El Ciudadano
Para conocer en unos pocos días un pueblo, ciudad o país, debemos necesariamente escoger qué queremos ver y decidir qué nos llama la atención. Es una elección que implica una selección de la realidad. No hay forma de conocerlo todo y mientras más conocemos, más conciencia tomamos de nuestra propia ignorancia. En sí mismo, el proceso de observar implica necesariamente una selección, que además está mediada por los filtros que imponen la propia cultura del observador. En este sentido, en tanto sujetos, no hay objetividad posible. Si vamos más allá y seguimos lo propuesto por el biólogo y filósofo Humberto Maturana, la realidad misma es una construcción del sujeto, no existe fuera e independiente del sujeto, sino que se construye dentro del mismo.
Pero independientemente de dichas aseveraciones, para conocer en parte un lugar desconocido, podemos visitar sus museos, monumentos, espacios públicos, parques o reservas naturales, degustar su gastronomía o conversar con sus pobladores. Habitualmente, los recorridos turísticos presentan a gran cantidad de personas, pocos lugares o fenómenos de interés, pero en esa selección dejan mucho fuera, algunos fenómenos de gran contenido simbólico, material y cultural.

En El Ciudadano Patiperro, nuestro propósito es visitar, experimentar y conocer lo que muchas veces las agencias y recorridos turísticos dejan de lado, olvidan o simplemente no seleccionan. No se trata tampoco de renegar de los lugares y atractivos que el turismo promociona, pero la idea es afinar la mirada para centrarnos en algunos elementos culturales que habitualmente el turismo masivo no destaca ni procesa como mercancías.
Dentro de ello, experimentar cómo se movilizan los habitantes, ciudadanas y pobladores de un lugar, siempre entrega valiosa información para la observación curiosa. La manera en que se articula la movilidad y las innumerables relaciones sociales, económicas y culturales que la conforman, representan fenómenos repletos de información que dan cuenta de manera fehaciente de la cultura popular.
En este sentido, la etnografía se aleja del lugar del turista para intentar hacer el ejercicio de mirar el mundo desde la perspectiva de quienes lo habitan, o al menos acercarnos a la experiencia de la forma más cercana y auténtica posible.
Desde que llegamos a Ciudad de Guatemala, pudimos ver circular por las calles enormes buses repletos de luces y pintados de todos colores, con llamativos nombres o frases bíblicas y filosóficas propias de una expresión simbólica de cultura popular.
Para un chileno, la camioneta despierta una memoria inmediata. Son los antiguos buses Blue Bird que durante las décadas de 1970 y de 1980 recorrieron las ciudades chilenas y que muchos utilizamos diariamente. Algunos son buses escolares estadounidenses que son vendidos de segunda mano, mientras que otros son verdaderas joyas de la ecléctica estética indoamericana.

Yo mismo pasé buena parte de mi primera infancia viajando en una de ellas, muchas veces colgado de la pisadera con el rostro contra el viento. Antes de la moto, era mi forma de volar sobre el cemento. En cierto modo, subir nuevamente a una Blue Bird fue viajar en el tiempo.
En Guatemala estos buses ya no son vehículos estadounidenses reutilizados. Han sido completamente apropiados por la cultura local hasta transformarse en uno de sus símbolos más reconocibles. La antropología denomina este proceso como apropiación cultural. Elementos producidos en un contexto adquieren nuevos significados cuando son incorporados por otra sociedad. Ya no pertenecen a la industria norteamericana que los fabricó. Hoy pertenecen a Guatemala.

Cada camioneta ha sido transformada por sus dueños en una auténtica obra de arte sobre ruedas. Los colores intensos, los cromados brillantes, las luces, las frases religiosas, los nombres pintados a mano y la abundante decoración convierten a cada vehículo en una expresión única de identidad. Son máquinas que hablan de quienes las conducen, de quienes las cuidan y de las comunidades que conectan.
En una sociedad donde el transporte forma parte esencial de la vida cotidiana, la camioneta deja de ser únicamente un medio de locomoción para convertirse en un objeto cargado de significado social. Es patrimonio móvil, cultura material y espacio de representación colectiva.
En Guatemala, la decisión de transportarnos en camioneta nos llevó hasta la intersección de El Trébol. Lugar neurálgico de la ciudad, cuya avenida principal funciona como terminal de buses. Desde allí parten las camionetas a distintos pueblos cerca y no tan cerca de la capital. Son el transporte interurbano que usan las personas de a pie. Si bien nos habían advertido que el lugar era peligroso y que nos recomendaban tomar transporte privado, minibús o Uber, estábamos decididos a subirnos a una de ellas.

Allí, preguntamos cuál iba a Antigua y nos indicaron algo que es muy fácil de reconocer. El ayudante va gritando «¡Antigua! ¡Antigua!» desde la pisadera a todo pulmón. Estábamos fascinados de subir a la colorida camioneta. Pero esa primera impresión resulta engañosa. Las camionetas son mucho más que su estética.
«Abre la puerta trasera, sale completamente al exterior del vehículo y comienza a escalar por una pequeña escalera metálica hasta alcanzar la parrilla del techo«
La observación participante, principal herramienta del trabajo etnográfico, permite descubrir que el verdadero valor de estas camionetas no reside solamente en su apariencia. Está en todo lo que ocurre dentro de ellas. Si bien nuestra primera experiencia fue un viaje de aproximadamente dos horas y media entre Ciudad de Guatemala y Antigua, eso no sería nada respecto del trayecto que realizamos unos días después. Decidimos viajar en camioneta desde San Juan La Laguna en el Lago Atitlán hasta Ciudad de Guatemala. Un tramo que creímos tomaría algunas horas, terminó significando buena parte del día. Lo que comenzó como una forma más económica de traslado, terminó convirtiéndose en una de las experiencias etnográficas más enriquecedoras del viaje.

