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La política debe ser tradicional en su forma, o no será

El Ciudadano

Por Diego Farfán Valdebenito

Hay una escena que se repite en nuestra historia política con la fidelidad de una costumbre. Llega un gobierno nuevo con su programa bajo el brazo (promesas de campaña incluidas) y con un lenguaje lleno de palabras que suenan a ventana abierta de par en par, a cuarto recién ventilado. El mensaje llega al ciudadano de a pie con la certeza de que esta vez, sin lugar a duda, será distinto. Y luego, sin que nadie lo registre del todo (el ciudadano por el paso inadvertido de los días y la clase gobernante por la monotonía de la rutina), el gobierno empieza a recurrir a prácticas y figuras que había prometido dejar atrás. Reaparecen los gestos de siempre, los pactos de siempre, los hombres de peso de siempre; las negociaciones que ocurren lejos de cualquier discurso, la planilla Excel con su fórmula = CONTAR.SI aplicada sobre los votos.

Vamos a decir que la política tiene una forma geométrica de hacer las cosas… es decir, observa ángulos (puntos de vista, posiciones que cada actor defiende), calcula distancias (diferencias y discrepancias que separan al gobierno de sus adversarios) y mide aristas, que son precisamente los bordes donde los distintos actores se rozan, los puntos donde el encuentro es posible. Y esa lógica, en lo esencial, forma parte de la cultura organizacional del Estado. La distinción importante es que los proyectos políticos cambian, pero las dinámicas del poder suelen persistir.

Cualquiera sea el gobierno que llegue con voluntad transformadora (de izquierda o de derecha) tendrá igualmente que negociar, leer el tablero y reconocer el peso de cada actor. No necesariamente porque el poder termine corrompiendo sus intenciones, sino porque gobernar exige adaptarse a ciertas lógicas institucionales sin las cuales ningún proyecto logra sostenerse.

En The Picture of Dorian Gray, Oscar Wilde construyó una de las metáforas más inquietantes de la literatura moderna. El autor imaginó a un hombre obsesionado con conservar intacta su “juventud”. Dorian Gray deseaba que el tiempo y las consecuencias de sus actos no se reflejaran en su cuerpo, sino en un retrato oculto en alguna habitación lejana de la casa. Y el deseo se cumple. Mientras Dorian sigue mostrando un rostro impecable ante el mundo, el cuadro comienza a deformarse lentamente… envejece, se corrompe y acumula en silencio todo aquello que él intenta esconder. El retrato termina convirtiéndose en la verdad que la apariencia pública no puede mostrar.

La novela no trata solamente sobre vanidad o belleza; trata, sobre todo, de la distancia entre la imagen que una persona proyecta y de las estructuras invisibles que sostienen su vida. Dorian conserva intacta la superficie, pero el costo de esa perfección se va acumulando fuera de la vista de los demás. El retrato absorbe las contradicciones, los excesos y las renuncias que hacen posible mantener viva la ilusión.

La política funciona de un modo parecido. El discurso llega siempre joven, con promesas de renovación, ruptura y cambio, pero detrás, lejos de la superficie, permanecen intactas las negociaciones silenciosas, las figuras de experiencia y las lógicas que terminan sosteniendo el poder. Cada generación política cree venir a inaugurar una etapa completamente nueva, aunque tarde o temprano descubre que gobernar implica convivir con estructuras históricas, equilibrios institucionales y prácticas que sobreviven incluso a los relatos más refundacionales.

Gobiernos que llegaron prometiendo alterar profundamente las reglas del juego terminaron recurriendo, tarde o temprano, a las mismas figuras de experiencia, a los mismos mecanismos de negociación y a las mismas prácticas que inicialmente cuestionaban.

Y es justamente ahí donde aparece el verdadero retrato de la política: no en los slogans de campaña ni en la épica del primer discurso, sino en el momento en que los gobiernos deben abandonar la pureza del relato para entrar al terreno áspero de la administración del poder. Ahí, en ese espacio menos visible, el idealismo empieza a negociar con la realidad.

