Lea Zajac, sobreviviente de Auschwitz: “Todos los días corrías el riesgo de ser seleccionada para morir”
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Lea Zajac, sobreviviente de Auschwitz: “Todos los días corrías el riesgo de ser seleccionada para morir”

Oriana Sabatini, en el tercer episodio de su ciclo de entrevistas A dónde vamos cuando soñamos, habló con esta mujer de 98 años que conoció el horror del nazismo y hoy se encuentra radicada en Argentina
“Yo me prometí que iba a transmitir todo lo que pueda. Mis muertos no volverán, pero ustedes son el futuro. Este mundo tiene que tener un futuro.” Así comienza Lea Zajac, sobreviviente del campo de exterminio de Auschwitz, su relato en el ciclo de entrevistas A dónde vamos cuando soñamos, conducido por Oriana Sabatini. A sus 98 años, desde su casa en Argentina, donde echó raíces después de sobrevivir al Holocausto, Lea decide hablar, una vez más, para que la historia no se repita. Lo mismo que hace, desde un dispositivo interactivo en el Museo del Holocausto de Buenos Aires, donde el público le puede hacer preguntas. “No hay otro lugar así en el país —cuenta Lea—. Sé que hay algo parecido en Yad Vashem, en Los Ángeles y en Canadá. Pero esto es importante, porque cuando yo ya no esté, mi voz va a seguir estando".
Con una serenidad que estremece, Lea explica: “Yo era menos que nada. Menos que una hoja pisoteada”. Pero esa hoja sobrevivió, echó ramas, floreció. “Por casualidad llegué a tener bisnietos. Y entonces ustedes tienen un futuro por delante”.
Su historia no es solo testimonio, es advertencia, es cátedra. “A mí me tocó bailar con la más fea”, resume con una expresión en criollo, que acompaña con una sonrisa triste. “Pero nunca quise borrarme el número que me tatuaron. Esto me va a acompañar hasta el último día de mi vida”.
Y deja una reflexión que no es suya, pero se le imprimió a fuego en el alma: “Hay una frase que leí de un francés, Jean-Claude Boussac, que no era judío ni historiador. Investigó por su cuenta porque no podía entender cómo había pasado todo esto. Y escribió: ’Dios murió en mayo y junio de 1944 en los hornos crematorios de Auschwitz’. Yo digo: doy fe".

La vida en Polonia antes del horror
Lea Zajac nació el 31 de diciembre de 1926, en una pequeña ciudad de Polonia. La Segunda Guerra Mundial aún no había comenzado, pero su infancia ya estaba marcada por un país en crisis. “Había hambre, había miseria”, recuerda. “Éramos una familia de muchas hermanas, varios hermanos, mis abuelos… dentro de todo, nos las arreglábamos”.
Aunque su familia pertenecía a una clase media baja, el ambiente en casa era cálido y lleno de valores. “No había materialmente muchas cosas, pero sí mucha cultura. Y también de amor ni se habla”, dice Lea. Su madre, incansable, atendía un pequeño almacén durante el día y cosía por la noche. Aun sin haber ido nunca a la escuela, era una mujer sabia. “Ella nunca aprendió nada, y sabía todo”.
Desde chica, Lea sintió el llamado de la educación. “Mi mamá siempre me decía que el estudio era la riqueza máxima, que nadie te puede quitar”. Esa filosofía la marcó. Leía todo lo que caía en sus manos, con pasión y facilidad: “A los tres meses de llegar a Argentina ya me había leído un libro entero en español, con el diccionario al lado”.
Pero mientras ella crecía con sueños, la amenaza nazi se acercaba. En su ciudad se hablaba de política, de la guerra que se avecinaba, del peligro que representaba Adolf Hitler, ese líder alemán “mesiánico que prometía el oro y el moro”. Lea lo recuerda con lucidez: “Cuando la limosna es grande, mucha gente no quería creer. Pero por otro lado, eran vísperas de la gran revolución socialista que cambió el mundo”.
