Así lo expresó el secretario general del Partido Comunista de Uruguay, Óscar Andrade, y dirigente del Frente Amplio, quien destacó la importancia de comprender que el “proceso de unidad de las fuerzas de izquierda que no es solamente una coalición de partidos políticos para una elección, sino que su conformación tiene un carácter de coalición y movimiento”. Destacó que el FA uruguayo “expresa la unidad de marxistas y cristianos, de movimientos nacionales y de socialdemocracia”. Hablando de la realidad internacional y la posición que deben asumir las fuerzas de izquierda de América Latina, el dirigente comunista uruguayo sostuvo que “hoy sería absurdo que solamente nos pusiéramos a debatir temas domésticos en un momento de tal riesgo para la Humanidad, porque los anuncios de Estados Unidos de apoderarse de Groenlandia, de ir por México y por Colombia, y de terminar de consolidar acciones contra Cuba, habilitan una escalada que pondría en riesgo al conjunto de la Humanidad”. Tras su participación en el foro “Latinoamérica en el contexto del neoimperialismo: Reflexiones y desafíos”, realizado en la Fiesta de los Abrazos 2026, el secretario general del PCU manifestó que “sería un profundo error político no poner arriba de la mesa la construcción de un fuerte movimiento global por la paz y contra la acción del imperialismo” y enfatizó que “cuando se rompe la forma de organización jurídica y el derecho internacional quienes quedan más expuestos son los países más débiles y, por lo tanto, es necesario poner esto en orden de prioridad táctico-estratégica”.
Úrsula Fuentes Rivera. Periodista. “El Siglo”. 18/1/2026. En el XXXIII Congreso del Partido Comunista de Uruguay -realizado en diciembre pasado- usted fue elegido como nuevo secretario general de la colectividad. Desde esa responsabilidad política, ¿cuál considera que es el principal desafío que enfrenta a nivel nacional la izquierda uruguaya y en particular el PCU?
La realidad es que tuvimos que modificar las prioridades del debate porque nuestro año 2026 estaba en curso y relacionado a un conjunto de desafíos a escala nacional y que tenían que ver con difundir algunos de los objetivos de nuestro gobierno para incorporarlos al debate en la agenda del año próximo, como es la necesidad de una reforma de la seguridad social que amplíe derechos en materia jubilatoria y en materia de cuidados y discapacidad, y una rendición de cuentas que establezca mayores recursos para demandas de primer orden, además de un debate que está abierto en Uruguay sobre una reforma tributaria que permita abordar con mayor potencia en los dramas de la pobreza infantil. El problema es que la intervención militar en Venezuela el 3 de enero hizo que la organización del plan del año tuviera modificaciones. Ese mismo día hubo una gran movilización en Uruguay convocada por el PIT-CNT (Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores, la central sindical única de Uruguay, que agrupa casi a la totalidad de los sindicatos del país), en la que participó la universidad, el Frente Amplio y el movimiento cooperativo. Hoy sería absurdo que solamente nos pusiéramos a debatir temas domésticos en un momento de tal riesgo para la Humanidad, porque los anuncios de Estados Unidos de apoderarse de Groenlandia, de ir por México y por Colombia, y de terminar de consolidar acciones contra Cuba, habilitan una escalada que pondría en riesgo al conjunto de la humanidad. Sería un profundo error político no poner arriba de la mesa la construcción de un fuerte movimiento global por la paz y contra la acción del imperialismo. Creo que no hay tarea más importante que esa hoy. De hecho, se está discutiendo el cambio de los contenidos para la primera movilización del año convocada por el Frente Amplio para el 5 de febrero -que es su fecha de su aniversario- porque si bien va a tener que referirse a una fuerza que acaba de reconquistar el gobierno y poner arriba de la mesa un reordenamiento de actividades que nos dejó un modelo desigual, esto se realizará en un contexto donde claramente hay que relacionarlo a esta situación de agresividad que, en nuestra interpretación, es agresividad contra nuestra América y no sólo contra Venezuela. Cuando se rompe la forma de organización jurídica y el derecho internacional quienes quedan más expuestos son los países más débiles y, por lo tanto, es necesario poner esto en orden de prioridad táctico-estratégica.
¿Cómo evalúa el rol desempeñado por el Frente Amplio en relación a la unidad del progresismo para enfrentar el avance de la derecha y la oleada de ultraderecha que ya afecta a otros países?