El vendedor de helados que nos había orientado durante la mañana, confirmó que la última camioneta salía alrededor de las dos de la tarde. Regresamos al hospedaje por nuestras mochilas, esperamos unos minutos en una terraza cargando los teléfonos y, pocos minutos antes de las dos, subimos por una interminable escalera de piedra hasta la calle principal. La camioneta apareció cerca de las 2:20. Era amarilla y verde. Bastó que el ayudante gritara “¡Guate! ¡Guate!” para que subiéramos sin pensarlo demasiado.
Apenas abandonamos San Juan La Laguna, pueblo maya Tz’utujil, el conductor aceleró con decisión. Después de salir del pueblo, la camioneta ascendía y descendía las pronunciadas curvas de la montaña a una velocidad que nos recordaba inevitablemente una montaña rusa. El vehículo se inclinaba de un lado a otro mientras una cumbia sonaba a un volumen capaz de hacer vibrar toda la carrocería. Durante las primeras horas el viaje fue extraordinariamente entretenido.

En cada pueblo subían vendedores, estudiantes, comerciantes, familias indígenas con sus textiles tradicionales, trabajadores y ancianos que parecían conocerse entre sí. Otros descendían llevando consigo enormes sacos, cajas o canastos. Sobre nuestras cabezas, la parrilla del techo transportaba colchones, muebles, encomiendas, sacos de maíz y mercancías de toda clase. La camioneta no solo moviliza personas.
Moviliza economías familiares, redes comerciales, relaciones sociales y formas de organización territorial que permiten articular comunidades dispersas entre montañas y volcanes.
Para la antropología, los medios de transporte también constituyen espacios culturales. En ellos circulan mercancías, pero también circulan normas, lenguajes, formas de convivencia y maneras particulares de experimentar el tiempo y la distancia. Uno de los personajes centrales de ese universo es el ayudante.

Desde una mirada superficial podría parecer simplemente el cobrador del pasaje. Sin embargo, la observación profunda revela una función mucho más compleja. Es quien anuncia los destinos mientras permanece colgado del pisapié con la camioneta en movimiento; organiza el ingreso y descenso de pasajeros; cobra; coordina la carga y mantiene funcionando toda la logística del recorrido.
«Fue precisamente él quien protagonizó la escena que mejor resume la cultura de las camionetas guatemaltecas»
Mientras avanzamos a gran velocidad por las sinuosas carreteras de montaña, abre la puerta trasera, sale completamente al exterior del vehículo y comienza a escalar por una pequeña escalera metálica hasta alcanzar la parrilla del techo. Allí descarga varios bultos correspondientes a pasajeros que descendían en la siguiente parada y también a encomiendas que esperan sus destinatarios en la calle. Apenas la camioneta se detiene, el ayudante lanza hacia la calle los bultos, allí los reciben hombres y mujeres indígenas, luego la camioneta retoma rápidamente el viaje a toda velocidad. El ayudante desciende por la escala exterior y regresa al interior utilizando el mismo recorrido y técnica, todo ello sin que la camioneta redujera la velocidad. La maniobra ocurrió con absoluta naturalidad.

Aquello que para un observador extranjero parece una acción extremadamente peligrosa constituye, para quienes desempeñan este oficio, una técnica corporal adquirida mediante años de experiencia. El antropólogo francés Marcel Mauss denominó técnicas del cuerpo a esos conocimientos que las personas aprenden socialmente hasta convertirlos en gestos completamente naturales. Nadie nace sabiendo desplazarse sobre el techo de una camioneta en movimiento. Es un aprendizaje construido por la práctica cotidiana y transmitido dentro del propio oficio.
Mientras observaba aquella escena comprendí que estaba frente a una de esas imágenes que de alguna manera condensa toda una cultura. No se trataba únicamente de un trabajador descargando equipaje. Es la expresión de una sociedad que ha desarrollado formas propias de resolver los desafíos que plantea su geografía, su economía y sus necesidades de movilidad.
«Son espacios donde confluyen la memoria histórica, la creatividad popular, la religiosidad cotidiana, las economías locales y las relaciones comunitarias»
El viaje terminó siendo mucho más largo de lo previsto. El ayudante nos había dicho que llegaríamos en tres horas. Finalmente fueron cerca de seis. Las primeras transcurrieron entre risas, curvas, música y pueblos que aparecían uno tras otro. Las últimas resultaron más agotadoras, principalmente por el volumen incesante de la música que salía de un parlante ubicado justo detrás de nuestros asientos. Sin embargo, incluso ese cansancio terminó formando parte de la experiencia. La etnografía significa en gran parte eso, aceptar que comprender una cultura implica vivir sus ritmos, sus incomodidades, sus tiempos y sus formas de habitar el mundo.
Cuando finalmente llegamos a la Ciudad de Guatemala y tras descansar del agotador viaje, reflexionamos sobre estos buses y lo que representan. Algo que va más allá que un sistema de transporte. Son espacios donde confluyen la memoria histórica, la creatividad popular, la religiosidad cotidiana, las economías locales y las relaciones comunitarias. Son una síntesis de la extraordinaria capacidad latinoamericana para resignificar objetos provenientes de otros contextos hasta convertirlos en patrimonio cultural.
Quizá por eso, quien viaja en una camioneta deja de ser simplemente un pasajero. Por algunas horas pasa a formar parte de una cultura en movimiento.
Por Sebastián Saá
El Ciudadano





La entrada Las camionetas de Guatemala: Cultura en movimiento se publicó primero en El Ciudadano.
completa toda los campos para contáctarnos