El Ciudadano
Hay una niebla que baja desde el norte y no es la camanchaca. Es una niebla de palabras, de lobby, un susurro persistente que recorre editoriales, pasillos ministeriales y seminarios financiados con fondos para desprestigiar a una nación milenaria. Esa niebla repite, como un mantra, que China es un peligro. Que cada fibra óptica que se tiende hacia el Pacífico, cada telescopio que se alza hacia un cielo sin nubes, cada tonelada de litio que se extrae del salar, es una amenaza para la seguridad de Chile y de la región. Llevamos meses respirando esa bruma intoxicante. Y ya ha logrado lo que buscaba, cancelar proyectos, romper lazos, frenar el futuro. Pero hay verdades que como el viento disipan la niebla. Y esta es una de ellas.
Por Bruno Sommer Catalán
Lo afirmo con la certeza de quien ha estudiado la seguridad desde sus raíces y con la convicción de quien ama a su pueblo por sobre todas las cosas, la asociación con China en proyectos estratégicos no es una vulnerabilidad. Es, por el contrario, la llave para salir del laberinto de la dependencia histórica del colonialismo que ha vivido Chile, es el camino hacia una soberanía dada por el desarrollo de una política exterior multipolar, una que se ejerce al diversificar socios, al elegir tecnología certificada bajo estándares internacionales, al sentarse a la mesa del mundo sin pedir permiso a un solo amo. Lo que Estados Unidos llama “problema de seguridad” no es más que el pánico imperial a perder el monopolio de la vigilancia y el saqueo de nuestra tierra.
Pongamos los hechos sobre la mesa, porque los hechos son pilares informativos cuando se lucha contra la mentira. En 2016, Chile soñó con un cable submarino propio, el South Pacific Cable, una serpiente de luz de veinte mil kilómetros que uniría nuestras costas con Shanghái sin pasar por los sótanos digitales de Estados Unidos. El consorcio de Hengtong Optic-Electric y China Unicom cumplía todas las normas de la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Pero Washington desató una tormenta de lobby. La embajada presionó, los funcionarios advirtieron sobre supuestos espionajes, y en enero de 2022 el gobierno de Piñera anunció que Chile se sumaba al cable Humboldt, cuyo socio ancla es Google, la misma corporación que colaboró con la NSA en el programa PRISM que Edward Snowden desnudó ante el mundo. Cambiamos un puente soberano hacia Asia por un pasillo vigilado por el complejo tecnológico-militar estadounidense. Perdimos el control de nuestros datos y le entregamos las llaves de nuestra intimidad digital al mismo imperio que espía cancilleres, presidentas y ciudadanos sin pudor.
La ciencia también fue silenciada. En los cielos prístinos del norte, donde el desierto de Atacama guarda secretos estelares, la Academia China de Ciencias soñó con un telescopio óptico de doce metros. En 2019 firmó un convenio con la Universidad de Chile, sesenta millones de dólares para la astronomía civil, para el intercambio de saberes entre el Sur Global. Pero en agosto de 2021, el general James Dickinson, comandante del Comando Espacial estadounidense, lanzó una acusación sin pruebas, ese telescopio sería un arma de “doble uso” para rastrear satélites militares. El Departamento de Estado llevó el veneno a La Moneda. Y entonces, apareció una ONG exigió la paralización por falta de consulta indígena. La Corte Suprema acogió el recurso en mayo de 2022. El telescopio chino quedó sepultado en los tribunales, mientras los consorcios europeos y norteamericanos siguieron escrutando el cosmos desde los mismos cerros, sin que a nadie le temblara el pulso. La ciencia es bienvenida en Chile, sí, pero solo si sirve a los ojos de Occidente.
