La izquierda en punto muerto, otra vez

La reaparición del expresidente Gabriel Boric en el debate público no fue feliz. Después del cambio de mando, había seguido un libreto razonable: viajes, charlas, vida familiar, cierta distancia de la política de trincheras. La idea era correcta: un exmandatario debe conservar altura, mostrarse como estadista y evitar las rencillas del día a día.

Pero no pudo resistirse. La insistencia del gobierno en cobrar el CAE a deudores recalcitrantes y solventes tocó una fibra demasiado cercana. Después de todo, la condonación del CAE fue una de las banderas que lo llevó a la política. Su intervención no abrió una discusión de fondo. Más bien recordó promesas incumplidas y el hecho incómodo de que fue su propio gobierno el que fortaleció las facultades de cobro de la Tesorería.

Pero Boric no es el tema de esta columna. Es apenas un ejemplo y, acaso, una oportunidad. En vez de entrar en el cacareo de la minucia, podría usar su ascendencia y los recursos que recibe como expresidente para promover una discusión seria sobre una pregunta que la izquierda chilena lleva demasiado tiempo evitando: ¿qué significa ser de izquierda en Chile hoy?

La pregunta importa porque una izquierda bien articulada, con ideas claras y sentido de futuro, es indispensable para la democracia. Pero hoy vemos una izquierda en punto muerto. Tiene partidos, parlamentarios, fundaciones, centros de estudio y redes sociales activas. Lo que no parece tener es un programa coherente, una visión de país ni una explicación convincente de cómo enfrentar los problemas reales de Chile.

Ahí está el punto. La izquierda no está simplemente debilitada. Está confundida. No sabe cómo hablar de crecimiento sin incomodarse, de seguridad sin pedir disculpas, de Estado sin burocracia, de igualdad sin desconocer el mérito, de derechos sin olvidar deberes. Y mientras no resuelva esas tensiones, seguirá produciendo ruido, pero no movimiento.

Hace unos días, el sociólogo José Joaquín Brunner abordó este problema en un largo ensayo. Más allá del refinado lenguaje académico, su diagnóstico coincide con una intuición que comparten muchos observadores.

La izquierda chilena posee una memoria, pero no un horizonte.

El socialismo democrático vuelve la vista atrás hasta las luchas contra la dictadura, la Concertación e incluso Salvador Allende. Para el Frente Amplio, la memoria es más corta, pero sigue mirando hacia atrás. Se enfocan en la revolución pingüina, en la lucha por la gratuidad, en el inicio de las políticas identitarias y en su fracasada cruzada por eliminar el CAE.

Aunque no ofrece soluciones, Brunner sostiene que el progresismo debe responder cuatro preguntas: qué hacer con el capitalismo contemporáneo; cómo enfrentar la revolución digital; qué papel asignar al Estado en un mundo transformado por la tecnología; y cómo preservar los valores democráticos en una sociedad dominada por algoritmos. Son preguntas importantes. Pero sorprende que no aparezcan en el debate cotidiano de la izquierda chilena.

Hace unos días, Wes Streeting —una de las figuras emergentes de la izquierda británica— abordó en el Financial Times inquietudes muy similares. A diferencia de Brunner, también ofreció respuestas. Su argumento es simple: crecimiento y equidad no son objetivos contrapuestos. Para distribuir riqueza primero hay que crearla. Su propuesta es un capitalismo social, innovador y competitivo, encuadrado por instituciones democráticas y orientado a la inclusión.

Se puede estar de acuerdo o no con esa visión. Pero al menos constituye una visión. Y ahí está precisamente la diferencia. Mientras en otros lugares la izquierda debate cómo combinar crecimiento, innovación tecnológica y cohesión social, en Chile sigue atrapada en discusiones sobre episodios del pasado, agravios históricos y promesas que hace mucho dejaron de convencer a la ciudadanía.

Pero las ideas, por sí solas, no bastan. Para salir del punto muerto la izquierda chilena necesita una segunda cosa: volver a conectarse con el mundo popular. No me refiero a invocarlo en discursos, sino a compartir sus preocupaciones, comprender sus aspiraciones y participar de su cultura. Durante buena parte del siglo XX, la izquierda estaba arraigada en sindicatos, poblaciones y barrios. Muchos de sus dirigentes provenían de esos mundos. Hoy esa conexión es mucho más tenue.

Quizás por eso la izquierda se siente cómoda discutiendo causas que movilizan a grupos altamente educados - los temas identitarios y los pronombres -, pero incómoda hablando de delincuencia, movilidad social, esfuerzo individual, orden público o crecimiento económico, temas que ocupan buena parte de las conversaciones cotidianas de millones de chilenos comunes y corrientes.

Sin una visión de futuro, la izquierda seguirá viviendo de sus recuerdos. Sin una reconexión con el mundo popular, seguirá hablando principalmente consigo misma. Para salir del punto muerto necesita recuperar ambas cosas: un horizonte y un pueblo.

Junio 20, 2026 • 3 horas atrás por: LaTercera.com 53 visitas 2218150

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