El 1 de septiembre de 1939, la guerra estalló oficialmente. Lea lo recuerda con precisión: “Era el primer día de clases. Yo ya tenía puesto el uniforme para ir al secundario del Estado”. Pero en lugar del tren a la escuela, llegaron los gritos por las calles: “¡La guerra, la guerra!”. Ese mismo día, Hitler invadía Polonia. Y, sin saberlo, comenzaba también la tragedia de Lea.
Su familia cayó bajo el régimen soviético, tras el pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética. “A nosotros no nos cambió mucho la vida. Éramos pobres, mi padre fue a trabajar a un aserradero. Pero según los historiadores, el día que Hitler decide invadir la Unión Soviética fue el principio de su quiebra. Abrió dos frentes y no aguantó”.
Pero para Lea, ese nuevo avance nazi significó otra cosa. Significó el principio del horror. “El 20 de junio de 1941 se produce la otra invasión. Los nazis ocupan la otra mitad de Polonia. Y ahí empieza mi tragedia con mayúscula”.

El traslado forzoso al Gueto
Cuando las tropas nazis ocuparon la ciudad donde vivía Lea Zajac, el mundo de su familia cambió de un momento a otro. La persecución ya no era una amenaza: era una realidad palpable. Los nazis comenzaron a registrar a los judíos, identificar a los notables, y organizar el desplazamiento forzoso a los guetos.
– ¿En dónde estabas?
– En nuestra ciudad. En mi casa. A la madrugada, apenas con el camisón puesto, nos dieron 15 minutos para vestirnos y nos subieron a los camiones. Ya se hablaba de esto, sabíamos que en otros lugares pasaba lo mismo. Teníamos un pequeño paquetito preparado.
– ¿Qué llevaban en ese paquetito?
– Apenas un suéter, una muda de ropa interior, un camisón, unas medias… ni siquiera un cepillo de dientes. Sí, guantes, bufanda, gorro. En invierno allá, el frío te congela las orejas. Si no las cuidas se te rompen enseguida. Eso sí lo sabíamos. Nos llevaron a un lugar llamado Pruzhany, a 60 kilómetros. Allí formaron un gueto, rodeado por tres vueltas de alambre de púa. Sacaron a los que no eran judíos de las casas, y nos pusieron a nosotros. Trajeron también comunidades de otras zonas. Y empezó... ¿Cómo hago para explicar lo que significan cuatro años y medio de hambre?
– ¿Vos te separaste ahí de tu padre y de tu hermano?
– No. Mi hermanito era chiquito y vino con nosotros. Nuestros tres hombres—mi papá y mis tíos—fueron llevados caminando, los torturaron, los hicieron andar de rodillas. Algunos murieron por el camino, pero ellos tres lograron volver.
– ¿Qué pasó con los notables de la ciudad?
– Juntaron a los notables: el rabino, dos abogados, un historiador… diez personas en total. Los llevaron a la plaza y los ametrallaron a todos. Fue la primera vez que vi morir gente así. Yo tenía casi 13 años.
– ¿Qué sentiste al ver eso?
– Un temblor. Un miedo terrible. Abrazada a mi mamá, con mi hermanito colgado del cuello de ella… así viajamos, con ese miedo en el cuerpo.
– ¿En el gueto ustedes dormían en casas?
– Sí, pero en condiciones infrahumanas. Se decidió que cada familia le diera una habitación a una familia refugiada. Éramos siete en una pieza. Dormíamos en el piso. Algunos vecinos nos trajeron mantas viejas. No había estufas, ni cocina, ni calefacción. Eera un lugar como acá Balcarce, se cultivaban papas, me acuerdo con mi hermanita arrastrando como cinco kilómetros una bolsa... El invierno era tan terrible. Uno de mis tíos logró conseguir una salamandra—una estufa de hierro—cambiando un par de zapatos que se había llevado en el paquetito. Pero había que alimentarla. De noche, salíamos a sacar madera de cercos, bancos, cualquier cosa que se pudiera quemar.
– ¿En el gueto asesinaban personas?
