Google acaba de lanzar Personal Intelligence. Conecta Gemini con tu Gmail, Fotos, YouTube y tu historial de búsquedas "con un solo toque". La promesa es que así podrás recibir respuestas personalizadas sin tener que explicar tu contexto cada vez.
El ejemplo promocional es llamativo: estás en una tienda de neumáticos, necesitas dar tu matrícula y Gemini la infiere por las fotos que has hecho de tu coche. No es el mejor ejemplo porque cuánta gente no se sabe su propia matrícula. Pero la idea se entiende.
Ya son tres productos que convergen hacia una arquitectura similar: tener acceso total a tu información a cambio de darte la utilidad máxima. La inversión es total.
Durante lo que llevamos de siglo, el mantra ha sido "más privacidad = mejor producto". No siempre funcionaba en la práctica, pero sobre el papel todo el mundo parecía estar de acuerdo. Apple ha hecho de la privacidad un argumento de venta, a Meta le han caído palos por no cuidarla bien, hay empresas como Proton, Internxt, Mega o pCloud que han nacido precisamente con esa preocupación en su ADN.
Ahora la ecuación se va invirtiendo: percibimos mayor utilidad cuanto mayor sea la intrusión. Y no molesta al usuario. Al revés, lo pide, entrega más información porque sabe que mejores serán las respuestas.
La competencia está en los modelos de IA, pero también en los niveles de acceso consentido:
La diferencia es más psicológica que técnica.
Nadie dice "danos acceso total a tu vida digital completa", dicen "personaliza tu experiencia", "conecta aplicaciones con un toque". O "Claude puede tomar acciones potencialmente destructivas", un adverbio protector ante el hecho de que su IA puede borrar tus archivos. Hace tres años, un producto con estos permisos habría sido presentado como distópico. Hoy es el no va más.
Lo que ocurre es simple:
Ceder privacidad para evitar esas pequeñas fricciones parece razonable. Y lo es. Nadie nos ha engañado. Pero el timing también cuenta.
¿Por qué? Porque el cambio no es solo técnico, también es cultural. Primero había que normalizar el "copiloto" para luego meternos "el secretario que todo lo ve". Cada permiso nos fue preparando para el siguiente. Analiza este documento → Accede a mi Drive → Conecta todo con un toque.
Y funciona porque compensa, y mucho. La IA que solo sabe lo que tú le cuentas es, objetivamente, menos útil. Josh Woodward, VP de Gemini, ha dado una explicación muy buena: cuando fue a cambiar los neumáticos, Gemini le sugirió modelos concretos basándose en los viajes que detectó en Fotos. Climas, tipos de terreno... Eso no lo hace ninguna IA sin ese acceso total.
La pregunta incómoda es qué pasa cuando la herramienta más útil es la más invasiva, lo sabemos, y aun así la preferimos. Cuando la conveniencia inmediata se enfrenta a la privacidad abstracta, la primera gana siempre.
Estas herramientas nos avisan de sus riesgos, pero la mayoría estamos decidiendo que nos da igual. O que vale la pena.
Esto ocurría con Google Maps, YouTube, Spotify o Instagram. La diferencia es que antes el producto era el mapa, la música, la red social. Ahora el producto es un asistente que realmente necesita saberlo todo para funcionar de verdad.
Y va a funcionar. Dentro de un par de años, la IA con acceso completo será tan superior que nos parecerá absurdo haber dudado en algún momento de darle los permisos. Igual que ahora nos parece absurdo usar el móvil sin geolocalización por privacidad.
Cuando nos preguntemos cómo momento normalizamos esto, la respuesta será muy simple: lo pedimos nosotros. La alternativa era tener que ir a buscar la información.
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La noticia
La IA de 2026 trae una verdad incómoda: la más útil será la que más nos vigile
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Lacort
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