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La trampa del pesimismo

El pesimismo suele aparecer en la conversación pública como una percepción que debe ser corregida. Frente a él, los gobiernos enumeran logros, los economistas muestran cifras y las empresas comunican inversiones. La respuesta supone que el problema está en la distancia entre la realidad y la manera en que las personas la interpretan. Pero existe una posibilidad más inquietante: que el pesimismo ya no sea solo una lectura de la realidad, sino una fuerza que comienza a organizarla.

Roberto Méndez ha advertido que Chile atraviesa un clima de desaliento excepcional, alimentado por el alza del costo de vida, el temor al desempleo y la pérdida de confianza en que el cambio de gobierno pudiera traducirse rápidamente en una mejoría. Lo más relevante es que esto no es episódico, sino que, desde mediados de la década pasada, la visión sobre el país se ha vuelto persistentemente más negativa.

Muchas personas siguen pensando que a ellas o a sus familias podría irles razonablemente bien, mientras creen que al país le irá mal. Esto muestra que todavía confían en su esfuerzo, pero ya no necesariamente en la capacidad del sistema para convertir ese esfuerzo en progreso compartido.

El mayor peligro del pesimismo no es que las personas crean que las cosas irán mal. Es que todos comencemos a actuar como si inevitablemente fueran a ir mal.

No hacer nada tiene consecuencias. El pesimismo prolongado erosiona el vínculo entre esfuerzo y recompensa, debilita la disposición a cooperar y vuelve más difícil impulsar cualquier transformación. También puede llegar un momento en que el repliegue se convierta en rabia. No existe un índice capaz de anticipar con precisión cuándo una sociedad pasa de la resignación a la ruptura. La experiencia de 2019 debería haber enseñado que los indicadores económicos no siempre alcanzan a mostrar las fuerzas que se están acumulando bajo la superficie.

La política enfrenta una tentación diferente: convertir el desaliento en un activo político. Puede amplificar cada dificultad, presentar todo tropiezo como prueba de fracaso total y esperar que el malestar termine debilitando al Gobierno. Pero quien convence a un país de que nada funciona puede descubrir más tarde que tampoco existe confianza suficiente para conducirlo.

Por eso, no es una tarea exclusiva del Gobierno. Las empresas tampoco pueden limitarse a observar el fenómeno desde sus indicadores. Cuando el país desconfía del futuro, la decisión de invertir, contratar, formar trabajadores o relacionarse con un territorio tiene un significado que supera el balance de una compañía. No se trata de reemplazar al Estado. Se trata de comprender que las empresas también producen experiencias de seguridad o incertidumbre. La inversión deja de ser una cifra abstracta cuando las personas pueden identificar en ella empleo, aprendizaje, oportunidades o mejor infraestructura.

Los medios, las universidades, los gremios y las organizaciones sociales también intervienen en la construcción del horizonte colectivo. Fiscalizar, cuestionar y representar intereses son funciones indispensables. Pero una sociedad narrada únicamente desde el fracaso termina perdiendo la capacidad de reconocer aquello que sí funciona y de imaginar que algo puede construirse sobre esa base.

No se trata de repartir culpas ni de pedir un optimismo obligatorio. Las responsabilidades son distintas porque también lo son el poder y las capacidades de cada actor. Al Estado le corresponde entregar protección y reglas confiables. A la política, ofrecer dirección sin negar la realidad. A las empresas, crear valor de una manera que pueda ser experimentada por quienes participan en él. A los demás actores sociales, evitar que cada diferencia sea presentada como prueba de que cualquier acuerdo es imposible.

Se necesitan señales claras de que la trayectoria todavía puede cambiar. Porque cuando el pesimismo deja de ser una percepción y comienza a ordenar nuestras decisiones, termina produciendo aquello que anticipa. El mayor riesgo, entonces, no es simplemente perder la esperanza. Es que, intentando protegernos de un futuro que tememos, terminemos haciéndolo realidad.

Por Natalia Piergentili, director de asuntos públicos, Feedback.

Agosto 7, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 35 visitas 2360133

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