– No como en los campos, pero sí. A veces de noche, si alguien se acercaba demasiado a los límites, tiraban. Y siempre había miedo. Después de las ocho de la noche ya no se podía salir.
– ¿Conociste gente que se suicidó antes de ir a los campos?
– Algunos sí, pero muy pocos. Porque por más enterrada que esté, la esperanza siempre queda. Es lo último que se pierde.

La llegada a Auschwitz
Después de un tiempo en el gueto de Pruzhany, llegó el momento más temido: el traslado definitivo hacia los campos de concentración. El viaje en tren que siguió fue una experiencia traumática que marcaría para siempre a Lea. En esta parte, la sobreviviente narra uno de los capítulos más oscuros de su historia.
– ¿Cómo fue ese traslado? ¿Cómo viajaban?
– En vagones para ganado, como si fuéramos animales llevados al matadero. Uno encima del otro, éramos más de cien en un espacio para cincuenta. Pusieron un balde para las necesidades en un rincón, pero nadie podía llegar hasta ahí. Era un infierno. Viajamos dos días y tres noches. Sin comida, sin agua, sin saber a dónde íbamos. Gente mayor, niños, madres con bebés... todos mezclados. Algunos morían en el camino.
– ¿Recordás algo puntual de ese viaje?
– Sí. Una de mis tías se desmayó, estaba muy débil. Su esposo pidió agua por una ventanilla, sacó una taza y rogó. Un soldado alemán se acercó y le disparó en la cabeza. Hasta hoy escucho el ruido de esa taza esmaltada cayendo sobre el andén.
– ¿Qué viste cuando llegaron a Auschwitz?
– Era de madrugada. Miré por una ventanilla y vi el cartel: “Arbeit macht frei”. El trabajo libera. Era mentira. Se abrieron las puertas y cayó esa masa de cuerpos, hedionda, rota. Rápido, empezaron a separar: hombres a un lado, mujeres al otro.
– ¿Te separaron de tu familia?
– Sí. Separaron a los hombres primero. Después, a las madres con niños, a los ancianos. A la izquierda, todos ellos. Cámara de gas. Yo tenía 16 años, era chiquita, con un tapado largo. Mi mamá ya estaba arriba del camión cuando me gritó: “¡Leah, corré!”. Corrí. Me metí entre el grupo de mujeres jóvenes. Me puse al lado de mi tía, la mamá de la nena de dos años. A mi hermanita la vieron, la golpearon, la devolvieron al camión. Se fue a la cámara de gas con mi mamá, con mi hermanito, con todos. Esa fue la última mirada de mi madre. Yo me salvé porque corrí. Pero nunca me quité la culpa. ¿Por qué no me fui con ellos?
– ¿Qué pasó después?
– Nos llevaron a un galpón. Me preguntaron la edad. Dije que tenía 16. Una chica judía que estaba registrando me miró fijo y me dijo: “Tenés 18. Andá a la otra cola”. Insistí. Me repitió: “Tenés 18”. Lo dijo seca. Me pareció antipática. Después me tatuaron. Me quitaron el nombre. Me convertí en el número 33502. A partir de ahí, dejé de existir como un ser humano. Yo era funcional. Eso era yo.
– ¿Pensaste alguna vez en borrarte el tatuaje?
– Jamás de los jamases. Para mí esto no es un orgullo, pero es mío. Me va a acompañar hasta el último día. Es mi historia. Nunca lo borraría.

La vida en el campo de concentración
Ya dentro de Auschwitz-Birkenau, Lea Zajac comenzó a vivir lo que ella misma describe como “la tragedia con mayúscula”. Sin su familia, sin identidad, con un número en el brazo y hambre constante, la vida se convirtió en sobrevivir un día más.
– ¿Vos llegabas a ver a las personas entrando en las cámaras de gas?
– No, pero sabían donde bajaban de los trenes. Conocía el grupo que los iba a acompañar. Conocía los dos camiones que venían y directamente iban a la cámara de gas.
