La teocracia en el ojo ajeno

Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista.

No son pocos quienes, en el contexto del conflicto con Irán, vuelven a levantar una esperanza que suele asomar cada vez que una teocracia queda expuesta: la idea de que, por fin, se abra una grieta por donde pueda entrar la secularización, incluso que la guerra y la violencia pueden ser un mecanismo legítimo para acometer dicha tarea. Que el poder religioso, cuando se vuelve gobierno y policía moral, no sólo oprime: también se desgasta. Y que ese desgaste -interno o acelerado por presiones externas- podría algún día traducirse en un país donde la ley deje de ser catecismo, donde la vida civil no dependa de la interpretación de juristas religiosos, y donde la libertad de conciencia no sea una concesión, sino un derecho. La propia arquitectura del Estado iraní, que se define como república islámica, con una religión oficial y con el islam como fuente normativa, explica por qué tantos, desde lejos, sueñan con “laicizar” Irán.

Desde Occidente, además, las críticas a los regímenes teocráticos se disparan con una facilidad casi automática. Se acumulan ejemplos de lo que supone el ejercicio político de una religión cuando ésta no es una opción íntima, sino la columna vertebral del Estado: abusos contra la población, restricciones a las libertades individuales, control del cuerpo de las mujeres, imposiciones morales, persecución de disidentes, dogmas convertidos en norma civil. Para quienes abrazamos una sociedad laica, con libertad de pensamiento y desprovista del influjo de una religión oficial, esas críticas resultan no sólo comprensibles, sino necesarias.

El problema comienza cuando esa misma voz crítica -tan lúcida para mirar lejos- se vuelve ciega para mirar cerca. Como si la teocracia fuera un monstruo exótico, un mal “de otros”, ajeno a nuestra cultura y por tanto inexistente en nuestras propias instituciones. Se denuncia el fanatismo de allá con la seguridad de quien se siente vacunado, sin advertir que, en Occidente, y en nuestros países, persisten formas más suaves, pero muy reales, de tutela religiosa sobre la vida social: no una teocracia en sentido estricto, pero sí un entramado de símbolos, costumbres, privilegios y presiones que vuelven de manera tradicional y casi obligatoria a Dios en una presencia constante en los actos públicos, en los ritos cívicos, en las escuelas, en la política y en el lenguaje mismo con que se administra la moral común.

Basta observar lo normalizado: la enseñanza de la fe en espacios educativos que se suponen públicos; la invocación religiosa en ceremonias del Estado; el modo en que la autoridad política acude a rituales eclesiásticos como parte del libreto institucional, como si la República necesitara un aval trascendente para legitimarse. Y también la facilidad con que jerarquías religiosas intentan orientar -con la fuerza de la tradición y el peso del hábito- qué es “conveniente” legislar y qué no, con el apoyo indisimulado de sectores políticos interesados.

No se trata de prohibir la religión ni de despreciar la espiritualidad personal. La crítica laica no apunta a la fe como vivencia íntima, sino a la fe convertida en costumbre obligatoria, en sello de respetabilidad, en dispositivo de formación moral impuesto desde la infancia. Porque ahí está uno de los núcleos más delicados: la inducción temprana. Los niños son introducidos en dioses, santos, vírgenes y dogmas no como una posibilidad cultural entre otras, sino como una verdad heredada, un paradigma cultural del que no se espera que duden. La conciencia se “forma” antes de que exista verdadera libertad interior. En lugar de educar para pensar, se educa para aceptar; en vez de desarrollar un espíritu crítico, se instala una doctrina y se le llama tradición.

Y junto a esa religiosidad institucionalizada, con fuerza creciente aparecen expresiones más cerradas, más sectarias y más fanáticas: grupos que hablan del demonio y de los ángeles con literalidad; que presentan mitos de creación como verdades socialmente obligatorias; que proponen costumbres reñidas con la dignidad humana y que incorporan adolescentes a comunidades cerradas donde la obediencia reemplaza a la deliberación; que vuelven la sexualidad una culpa y la educación afectiva un tabú; que se oponen a una sexualidad sana, a los métodos anticonceptivos, a la autonomía corporal. No será el fundamentalismo convertido en aparato estatal total, pero sí es una versión local, claro, quizás más amortiguada, más “respetable”, más camuflada, de la misma tentación: subordinar la vida de todos a la moral de unos pocos.

Algunos dirán: esto no es comparable con una teocracia. Y tienen razón, si la comparación se entiende como identidad exacta. En Irán, por diseño constitucional, la religión no acompaña al Estado: lo estructura, lo vigila, lo corona. Pero la cuestión no es de identidad, sino de estructura. El mecanismo que subyace se parece, aunque opere con distintos grados de intensidad: en ambos casos se busca que una verdad revelada se imponga como verdad pública; en ambos se confunde el bien común con la moral de una confesión; en ambos se sospecha de la libertad de conciencia cuando ésta amenaza la unidad doctrinal.

El verdadero debate, entonces, no es si “aquí” somos o no somos Irán. La pregunta es más incómoda: ¿cuánto de la lógica teocrática -en versión atenuada, culturalmente aceptada, vestida de tradición- toleramos sin verlo? ¿Cuántas veces aceptamos como “normal” que el Estado sea ceremoniosamente religioso, que la política se incline ante un altar, que la infancia sea catequizada como si eso fuera parte inevitable de la educación?

La laicidad no es una guerra contra Dios; es una defensa de la libertad humana. Es el derecho a creer o no creer sin que el Estado elija por nosotros, sin que la escuela empuje, sin que la cultura obligue por presión social. Y si somos coherentes con nuestras críticas a las teocracias lejanas, deberíamos tener el valor de revisar nuestras propias concesiones locales. Porque quizás con otros matices el modelo se repite. Y lo equivalente no siempre llega con botas y látigo: a veces llega con himnos, con protocolos, con rezos “inofensivos”, con costumbres que parecen pequeñas… hasta que se vuelven norma.

 

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Marzo 6, 2026 • 2 horas atrás por: ElPeriodista.cl 65 visitas 1855146

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