Tenemos un problema, general, estructural y profundo: resolvemos todos nuestros conflictos con violencia. Hemos perdido lentamente la capacidad de resolverlos de otra forma, el diálogo, la mediación, la reflexión, la contención del grupo, todo eso ha quedado en el pasado. La vida digital se ha convertido en un lugar donde muchas veces el anonimato permite todo tipo de insultos, amenazas, burlas, maltrato. Muchos con nombre y apellido también se vinculan desde la violencia. Ya no hay pudor.
En la vida real la situación no es mejor. La violencia en el espacio público la vivimos a diario, no sólo en el transporte o en los espacios de recreación, donde las peleas y lesiones aumentan significativamente, sino también en el (mal)trato como forma de relacionarnos. Las escuelas, los centros de atención de salud, los estadios y múltiples otros espacios destinados al encuentro entre diversos se han convertido en verdaderos cuadriláteros de violencia psicológica, física e incluso autoinfligida.
Por supuesto que los titulares se concentran en los hechos de violencia más graves, como los homicidios consumados que para el año 2025 sumaron 1.091 casos. Pero detrás de esa información encontramos un mar de problemas para los que no tenemos una verdadera estrategia de prevención o incluso control. El mismo año, los datos oficiales muestran casos policiales que suman 7.182 lesiones graves o gravísimas, 9.440 lesiones menos graves y 59.559 lesiones leves. Además, 152.723 casos registrados de amenazas, 137.801 de violencia intrafamiliar y 20.823 violaciones y otros delitos sexuales. Todos los estudios reconocen que los datos oficiales tienden a subregistrar los problemas en algunos casos en más del 60%. Es decir, estamos frente a una verdadera epidemia de violencias en el país.
Si tuviéramos que encerrar a todos los violentos, no es claro quién quedaría afuera. Entender que las violencias están presentes en nuestras vidas, que somos partícipes y no solo observadores o víctimas nos permitiría responder al problema de forma conjunta, coordinada, comprometida y solidaria. Pero no, es mucho más fácil pensar que la violencia tiene un nombre o un rostro y que la solución viene de la mano de nuevas tecnologías, sistemas de vigilancia o aumento de penas. Cada cierto tiempo nos preocupamos por algún hecho que llena por al menos 24 horas las conversaciones públicas y ciudadanas, las respuestas de política son débiles, el aumento de la estigmatización evidente, la fragilidad social se fortalece y el discurso facilista que apunta a uno u otro bando político o a algún actor específico del país, abruma.
Tal vez llegó el momento de enfrentar con la mano más dura los problemas de violencias que tenemos en el país, lo que requeriría un verdadero acuerdo nacional para estar atentos a nuestras propias acciones y al rol que jugamos de forma activa o pasiva para que estos hechos se perpetúen. ¿Estamos dispuestos a mirarnos en el espejo y cambiar? ¿O seguiremos proponiendo cámaras de televigilancia para terminar con la violencia o detector de metales para liberar las escuelas? La experiencia internacional reconoce que ninguna de estas medidas es efectiva, pero su comunicación baja temporalmente el temor ciudadano. Hasta que llega el próximo escenario de horror.
Por Lucía Dammert, académica de la Universidad de Santiago.
completa toda los campos para contáctarnos