
Un nuevo estudio a gran escala, dirigido por un equipo de investigación del Centro de Biodiversidad y Cambio Global de Yale (Estados Unidos), ha descubierto que la vida silvestre responde no solo a cómo los humanos transforman sus hábitats, sino también a la simple presencia de los humanos, y a veces de maneras sorprendentes.
El estudio, publicado en 'Science' concluye que incluso pequeños cambios en la forma en que las personas se desplazan por el entorno pueden afectar significativamente el comportamiento animal y podrían tener implicaciones para los esfuerzos de conservación de la vida silvestre.
"Nuestros hallazgos aportan un matiz importante a nuestra comprensión de la vida silvestre en un mundo que cambia rápidamente", declara Walter Jetz, profesor de ecología y biología evolutiva en la Facultad de Artes y Ciencias de Yale y director del Centro de Biodiversidad y Cambio Global de Yale.
"Los animales se ven afectados tanto por la presencia humana directa como por los cambios en el medio ambiente físico provocados por el ser humano, como la agricultura y la urbanización", insiste Jetz. "Este estudio es el primero en evaluar directamente y a gran escala cómo ambas causas, por separado y en combinación, impactan el uso del hábitat de la fauna silvestre".
El estudio culmina una colaboración global de seis años entre investigadores de Yale y colegas de más de 50 organizaciones académicas y gubernamentales de Estados Unidos y del extranjero. Las conclusiones generales del mismo sugieren que, para proteger la vida silvestre, los conservacionistas no solo deberían considerar la pérdida de hábitat, sino también dónde y cuándo hay presencia física de las personas.
En su trabajo, los investigadores utilizaron dispositivos GPS para rastrear 37 especies (22 aves y 15 mamíferos) en todo Estados Unidos. Entre los mamíferos se encontraban el venado cola blanca, los lobos, los coyotes, los mapaches, las mofetas y algunos felinos de gran tamaño. Las aves incluían especies grandes como buitres, halcones, patos, grullas y cigüeñas. En total, los investigadores recopilaron alrededor de 11,8 millones de puntos de localización de más de 4.500 animales.
Por primera vez, el equipo utilizó datos de teléfonos móviles, junto con mediciones satelitales de la alteración del hábitat humano, para estudiar cómo ambos aspectos del comportamiento humano afectaban el movimiento de los animales y el uso del hábitat.
Los confinamientos por la COVID-19 alteraron drásticamente los patrones de movimiento humano, lo que permitió a los investigadores estudiar las diferencias en la presencia humana entre 2019 y 2020. Esto les permitió diferenciar los efectos de la presencia humana en el comportamiento animal de los cambios paisajísticos a largo plazo, como el desarrollo urbano y la agricultura.
Los investigadores midieron el espacio que utilizaban los animales y la variedad de hábitats que ocupaban, y luego aplicaron modelos estadísticos para vincular estos comportamientos con la actividad humana y las condiciones ambientales.
Los resultados mostraron que más del 65% de las especies modificaron su comportamiento en función de la presencia humana, y que esta presencia tendía a ser más relevante en entornos naturales menos desarrollados. Sin embargo, las distintas especies respondieron de maneras diferentes. Muchas redujeron el espacio que ocupaban, probablemente para evitar a las personas, pero otras tuvieron la reacción opuesta.
Los lobos grises, por ejemplo, ampliaron su territorio, posiblemente viajando más lejos para evitar a los humanos. Los cuervos también cubrieron más terreno, probablemente aprovechando las fuentes de alimento vinculadas a las personas, mientras que los coyotes tendieron a restringir sus movimientos. El estudio también reveló que los animales individualmente podían ajustar su comportamiento de año en año, demostrando cierta flexibilidad en respuesta a los cambios en la actividad humana.
"La pérdida de hábitat es el principal factor que impulsa la pérdida de biodiversidad, pero, como demostramos, el uso directo del paisaje por parte del ser humano también influye en este efecto", subraya Jetz. "Dependiendo de la calidad del hábitat restante, los animales realizan ajustes en su comportamiento que amplifican o atenúan los efectos negativos de la pérdida de hábitat".
El estudio destaca cómo las nuevas tecnologías, como el rastreo GPS combinado con datos satelitales y mediciones de la presencia humana, pueden revelar nuevos datos sobre cómo responde la vida silvestre a los humanos.
Los resultados también sugieren que, además de la conservación del hábitat, los esfuerzos por gestionar hábilmente el momento y la intensidad de la actividad humana, como limitar el tráfico durante períodos clave o reducir las perturbaciones en hábitats sensibles, pueden ayudar a que la vida silvestre y las personas coexistan.
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