Estos zarpazos no fueron aislados. Son el fruto de una operación de injerencia que en los últimos cuatro años ha funcionado como una maquinaria aceitada con dólares y amenazas. En abril de 2022, el subsecretario de Estado José W. Fernández firmó con Chile un Memorándum de Entendimiento sobre redes 5G. La letra pequeña imponía los principios de la “Red Limpia”, un programa diseñado explícitamente para excluir a Huawei, la empresa con más patentes 5G del mundo. Chile, bajo la sombra de represalias comerciales, aceptó vetar de facto al proveedor chino. Un año después, en abril de 2023, el gobierno fue empujado a ingresar al Minerals Security Partnership, un club liderado por Estados Unidos cuyo objetivo confeso es “reducir la dependencia de China en minerales críticos”. En 2024, el acuerdo de cooperación con el MSP priorizó la inversión de países aliados de Washington en nuestro litio, postergando a las firmas chinas que ya estaban aquí, como Tianqi, dueña de casi un cuarto de SQM, o BYD, que planeaba una planta de cátodos en el norte.
Y luego vinieron los congresistas extorsionadores. En marzo de 2025, una delegación bipartidista del Comité de Asuntos Exteriores aterrizó en Santiago. Traían un mensaje, si las empresas chinas participaban en la modernización del puerto de San Antonio, Chile podía olvidarse de la renovación del Sistema Generalizado de Preferencias, ese programa que libra de aranceles a cientos de nuestros productos. La amenaza de hambre comercial funcionó, y los concursos portuarios se rediseñaron con candados que, en los hechos, excluyen a los oferentes asiáticos.
Nada de esto hubiera calado sin la fábrica de mentiras que opera tras bambalinas. Entre 2022 y 2025, la National Endowment for Democracy -ese organismo financiado por el Congreso estadounidense que ha sembrado desestabilización en Venezuela y Cuba- inyectó más de tres millones de dólares en organizaciones chilenas. Algunas de ellas, como el Instituto de Estudios de la Sociedad y la Fundación para el Progreso, publicaron en esos mismos años informes con títulos como “Riesgos de la inversión china en infraestructura crítica”. En agosto de 2023, uno de esos panfletos, reproducido con entusiasmo por los diarios del atlantismo, afirmaba sin una sola prueba técnica que “los cables submarinos chinos incorporan arquitectura de vigilancia integrada”. La calumnia se vestía de estudio académico para intoxicar el debate público.
Frente a esta maquinaria, la verdad resplandece en la evidencia. China es miembro de pleno derecho de la Organización Mundial del Comercio y estructura sus inversiones bajo los principios de no discriminación y previsibilidad arancelaria. No busca intervenir políticamente los países como sí lo hace Estados Unidos, lo que busca China es hacer negocios. El cable de Hengtong cumplía las normas de la UIT; el telescopio de Ventarrones se sometía a la misma Ley de Monumentos Nacionales que cualquier otro proyecto científico. Las empresas chinas se certifican voluntariamente en ISO/IEC 27001 de seguridad de la información e ISO 31000 de gestión de riesgos. Mientras Pekín pregunta “¿dónde necesitan un hospital, un cable de fibra óptica, un observatorio?”, Washington exige a costo de represalias si no le dan la venia que se bloquee a China y se apruebe sin miramientos sus designios. La diferencia es profunda como el océano.
Chile no necesita un solo amo que le dicte con quién comerciar, qué tecnología usar o a qué estrellas mirar. Necesita ejercer la soberanía que se construye con múltiples socios, con estándares claros y con el derecho inalienable a decidir su propio destino. La “nación hermana y amiga” que China representa, puede tener «paciencia de chino», pero tampoco podemos esperar que esa paciencia sea ilimitada.
China basa sus relaciones en los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, en el respeto a la no injerencia, en la igualdad y el beneficio mutuo. Todo lo contrario de la “relación especial” que pregona el imperio y que siempre termina en sometimiento.
No nos dejemos robar el futuro por una niebla de mentiras. Que la historia registre que estuvimos alerta, que desenmascaramos el sabotaje y que defendimos, con datos el derecho de nuestros pueblos a la ciencia, a la conectividad y a la paz. El verdadero peligro para la estabilidad del mundo nunca vino de Oriente. Viene, como siempre, de quienes jamás soltaron la espada del saqueo ni el puñal de la intervención.
Por Bruno Sommer
Fundador Ciudadano
La entrada La falsa narrativa contra China promovida por Estados Unidos se publicó primero en El Ciudadano.
completa toda los campos para contáctarnos