El Frente Amplio tiene mucho para aprender de otros procesos de América Latina, pero también tiene una característica diferenciadora: es el único proceso de unidad de las fuerzas de izquierda que no es solamente una coalición de partidos políticos para una elección, sino que su conformación tiene un carácter de coalición y movimiento. Hay 500 comités del FA distribuidos por todo el país que integran la mitad de su dirección y que son elegidos por los vecinos, por lo que la construcción del Frente Amplio trasciende a la unidad de partidos políticos, y si bien la unidad de partidos políticos es mejor que no tenerla, cuando esta unidad se expresa no solamente en un programa y una propuesta electoral con una coordinación de acciones, sino que además se estructura en un estatuto, con un funcionamiento y una dirección que representa a las bases, se consolida ese proceso unitario. El Frente Amplio expresa la unidad de marxistas y cristianos, de movimientos nacionales y de socialdemocracia, y después de 50 años -el FA uruguayo se fundó en 1971- hay una enorme mayoría en Uruguay que se considera frenteamplista y que su identidad está con esa organización macro, que es la unidad de las izquierdas porque tiene un estatuto, un programa, un congreso. El Congreso del FA, donde se elabora el programa, es un congreso cuyos representantes son representantes de las bases, no de los partidos. Por lo tanto, para poder incidir en el programa del Frente Amplio tienes que militar en la base. Esa característica de coalición y movimiento creo que es un aporte teórico. Un gran problema de las izquierdas en América Latina y en el mundo no es la falta de heroísmo, porque les sobra, al igual como les sobra historia y combatividad, sino que muchas veces nos falta unidad. Uno puede ver las dificultades para articular acciones comunes cuando emergía el fascismo o el nazismo en Alemania y las dificultades del movimiento obrero de la Segunda Internacional para enfrentar la escalada imperialista del reparto del mundo que derivó en la carnicería de la Primera Guerra Mundial. De manera que un gran problema de las izquierdas ha sido siempre la unidad. Entonces creo que, con toda modestia, y sabiendo que tenemos que aprender mucho de otras experiencias latinoamericanas, la forma de organización del Frente Amplio en Uruguay, que se traduce no sólo en esta lógica de ser una coalición de partidos, sino en un movimiento de pueblo organizado, en el que la mitad de los designados a su plenario nacional -la conducción máxima del FA-, son designados por los militantes de la bases, no por los partidos políticos, contribuye mucho a superar una de los desafíos más importantes que tiene las izquierdas en América Latina.
Usted ha liderado uno de los sindicatos más grandes de Uruguay, el Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (SUNCA). Desde ese ámbito, ¿cuál cree que es el rol de las organizaciones y los movimientos sociales para frenar el avance de la ultraderecha?
La unidad se construye desde abajo. No hubiera existido Frente Amplio en Uruguay si antes no hubiese existido la unidad obrero-estudiantil en 1958 y el congreso de unidad de las tres centrales de sindicales en una zona central y que ahora cumple 60 años. Uno de los principales valores que tuvo, sobre todo en los dos primeros períodos de gobierno del Frente Amplio, es que se multiplicó por cuatro la sindicalización en Uruguay. Sin embargo, una de las principales deudas del tercer período del Frente Amplio y que nos llevó después a la derrota, es que terminamos enfrentados muchas veces con nuestra base social histórica, entre otras cosas por excesiva institucionalización, por mirar demasiado desde el gobierno y perder la perspectiva desde la academia, desde el movimiento cooperativo y desde el movimiento sindical. Ese fue parte de un doloroso aprendizaje porque lo aprendimos a partir de la derrota y con la derrota se instaló un modelo de mayor desigualdad, de recortes de derechos y de extrema corrupción. ¿Llegar al gobierno es importante para la lucha contra las dificultades?, sí, pero la experiencia histórica demuestra que hay una parte importante de luchas contra las desigualdades que no se hacen sólo desde el gobierno, sino que también desde las trincheras del movimiento social y popular. En la experiencia de gobierno del Frente Amplio y las derrotas se demuestran dos cosas: hubo procesos donde había más trabajadores y pueblo organizado, y en los que se avanzó mucho más y se resistió mejor el gobierno de derecha. En los sectores donde había debilidad, se avanzó mucho menos y se retrocedió de manera profunda en un gobierno de derecha. Entonces nos ayuda la propia experiencia histórica a demostrar que puede haber procesos de transformación importantes y esfuerzos relevantes en materia legislativa, pero si no van acompañados del movimiento social, no se traducen en conciencia social y popular. Por ejemplo, una de las características de la reforma de la salud en Uruguay fue darle capacidad de conducción a los usuarios, para que ellos en una articulación de mayor participación con el Estado, pudieran determinar sobre las políticas de salud. Eso se estableció en la ley, pero en la masa crítica, en la capacidad de organización real para poder incidir y enfrentar lobbies y sectores de poder muy importantes, no fue acompañado de lo otro, de organizar al pueblo para que aquella participación fuera efectiva. Lo que quiero decir es que aún leyes que pueden ser justas, quedan a medio camino si después el protagonista principal del ejercicio de derecho no cuenta con organización para hacerlo valer. Muchas veces las izquierdas cometemos el error de solamente mirar el avance normativo y no la traducción social de ese avance normativo en conciencia social y popular. La experiencia de los gobiernos y de la derrota y de la recuperación de gobierno nos ha llevado a tener un aprendizaje mayor del valor que hay que darle a ese factor principal que es el pueblo organizado por abajo.
¿Durante su estadía en nuestro país cómo ha sido el intercambio de miradas y de experiencias sobre la realidad de Chile y Uruguay, dado el actual contexto internacional, en que el intervencionismo de Estados Unidos está amenazando la soberanía económica de la región?
