Hernán Bahos Ruiz
Redacción Deportes, 16 ago (EFE).- Caía la tarde de aquel lunes 16 de agosto de 1920 en el Polo Grounds del Alto Manhattan y las primeras sombras de una jornada gris y húmeda hacían casi imposible seguir la trayectoria de la bola.
Era una esfera sucia, oscura, desgastada por la tierra mojada, el tabaco y la saliva que los lanzadores amasaban en secreto para doblegar a los bateadores.
Los Indios de Cleveland vencían por 0-3 a los Yanquis en la parte alta de la quinta entrada. En el plato aguardaba con su bate Ray 'Chappie' Chapman y desde la lomita Carl Mays preparaba el envío.
La cuenta estaba nivelada en una bola y un strike.
'Chappie' era un hombre de carácter dulce fuera del terreno, pero de una entrega férrea en el diamante. Lideraba el arte de los toques de sacrificio situándose muy cerca del plato, desafiando el peligro para conectar golpes cortos. Aquella tarde, fiel a su costumbre, se paró pisando la línea interior de la caja de bateo.
Mays, un lanzador de temperamento áspero y dueño de un estilo intimidante, solía soltar la esférica con violencia seca. Tras dos lanzamientos cercanos para apartarlo, el tercer envío elevado viajó veloz y traicionero en la penumbra del atardecer.
No hubo tiempo para la reacción. Quizá Chapman no la vio venir, pues la pelota impactó de lleno en la sien izquierda. Como las pelotas limpias, los cascos protectores tampoco existían en las Grandes Ligas de entonces. La cabeza del bateador apenas estaba cubierta por una gorra.
El campocorto se desplomó en la arcilla. Un hilo de sangre brotó de su oreja izquierda. Sus compañeros y el ampáyer corrieron hacia él atrapados por el espanto.
Minutos después, al recobrar fugazmente el sentido camino a los vestuarios, con un hilo de voz pidió que le dijeran a su esposa, Kathleen Daly, con quien se había casado hacía poco y esperaba su primer hijo, que la amaba, y rogó que le entregaran su sortija de matrimonio. Y a continuación se desvaneció para siempre.
Las crónicas de la época relatan el vía crucis hasta el Hospital St. Lawrence de Nueva York. Los médicos hallaron una fractura masiva de nueve centímetros en el hueso parietal izquierdo. Fue intervenido de urgencia, pero doce horas después, a las 4.41 horas del 17 de agosto, el corazón de 'Chappie' se detuvo.
Hasta hoy, 106 años después, ningún otro jugador de las Grandes Ligas ha fallecido por lesiones sufridas durante un juego.
Murió sin saber que sus compañeros cerraron el juego con victoria de 2-4 y que Mays había continuado en la lomita hasta completar 8 entradas.
Había prometido que esa temporada sería la última de su carrera, el preludio apacible para dedicarse por entero a su hogar. El destino tenía otros planes.
Cleveland lloró a su torpedero vistiendo brazaletes negros durante dos meses y conquistó aquella Serie Mundial como un rezo consagrado a su memoria. 'Chappie' se fue, pero se instaló para siempre mito y leyenda.
El equipo de Cleveland usó brazaletes negros por los dos meses que restaban a la temporada de 1920, cuya Serie Mundial ganó a Broklyn Robins con un global de 5-2.
Chapman no estaba, pero el equipo le dedicó la victoria y lo consagró como héroe, mito y leyenda.
Fue uno de los deportistas más populares de Cleveland desde su llegada a finales de la temporada de 1912, con 21 años.
Por contra, Mays no fue un jugador popular ni entre sus rivales ni entre sus compañeros, y cultivó la fama de ser un jugador agresivo.
Mays cargó con el fantasma de esa pelota sucia el resto de sus días. La tragedia lo persiguió hasta el 4 de abril de 1971, cuando su propia vida se apagó a los 79 años.
Con el peso de la culpa grabado en el alma, confesó en la edición de noviembre de 1920 de 'Baseball Magazine': "Es un episodio que siempre lamentaré más que cualquier otra cosa que me haya sucedido". EFE
(foto)
completa toda los campos para contáctarnos