vendido 200.000 de ellas. Por primera vez se ha aplicado el sistema de precios dinámicos, que consiste en el cambio de precios de las entradas en función de la demanda y del número de localidades disponibles para cada partido. La FIFA cobra un 15 % de comisión tanto a compradores como a vendedores. También se han multiplicado los precios del transporte, en el caso de New Jersey, donde se jugará la final, estos se han elevado diez veces.

El famoso director técnico alemán Jürgen Klopp afirmó que “el fútbol está siendo tomado como rehén por ejecutivos en oficinas con aire acondicionado”, a propósito de los horarios y el calendario de partidos. Denuncia que la pausa de hidratación (que se inaugura en este mundial), es una fachada de preocupación por la salud de los jugadores, cuando en realidad “no es más que una jaula dorada construida para los patrocinadores”, haciendo alusión a las millonarias pautas publicitarias de televisión que se meten en esos tres minutos.

Pero, como decía un destacado periodista, las normas en este mundial y a propósito del país donde se juegan la mayoría de los partidos, no es más que la vieja doctrina de que en el viejo oeste todo está permitido.

Pero este mundial ya se caracteriza por las medidas discriminatorias, xenófobas y políticas que el gobierno de Estados Unidos ha aplicado. Los ejemplos ya son muchos: ciudadanos provenientes de Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal tienen restricciones de entrada y visado, total o parcial a nivel oficial. Incluso para quienes no necesitaban visado, como los escoceses, a los cuales se les denegó la entrada a última hora. No dejaron alojarse en territorio estadounidense a la delegación iraní, teniendo que trasladarse después de cada partido a la ciudad mexicana de Tijuana, tampoco le entregaron la cuota de 8 % de las entradas para cada partido que le corresponde a la federación de cada país. Les negaron el visado a los presidentes de las federaciones de Irán y Palestina.

A estos hechos hay que sumarle la negativa de entrada al país al árbitro somalí Omar Artan, elegido como el mejor de la confederación africana, y por lo tanto perdiéndose la oportunidad de dirigir en un mundial de fútbol, a pesar de contar con toda su documentación en regla. Pero la FIFA rápidamente lo compensó con el premio de consuelo de dirigir la supercopa de la UEFA a finales de este verano. Fue la mejor demostración del racismo de Trump, y que el árbitro graficó muy bien cuando aseveró que “creo que tienen un problema con mi país”.

Todo esto ya había comenzado hace unas semanas cuando el delantero suizo de origen camerunés y subcapitán Breel Embolo tuvo problemas de última hora con su solicitud del Sistema Electrónico de Autorización de Viaje (ESTA), lo que le impidió abordar el vuelo de su equipo a Estados Unidos. Casi al mismo tiempo, el defensa marroquí Zakaria El Ouahdi, elegido mejor jugador africano de la Jupiler League belga, se enfrentó al mismo problema y también perdió la partida de su equipo.

Se suman los tratos indignos a la selección iraní, a la haitiana, las africanas, el interrogatorio por siete horas del defensor iraquí Hussein, lo que llevó a que el entrenador noruego, Stale Solbakken, declarara la hipocresía y los tratos innecesarios en la antesala del mundial. La FIFA, por su parte, ordenó a Haití rediseñar su camiseta, ya que, según ellos, tenía una imagen que recordaba la batalla de Vertieres de 1803, un símbolo de su lucha independentista contra Francia. Desde Haití replicaron que no pretende ser una declaración política, pero que era un homenaje a su historia.

Pero, como decía un destacado periodista, las normas en este mundial y a propósito del país donde se juegan la mayoría de los partidos, no es más que la vieja doctrina de que en el viejo oeste todo está permitido.

Esta Copa Mundial será el torneo más cosmopolita de la historia del fútbol. En las 48 naciones clasificadas, más equipos que nunca recurren a jugadores formados fuera de sus fronteras, convirtiendo la competición en un escaparate no solo de talento futbolístico, sino también de nuevas identidades. Estos equipos, cada vez más globales, han surgido por diversas razones. En algunos casos, son el legado de lazos coloniales que aún vinculan a los antiguos imperios con sus diásporas. En otros, son producto de generaciones de migración económica, con hijos y nietos de expatriados que eligen representar a los países que sus familias dejaron atrás. Y a veces, cumplen un propósito aún más profundo ayudar a reconectar a una nación con personas que fueron dispersadas por el mundo a causa de la guerra.

Al final de cuentas, parece que el deporte y el fútbol en particular, cada vez más se ha convertido en “una guerra sin disparos”, como señalara el famoso escritor George Orwell en un famoso ensayo sobre el fútbol de diciembre de 1945 titulado “El espíritu deportivo”.

Como era de esperar, esta tendencia es más evidente en el Sur Global. Las naciones africanas han sido, sin duda, algunas de las más beneficiarias, mientras que países como Curazao han basado su clasificación en el talento de la diáspora. Sin embargo, algunas de las historias más conmovedoras del torneo se encuentran en los Balcanes, donde Bosnia y Herzegovina aún lidia con el legado demográfico y emocional del conflicto y el desplazamiento que generó la intervención militar de la OTAN.

De los 289 jugadores que participan en este Mundial y que representan a un país distinto al de su nacimiento, 17 forman parte de la selección de Bosnia. Cuatro nacieron en Alemania, tres en Suecia, dos en Austria y dos en Serbia, y uno en Croacia, Suiza, Dinamarca, Eslovenia y Estados Unidos, respectivamente.

En un momento en que el rápido ascenso de la extrema derecha en todo el mundo está envalentonando las ambiciones secesionistas de los nacionalistas serbobosnios y croatas bosnios, y exponiendo la fragilidad de los Acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra de Bosnia en 1995, este logro tiene un significado aún más profundo. Ha recordado al mundo que este país existe y que es el hogar de personas que continúan resistiendo por su supervivencia.

Al final de cuentas, parece que el deporte y el fútbol en particular, cada vez más se ha convertido en “una guerra sin disparos”, como señalara el famoso escritor George Orwell en un famoso ensayo sobre el fútbol de diciembre de 1945 titulado “El espíritu deportivo”. Aquí desmitificaba la idea de que el deporte fomenta la paz y la fraternidad, argumentando que las competiciones modernas son en realidad este nuevo tipo de guerra que exacerba el nacionalismo. Hoy sería la mejor representación de la colusión de grandes negocios corporativos, los intereses geopolíticos y el dominio cultural occidental.

En una conversación entre el escritor italiano Bartolomeo Sala y el historiador inglés David Goldblatt (el intelectual-historiador del fútbol más famoso), publicada en la revista de izquierda estadounidenseJacobin” de fines de marzo de este año, ambos concluían que “…el fútbol es hoy aún más político. No solo es una industria multimillonaria y un campo de juego para todo tipo de intereses económicos y políticos, desde los fondos soberanos de los Estados del Golfo hasta las firmas de capital privado estadounidenses, sino que también es el espectáculo más popular del planeta. Esto ha convertido al fútbol en un catalizador de luchas políticas de toda índole.

A pesar de los intentos de las grandes corporaciones y las élites por arrebatar el fútbol a la gente común, este sigue siendo un espacio de lucha por la comunidad y la pertenencia en medio de la alienación capitalista. El próximo Mundial pondrá de manifiesto este deporte y sus contradicciones. El alma del fútbol pertenece a la clase trabajadora”.

Por Carlos Gutiérrez P.

Carta Geopolítica 97 – 16/06/2026

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