Tenemos una larga historia en común que nos hermana. El Frente Amplio uruguayo se inspira en la experiencia de la Unidad Popular chilena y eso tiene que ver con una construcción hasta en las consignas. Fue muy importante para inspirar al FA el proceso chileno en la década del 60, por su experiencia de unidad de las izquierdas, que a través de la vía electoral logró la conquista del gobierno y de un conjunto de transformaciones. Pero, también Chile ha sido referencia en otro plano, por ser el primer país donde se ensaya la estrategia neoliberal, la cuna del neoliberalismo. Hay tendencias en el continente que demuestran el entrelazamiento de las luchas, así como de procesos reaccionarios. Por ejemplo, cuando Lula da Silva triunfó en las presidenciales brasileñas del 2002, eso terminó siendo como el último empujón para que nosotros conquistáramos el gobierno en el año 2004 (con Tabaré Vázquez como presidente), y cuando Jair Bolsonaro obtuvo el triunfo presidencial en Brasil, se creó en su momento en Uruguay un partido militar que fue clave para la derrota del Frente Amplio en el 2019. La Revolución Cubana inspiró a un conjunto movimientos y luchas populares en América Latina. Inspiró además una reacción que trajo al terrorismo de estado por los sectores conservadores, que fue también a escala continental, al igual que las derrotas de las dictaduras del terrorismo de Estado y la aplicación del neoliberalismo en los 90 como forma desenfrenada con Menem, Color de Melo y Lacalle en Uruguay. El entrelazamiento de las luchas en el continente no es sólo un tema de solidaridad, sino también de supervivencia, para que los procesos populares en Chile logren revertir este último resultado electoral, defender las conquistas y lograr avanzar. En cuanto al intervencionismo, es nuevo y es viejo. A fines de la década del 40 estaban los juicios de Nuremberg y Estados Unidos hacía un proyecto científico que era inyectar con sífilis a 1.500 mujeres guatemaltecas y dejarlas morir para ver sus efectos. Jacobo Árbenz (presidente de Guatemala entre 1951 y 1954, conocido como el “soldado del pueblo”) ensaya una reforma agraria y la CIA organiza un golpe de Estado nefasto con el patrocinio de la United Fruit Company y los servicios propagandísticos de Edwards Bernays (conocido como el padre de las relaciones públicas y también como el padre de las mentiras), atentado que costó la vida a 200 mil guatemaltecos. En la década del 60 avanza Juan Bosch en República Dominicana, pero fue depuesto como presidente por un golpe militar en 1963 que termina en una invasión de Estados Unidos. Ni hablar del caso de Chile que es un caso emblemático. En 1983 Estados Unidos acusó al gobierno de Granada de construir un aeropuerto que proyectaría el poder soviético en la región y mediante un intervencionismo armado derrocó al gobierno granadino e instauró uno provisional. De manera que la historia de injerencia e intervencionismo no es nueva, basta mirar un poco la historia de nuestra América, que está empapada de sangre y de tragedia producto de las lógicas supremacistas del imperialismo norteamericano de punta a punta. Por algo la primera doctrina internacional es la doctrina Monroe. Tanto es así, que el enviado por Trump a Venezuela es el mismo personaje que cuando el Congreso le impide seguir financiando a los contras por las atrocidades que éstos hacían durante la revolución sandinista, generó tráfico de armas con Irán para financiar a los contras, fue indultado y es el mismo que ponen al frente de la experiencia de Venezuela. O sea, la historia no se repite, pero rima.
Actualmente es senador y lo ha sido ya en dos períodos. ¿Estaría dispuesto a ser candidato presidencial en una próxima elección?
Fue una experiencia muy importante cuando fui precandidato presidencial el 2019, porque si bien esa candidatura no ganó la interna, tuvo una cuarta parte de los votos de la elección, que implicó un salto del Partido Comunista de Uruguay, el que duplicó después su representación parlamentaria. Esa candidatura tuvo que ver con un momento histórico, de decir “íbamos rumbo a una derrota y había que recomponer un debate que implicara un diseño de una estrategia”. La candidatura nunca fue un objetivo en sí mismo. Entonces, las tareas a futuro tienen mucho que ver con los objetivos estratégicos y no con los objetivos personales. En este momento estoy empezando a asumir la secretaría general del Partido, que es una tarea de una gigantesca responsabilidad en este contexto, donde estamos viviendo días que condensan décadas. Es un momento donde particularmente para los Partidos Comunistas cambia lo que eran para una parte del pueblo de abstracciones, como hablar del imperialismo, del intervencionismo y la geopolítica, conceptos que hoy se ven en carne viva. En esta situación trágica somos los primeros defensores del Derecho Internacional, pero ahora estamos convencidos que cuando hay intereses geopolíticos en juego, al imperialismo le va a valer poco el derecho internacional, no por maldad, sino porque la estructura termina determinando esto. Se nos abre un enorme desafío en el que tenemos que multiplicar nuestra fuerza para ayudar a construir la unidad latinoamericana como forma de respuesta a este momento tan difícil.
La entrada “Las luchas contra las desigualdades no se hacen sólo desde el gobierno, también desde trincheras del movimiento social” se publicó primero en El Siglo.
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