El Ciudadano
Por Lois Pérez Leira
Estos días hemos asistido a diversas manifestaciones por la «Paz» en distintos puntos del Estado español. Calles llenas, consignas sonoras y pancartas llamando al cese de las hostilidades. Sin embargo, al observar el contenido real de estas movilizaciones, queda en el aire una pregunta incómoda pero obligatoria: ¿la paz en dónde y contra quién?
El gran problema de las proclamas actuales es que omiten deliberadamente el factor fundamental: no dicen quién provoca las guerras.
Cuando la exigencia de paz se desvincula de sus causas materiales, la palabra se convierte en un término vacío, en un significante despojado de sustancia, exactamente igual a lo que ocurre hoy con conceptos manoseados como «libertad» o «democracia».
Gritar «paz» en abstracto, sin señalar con el dedo al imperialismo y a la lógica de acumulación global que necesita la guerra para subsistir, no es neutralidad; es, en el mejor de los casos, ingenuidad y, en el peor, complicidad discursiva.
Debemos terminar de una vez con los eufemismos. Las guerras contemporáneas no son catástrofes naturales ni explosiones espontáneas de irracionalidad humana; son el resultado directo de la disputa geopolítica y económica de las grandes potencias por el control de recursos, mercados y soberanías.
Ya lo advertía Karl Marx cuando analizaba cómo las dinámicas del capital pervierten cualquier pretensión humanista, señalando que «el comercialismo, que es el espíritu de nuestro tiempo, es el espíritu de la ganancia, no de la paz». Bajo el orden actual, la llamada «paz» no es más que la preparación silenciosa del siguiente conflicto, una tregua temporal mientras los intereses financieros se reorganizan.
Por lo tanto, pretender alcanzar una paz duradera apelando a la buena voluntad de los mismos organismos e instituciones que sostienen el entramado militar global es una utopía estéril. Para lograr la paz, la tarea histórica e ineludible es derrotar al imperialismo.
Vladimir Lenin, quien vivió y teorizó la carnicería de la Primera Guerra Mundial, desmanteló con absoluta vigencia el pacifismo burgués de su época con una advertencia que hoy resuena con fuerza en nuestras plazas: »La consigna de la paz puede ayudar a las masas […] pero si se plantea de modo abstracto, si se desliga de la lucha revolucionaria del proletariado, se convierte en una frase utópica o en un engaño para el pueblo».
Lenin comprendió que la violencia a gran escala es una necesidad estructural del sistema, resumiendo de forma contundente que «la guerra es la continuación de la política por otros medios. El imperialismo es la fase superior del desarrollo del capitalismo. Por lo tanto, es imposible una paz duradera y democrática sin derrocar el poder del capital».
Llamar a las cosas por su verdadero nombre es el primer paso para cualquier resistencia real. No basta con desear el fin de las bombas si no se combate la maquinaria económica que las fabrica y las lanza.
Mientras las manifestaciones sigan diluyendo la responsabilidad histórica y económica de los agresores en un mar de sentimentalismo abstracto, la palabra «paz» seguirá siendo el biombo perfecto detrás del cual el imperialismo opera con total impunidad. Exigir la paz hoy es, necesariamente, ser antiimperialista.
Lois Pérez Leira
Coordinador Regional del Sovintern para América Latina y El Caribe.-
Foto Portada: Michael Kappeler
La entrada La trampa de la paz abstracta: Por qué urge señalar al imperialismo se publicó primero en El Ciudadano.
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