Chile ha visto este fenómeno repetirse más de una vez en los últimos años. Gobiernos que llegaron prometiendo alterar profundamente las reglas del juego terminaron recurriendo, tarde o temprano, a las mismas figuras de experiencia, a los mismos mecanismos de negociación y a las mismas prácticas que inicialmente cuestionaban. El retrato seguía ahí, esperando detrás del discurso.

El gobierno de Gabriel Boric quizás sea uno de los ejemplos más visibles. Llegó impulsado por una generación política que buscaba diferenciarse de la tradición concertacionista y de sus formas de administrar el poder. El discurso apuntaba a una renovación profunda: nuevas generaciones, nuevas prioridades y una manera distinta de relacionarse con las instituciones. Pero la realidad parlamentaria, las reformas estancadas y la necesidad de sostener gobernabilidad fueron empujando gradualmente al gobierno hacia figuras con mayor experiencia política y capacidad de negociación. El gabinete comenzó a incorporar nombres provenientes de la centroizquierda tradicional, como Carolina Tohá, Ana Lya Uriarte o Mario Marcel, perfiles asociados a la experiencia administrativa y al manejo político que durante años habían sido cuestionados por las nuevas generaciones frenteamplistas. Lo que inicialmente se presentaba como una ruptura terminó conviviendo con las mismas lógicas institucionales que buscaba superar. Más que una renuncia completa al relato original, el proceso evidenció cómo la gobernabilidad termina revalorizando cuadros capaces de negociar, administrar crisis y sostener acuerdos dentro de estructuras políticas que no desaparecen con el cambio generacional.

Algo similar comenzó a observarse en el inicio del gobierno de José Antonio Kast. La respuesta llegó a los 69 días. José Antonio Kast removió a su vocera, Mara Sedini, y a su ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, redistribuyó carteras y concentró el manejo político y comunicacional en una sola figura: Claudio Alvarado, quien pasó a desempeñarse simultáneamente como ministro del Interior y vocero de Gobierno. El movimiento no era casual. Alvarado representaba precisamente aquello que los momentos de presión suelen revalorizar en política: experiencia parlamentaria, capacidad de negociación y conocimiento profundo de las dinámicas institucionales. Exdiputado, exsenador, subsecretario y articulador político en los gobiernos de Sebastián Piñera, su llegada al centro de la toma de decisiones revelaba algo más profundo que un simple ajuste de gabinete.

El gobierno que había llegado con un diagnóstico contundente y con figuras provenientes de perfiles más técnicos, comunicacionales o externos a la política tradicional terminó recurriendo, ante el primer tropiezo serio, a uno de los mecanismos más antiguos de la gobernabilidad chilena: concentrar poder en operadores con experiencia política. La oposición lo llamó fracaso. El oficialismo, reestructuración necesaria. Pero más allá de las interpretaciones inmediatas, el episodio terminó reforzando una lógica conocida: frente a escenarios de presión, los gobiernos tienden a volver sobre aquellas figuras capaces de leer el tablero institucional incluso antes de que la crisis termine de desplegarse. Y el tablero, tarde o temprano, suele imponerse al relato.

Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la política: cada generación cree venir a reemplazar el viejo retrato, pero tarde o temprano descubre que el poder también tiene memoria, costumbres y mecanismos de supervivencia. Los discursos cambian, las generaciones se renuevan y las promesas se transforman; sin embargo, las lógicas que sostienen la gobernabilidad permanecen. Y quizás por eso, al final, la política debe ser tradicional en su forma… o simplemente no será.

Por Diego Farfán Valdebenito

Administrador Público

Fuente fotografía


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Mayo 28, 2026 • 19 días atrás por: ElCiudadano.cl 54 visitas 2145592

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