Hoy, la salud chilena enfrenta una paradoja incómoda: de cada 100 personas que se realizan un Examen de Medicina Preventiva del Adulto, 85 no completan el proceso. Eso fue lo que mostró el seguimiento de una cohorte de 36.000 pacientes atendidos durante 2024. El examen puede haber levantado una alerta, pero nunca llegan a saber si esa sospecha se confirma o se descarta, no existe una vía clínica de seguimiento. Para el sistema, sin embargo, la meta ya está cumplida con la primera consulta. Es una ilusión de cobertura: podemos exhibir buenas cifras midiendo cuántos entran al sistema, mientras miles de personas quedan con una posible condición de salud detectada, pero sin diagnóstico.
Ese hallazgo puntual sobre adultos es, en realidad, la punta de un problema que documentamos con mayor detalle en el estudio “Análisis y propuesta de mejora en acciones preventivas para la atención primaria de Chile” del Centro de Políticas Públicas UC, esta vez mirando la cascada de tamizajes en niños, adolescentes, embarazadas y adultos mayores. La conclusión es la misma que llevamos meses repitiendo: Chile no tiene un problema de pesquisa, tiene un problema de continuidad. Detectamos con eficacia; acompañamos con torpeza. Las consecuencias para el sistema de salud y para el bienestar de las personas son importantes: invertimos en detectar, pero no logramos disminuir la carga de enfermedad de la población.
Las causas que identificamos en terreno, a través de grupos focales con profesionales y tomadores de decisión del Ministerio de Salud, apuntan a que los registros clínicos no conversan entre sí; las metas sanitarias premian haber tomado el examen, no lo que ocurre después; y persiste, todavía, una cultura clínica que privilegia curar por sobre prevenir.
Lo relevante es que este problema tiene solución, y la evidencia nacional e internacional lo respalda. En nuestra revisión bibliográfica encontramos que un programa de navegación de pacientes elevó el seguimiento diagnóstico tras una mamografía anormal de 67% a 97% en mujeres coreano-americanas. Esto lo confirmamos en un estudio piloto en Chile, en el que técnicos paramédicos permitieron triplicar los exámenes preventivos con un seguimiento completo. El patrón se repite en distintos países y distintas enfermedades: cuando alguien acompaña activamente al paciente después del tamizaje —con recordatorios, navegación o educación personalizada—, la brecha se cierra.
De todas las estrategias revisadas, identificamos cinco medidas concretas factibles de implementar en la atención primaria chilena: desarrollar vías clínicas estructuradas con plazos y responsables definidos para cada condición, unificar los tamizajes dispersos en un programa nacional único, rediseñar los sistemas de registro para medir resultados en salud y no solo actividades realizadas, institucionalizar la educación a pacientes sobre las secuencias de tamizaje y el acompañamiento tras un resultado positivo, y modernizar los formularios clínicos locales —con servicios personalizados para poblaciones con barreras de acceso— para que los equipos de salud dejen de duplicar información que ya tienen.
Ninguna de estas propuestas exige una reforma estructural del sistema ni una inyección masiva de recursos. Apuntan, sobre todo, a medir lo que realmente importa. Mientras el indicador siga siendo “cuántas personas se hicieron el examen” y no “cuántas recibieron una respuesta clínica”, seguiremos financiando pesquisas que no llegan a ninguna parte. Y cada caso que se pierde en esa cascada es, en los hechos, un problema de salud que avanzó sin que nadie lo estuviera mirando.
Por Diego García Huidobro y Trinidad Rodríguez, Escuela de Medicina UC
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