SEÑOR DIRECTOR:
En Chile, casi 600.000 personas tienen hoy 80 años o más. Constituyen el grupo etario de más rápido crecimiento y, al mismo tiempo, el más vulnerable del país.
En esta etapa de la vida confluyen dos realidades especialmente críticas: una marcada disminución de los ingresos, junto con un aumento significativo de los gastos en salud, cuidados domiciliarios, mantención y acompañamiento.
Consciente de esta realidad, el Senado aprobó por unanimidad, en 2019, la incorporación del concepto de Cuarta Edad (80 o más años) en la Ley N.º 19.828, con el propósito de diferenciarla de la Tercera Edad (60 a 79 años), por presentar necesidades y desafíos significativamente distintos. Durante ese debate, se advirtió que este reconocimiento podía quedar reducido a un simple cambio de nombre, sin traducirse en políticas públicas.
Por desgracia, eso es lo que ha ocurrido. Las políticas y beneficios continúan dirigidos, en términos generales, a todos los adultos mayores de 60 años, invisibilizando a quienes pertenecen a la Cuarta Edad, como si se tratara de un grupo homogéneo.
El resultado es que miles de chilenos y chilenas —muchos de ellos viudos o viudas, con pensiones limitadas y crecientes necesidades de apoyo— enfrentan una etapa marcada por la fragilidad, la dependencia, la soledad, sin redes familiares de apoyo y una creciente precariedad económica.
Es urgente que el Estado reconozca explícitamente a la Cuarta Edad como un grupo prioritario y diseñe políticas acordes con sus particulares necesidades. Medidas como la exención de contribuciones para quienes corresponda y una rebaja razonable de las cotizaciones de salud tendría un apoyo transversal. Al igual, un subsidio nacional de cuidados permitiría a las familias enfrentar la dependencia severa sin un deterioro aún más significativo de sus condiciones de vida.
Según el último Censo, de los 3,57 millones de personas de 60 años o más, aproximadamente 593.000 tienen 80 años o más. Por ello, focalizar beneficios en este grupo tendría un costo acotado y abordable para el país.
La dignidad de la vejez se juega, precisamente, en esta etapa final de la vida. A un país que aspira a ser verdaderamente humano y desarrollado no puede resultarle indiferente el bienestar de sus ciudadanos más longevos.
Patricio Ventura-Juncá y Sebastián Valderrama
Fac. de Medicina Pontificia Universidad Católica de Chile
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