Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana eran dos franceses de orígenes modestos. No tenían apenas dinero, ni contactos importantes. Uno trabajaba limpiando en el aeropuerto de Orly; el otro, en un videoclub, dos empleos muy lejos del mundo al que querían aspirar: el baloncesto profesional. Ambos compart&
Artículo original publicado en SensaCine
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