Para el creador, la escultura consistía en un proceso de liberación: las figuras perfectas ya habitaban en el interior de los bloques de piedra. Así nació una obra que nació netamente florentino y se consolidó como el tesoro universal del Renacimiento. Su creación, sus imperfecciones y su traslado, lento y protegido, durante siete días hacia el altar definitivo
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