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La trampa de la violencia

El Ciudadano

Por Jorge Sharp

El reciente episodio de agresión sufrida por la Ministra de Ciencias y Tecnología, Ximena Lincolao, en la Universidad Austral en Valdivia, tuvo diversos efectos que no pueden leerse simplemente como una acción aislada de un grupo de estudiantes.

Da cuenta de la existencia de un escenario propicio para la agenda de la ultraderecha y el gobierno, que ha leído hábilmente este episodio para retomar el control de la agenda que había perdido y también abre una oportunidad al movimiento social –desde luego, al estudiantil– para perfilar sus formas de lucha y organización durante los próximos cuatro años.

La violencia: el combustible de la ultraderecha

La violencia hoy se ha convertido en el combustible más eficiente para la maquinaria de la ultraderecha. En todas partes del mundo sus líderes han logrado validar en el sistema democrático discursos que exacerban la violencia y la odiosidad, los cuales apuntan a la existencia de un enemigo interno que debe ser proscrito, apelando al miedo y la incertidumbre que experimentan amplios sectores de la población.

La izquierda cae en este juego. Al estar tan desconectada de la sociedad real (no la que existe en su imaginación) asume que el camino para superar ese cortocircuito es hacer lo mismo: si ellos hablan fuerte y logran con eso ‘likes’ y votos, entonces lo que queda es gritar.

De esta forma, el cuadro político está determinado por las narrativas sobre la violencia, qué es violento y qué no, quién es violento y quién no lo es o qué acciones deben ser condenadas y cuáles no.

Los hechos acontecidos en Valdivia entregan el guión ya escrito a la ultraderecha y el gobierno para el despliegue de su discursividad de «violencia, seguridad y orden» y de paso les brinda la oportunidad para deslegitimar al movimiento estudiantil. Operan además como cortina de humo, porque mientras el debate público se vuelca a condenar la agresión, desaparece lo urgente: el cuestionamiento a la agenda económica y social del gobierno que está fracturando el bienestar de millones de familias chilenas.

Es un cóctel perfecto para las ultraderechas.

La violencia es funcional al status quo

Toda forma de movilización y disidencia política a la gestión del actual gobierno no puede pasar por alto el hecho que la ultraderecha logró permear, hacia un importante sector de la sociedad, la idea de que lo que vivimos como país en octubre del 2019 fue un estallido de violencia y no la movilización social de masas más grande de épocas recientes.

No se puede perder de vista que la violencia no convoca en lo más mínimo sino que genera rechazo, hastío y repliegue hacia lo autoritario por parte de la sociedad. Legitima los discursos de mano dura y justifica el recorte de derechos y libertades, no permite oxigenar y democratizar la política. Cada acción de violencia es convertida en un punto ganado en las encuestas para quienes prometen «orden» a cualquier precio.

La violencia es funcional al status quo porque es un efectivo antídoto a la constitución política de mayorías organizadas. La ultraderecha siempre preferirá enfrentarse a un puñado de personas que actúa de forma aislada que a la acción de una enorme masa de personas con una estrategia definida y resueltas de llevarla a cabo.

Volver a la masividad: formas de lucha no violentas

El amplio y diverso movimiento social chileno (estudiantil, feminista, ambientalista, sindical, poblacional, territorial) en las últimas dos décadas ha demostrado ser el único actor con la fuerza y la capacidad necesaria para democratizar radicalmente el escenario político y la sociedad, que es lo que hoy se requiere.

Retomar dicho rol pasa por recuperar legitimidad, masividad y apoyo ciudadano, lo que lleva de forma ineludible a revisar y renovar sus formas de lucha y asumir que su potencia transformadora está en volcarse a trabajar por la organización social masiva.

Asumir la resistencia pacífica y las formas de lucha no violentas ante el carácter antipopular de las medidas tomadas por el actual gobierno –o el día de mañana, cualquier otro gobierno– puede ser un camino para lograrlo. Hacerlo no sería un signo de debilidad, sino un salto estratégico hacia una forma de hacer política superior, que tiene una cabal comprensión del escenario en que le toca intervenir.

Grandes movimientos sociales en la historia que han asumido estas estrategias y formas de lucha nos han enseñado que hay más poder para realizar cambios en una masa cohesionada y consciente, con objetivos claros y una ética inquebrantable, que en el desahogo de un grupo aislado.

Asumir el momento: Luchar por el bienestar de todos es luchar por la paz social

Ha quedado claro en este primer mes de gestión que la agenda del gobierno hará que cada vez a más familias les cueste llegar a fin de mes. Sus medidas son agresivas y violentan las condiciones de vida de la gran mayoría y no contribuyen a la paz social.

Allí es donde el movimiento social debe orientar su acción: luchar por el bienestar de todos. Al hacerlo estará también luchando por la paz social, la cual solo es posible a través de la justicia.

Limitarse solo a condenar la violencia lo único que hace es paralizar la acción política. Lo que se requiere es avanzar a la masividad de la organización social, que es la punta de lanza de la estrategia para dar la pelea por la paz, la justicia y el bienestar de todos.

Eso requerirá un movimiento social con remozada inteligencia estratégica, con capacidad para innovar en sus formas de organización, y la voluntad de entender que la disputa del sentido común y del corazón de las familias chilenas supondrá formas de luchas que no deben terminar alimentando la agenda de quienes se pretende combatir.

Jorge Sharp

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Abril 10, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 27 visitas 1981633

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