La Odisea de Rosalía

La Odisea en la versión de Christopher Nolan es una mezcla de Vikings, “La Guerra del Peloponeso” de Tucídides y el poema de W.H. Auden “El escudo de Aquiles”. Describe la destrucción de un mundo de letras, culto, comercio y cultura debido a la ira y la bajeza de los hombres. En suma, por la desmesura humana, tema favorito de los griegos. La caída de Troya tiene reverberaciones de la traición de los Campbell a los Macdonald en medio de la nieve de las tierras altas. Y lo que busca el director es bastante obvio: transmitirle al espectador temor por nuestra propia decadencia. Por nuestra propia desmesura. Miedo por un mundo “donde las promesas jamás son cumplidas, y donde nadie llora por ver llorar a otra persona”. Es decir, por el advenimiento de una edad oscura donde la humanidad misma se vea pisoteada y degradada.

Visto así, con Imax o sin Imax, con sexo y comidas bonitas, o sin ellas, la voz de Nolan viene a golpear las mismas puertas que la encíclica Magnífica Humanitas de León XIV. Pero en vez de hacerlo en clave cristiana, lo hace en términos paganos. Por lo mismo, el mensaje final de Odiseo tiene un componente cíclico: viene una época oscura, pero luego volverá a girar la rueda. Nuestro tiempo será cantando durante los años del anafabetismo, pero la civilización volverá. El hierro pasará, y volverá el oro, para comenzar todo de nuevo. La encíclica, en cambio, nos dice que la revelación se despliega en la historia y que cada generación debe elegir entre construir Babel y construir la Ciudad de Dios.

Y es ahí donde entra Rosalía. Ayer concluyeron las cuatro presentaciones de la cantante española en el Movistar Arena de Santiago. Su Lux Tour ofrece un espectáculo de primer nivel en cuanto a escenografía y coreografía. Sin embargo, es también un show estéticamente desconcertante debido a la presencia insistente de simbología y referencias cristianas tanto en el escenario como en las canciones. Eso, y el hecho de que las letras de las composiciones mezclen castellano, árabe, japonés, latín, coreano, inglés, catalán, italiano y varios idiomas más.

La propuesta de Rosalía no subestima al público, sino al revés. Es exigente y, a ratos, extraña. Pasa de cantar sobre las lágrimas de Cristo en italiano, explicando su inspiración en Puccini, a cantar en clave perreo sobre un colaless Versace. Sus melodías, en cualquier caso, no son simples, y por eso cada vez que se saltaba una línea con la esperanza de que la coreara el público el resultado era bastante pobre: no es fácil entonar casi ninguna de sus canciones. El show tiene un intermedio inexplicable que transcurre en un confesionario, donde algún artista local se “confiesa” con ella, pero luego no cantan en dúo. Y, finalmente, todo concluye con un incensario gigantesco que hace las veces también de bola disco flotando por los aires repartiendo humo, luces de flash y, uno puede asumir, bendiciones. Esto, al mismo tiempo que la cámara revela desde el aire una gran cruz de neón en la zona ocupada por la orquesta durante el show.

¿Qué tiene que ver esto con Nolan y Magnífica Humanitas? Rosalía, en su último disco, que le da nombre al tour, busca indudablemente celebrar el mundo compartido que Nolan ve hoy amenazado. Amenaza que, seguramente, ella también tiene presente. Pero esa celebración termina coalesciendo en Cristo. Es una celebración cristiana de la humanidad magnífica, donde la creación compartida ocupa un lugar central. No es cualquier universo cultural el que se ve amenazado. En ese sentido, lo que Lady Gaga explora de manera tímida y algo confusa en algunas de sus composiciones, Rosalía lo expone sin anestesia ni tapujos: “Mi Cristo… mi querido amigo… el amor que no se elige y no se deja caer… contigo la gravedad es grácil y la gracia es grave… ¿Cuántos puñetazos te dieron que deberían haber sido abrazos? ¿Y cuántos abrazos diste que podrían haber sido puñetazos?”.

Este canto a lo divino, en todo caso, como ya dije, es bastante desconcertante. A ratos uno no sabe si es parte de un ardid publicitario (aunque la ganancia, de ser así, no se ve por ningún lado). Uno también podría ver este esfuerzo artístico como un canto del cisne de nuestra época, donde la misma celebración es nada más que el procesamiento de los rastrojos de la civilización cristiana por una maquinaria comercial ciega que eventualmente arrasará con todo. Entre orquesta del Titanic y última función de un teatro venido a menos y desvencijado. Pero en Rosalía parece haber otra intención, que tiene más que ver con la esperanza. Sus ojos parecen fijados en la Ciudad de Dios. No es cualquier universo cultural el que se ve amenazado, sino el rostro de Cristo nuevamente escupido, pero que no puede emerger, en última instancia, sino triunfante. ¿Irá por ahí la cosa?

Julio 30, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 41 visitas 2335778

🔥 Ver noticia completa en LaTercera.com 🔥

Comentarios

Comentar

Noticias destacadas


Banner tips.cl

Contáctanos

completa toda los campos para contáctarnos

Todos los datos son necesarios