SEÑOR DIRECTOR:
La tragedia de San Bernardo, donde una encerrona terminó con la muerte de un niño de 12 años, ha generado comprensible indignación y una legítima demanda de justicia.
Pero junto con preguntarnos cómo castigar estos delitos, también deberíamos preguntarnos qué falló para que jóvenes de entre 17 y 21 años cometieran un acto de tal brutalidad. Hacer esa pregunta no significa justificar a los victimarios; significa prevenir más muertes.
La cárcel, el endurecimiento de penas o la discusión sobre la edad de responsabilidad penal son respuestas necesarias cuando el daño ya está hecho. Sin embargo, llegan tarde para el niño que perdió la vida y para los adolescentes que crecieron hasta convertirse en delincuentes.
La verdadera prevención comienza mucho antes: en la protección de la infancia, el fortalecimiento de las familias, la recuperación de espacios públicos seguros, la detección temprana de trayectorias de riesgo y la capacidad del Estado para acompañar a niños y jóvenes antes de que el crimen los reclute.
María Paz Valdivia
MPA LSE
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