La memoria cancelada

Cada cierto tiempo reaparece el debate sobre la vandalización de monumentos. Hemos escuchado que se plantean sanciones, registros de infractores o nuevas herramientas jurídicas. Son cuestiones relevantes. La pregunta de fondo es otra. ¿Por qué una sociedad decide atacar los objetos que ha construido para recordar?

Durante las últimas décadas se ha extendido una lectura según la cual muchos monumentos serían expresiones materiales de relaciones de poder hegemónico. Estatuas, placas y memoriales representarían relatos impuestos por grupos dominantes, vinculados al colonialismo, la exclusión o la desigualdad. La crítica no carece de fundamento. Todo monumento expresa una visión de la historia y ninguna memoria pública es completamente neutral.

El problema comienza cuando la crítica deja paso a la cancelación. La vandalización, la destrucción o la intervención permanente de monumentos suele presentarse por algunos como un acto de justicia histórica. Se supone que la desaparición del símbolo equivale a la superación del conflicto que representa. La experiencia demuestra algo distinto. El pasado no desaparece cuando se destruyen sus huellas materiales; lisa y llanamente, se vuelve más difícil comprenderlo.

La paradoja no es nueva. En 1794, en plena Revolución Francesa, el abate Henri Grégoire acuñó el concepto moderno de vandalismo para denunciar la destrucción de iglesias, obras de arte y monumentos promovida por los propios revolucionarios. Advirtió que una sociedad podía terminar confundiendo la crítica del pasado con su cancelación material. Más de dos siglos después, la advertencia conserva vigencia.

Los monumentos no existen para celebrar unanimidades. Existen porque la memoria colectiva es compleja, conflictiva y, muchas veces, más que incómoda. Una democracia madura puede discutir sus símbolos, contextualizarlos, reinterpretarlos e incluso decidir democráticamente su traslado o reemplazo. Lo que no puede hacer es entregar esa decisión a la fuerza del grupo que grafitea, derriba o destruye.

La memoria pública no se fortalece cuando se vuelve intocable. Tampoco cuando se vuelve invisible. Entre la veneración acrítica y la cancelación de moda, existe un espacio más exigente, el de la comprensión histórica.

Tal vez la pregunta no sea cómo proteger los monumentos de los vándalos. Tal vez debamos preguntarnos por qué nos resulta cada vez más difícil convivir con las huellas materiales de nuestro propio pasado. Una sociedad que pierde esa capacidad corre el riesgo de quedarse sin monumentos. También sin memoria.

Por Carlos Maillet Aránguiz, Arquitecto.

Junio 20, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 31 visitas 2216649

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