– ¿En ese momento, cuando estabas en Auschwitz, cómo hacías para seguir? ¿Qué te daba esperanza para no dejarte morir?
– Es muy buena pregunta. Allí no se puede llamar prisión, porque es mucho peor. Todos los días corrías el riesgo de ser seleccionada para morir. Una vez por semana, nos hacían desvestirnos completamente. Si tenías algo en el cuerpo que no les gustaba, un forúnculo, lo que fuera… te mandaban a la izquierda. Eso significaba la muerte. Imaginate, a mí se me hinchó la rodilla derecha. Años de inanición, sin calcio, sin antibióticos… cualquier golpe se volvía grave. Me habían dado un golpe, y eso generó una tuberculosis ósea en la rótula. Cuando terminó la guerra y llegué a Argentina, tuve que elegir entre perder la pierna o vivir con ella rígida. Me operaron, me la dejaron dura. Nunca más pude doblarla. El médico, un vasco de la Clínica Valls, me acarició la cara y me dijo: “Vas a quedar persona útil”. Eso me quedó grabado. Y me dije: voy a ser útil. Y creo que lo logré.
– Yo leí que tuviste contacto con Mengele, que fue un personaje muy conocido en toda esta historia.
– Sí, Mengele me tocó una vez. Un día, la doctora que solía hacer las selecciones no estaba. Y apareció Mengele. Nos hicieron formar, desnudas. Él pasaba con la mano izquierda en el bolsillo, y con la derecha señalaba quién vivía y quién moría. A ese grupo que anotó ese día, nos eligieron a todas para morir. Yo también.
– ¿A vos también entre ellas?
– Sí. Dijo mi número. Me lo dijeron a mí. Esa noche mi tía vino llorando a verme. Yo ya estaba resignada. No quería morir, pero sabía que me tocaba.
– ¿Y qué pasó?
– Esa noche, una austriaca no judía, socialista, de las que también estaban presas, se enteró. Había muerto una polaca del otro lado del barracón. Ella consiguió la lista, borró mi número y puso el de la muerta. Esa madrugada, se llevaron a 96 o 97 mujeres a la cámara de gas. Yo quedé sentada sola, viva.
– ¿Pensaste en escaparte alguna vez?
– Imposible. Los alambrados eran electrificados. Si querías escapar, era para morir quemado, una muerte terrible. Algunos se tiraron contra ellos. Pero yo... yo no quería morir así. Los filósofos, psicólogos, psiquiatras a menudo se preguntan cómo es que no hubo tantos suicidios como pudieron haber habido. Porque por sobre todas las cosas, la esperanza es más fuerte que todo. Aunque sea mínima, te mantiene viva.

El fin de la guerra, la vuelta a casa y la vida en Argentina
Liberada tras años de horror, Lea Zajac comenzó un camino de regreso a Polonia que la llevaría por una Europa devastada y finalmente a construir una nueva vida en Argentina.
– ¿Qué sentiste cuando volviste a los campos?
– Me hice una barrera mental. Fue conmovedor, sí, pero también sentía que pude lograr algo. El campo de Treblinka, por ejemplo, ya estaba desmantelado. Mi pueblo estaba desarmado. Solo quedan piedras con los nombres de los pueblos que fueron exterminados. Pero pude volver de pie.
– ¿Cuando viniste a Argentina formaste tu familia, encontraste el amor, tuviste hijos?
– Sí, pero fue muy duro. Al principio no quería saber nada. Por la pierna, por todo. Pero de repente sentí que quería algo propio. Y así, con todo eso encima, no me faltaron candidatos.
– ¿Y encontraste al indicado?
– Sí. Uno me aguantó mucho. Le dije: “¿Para qué me necesitás con una pierna dura, si hay tantas chicas con dos piernas normales?”. Y me contestó: “Es que a mí me gustan las rengas”. Fue el mejor marido del mundo. El mejor padre del mundo.
– ¿A Hitler lo viste alguna vez en persona?
– No. Pero en nuestro camino de vuelta, cuando cruzamos Alemania caminando, todo estaba destrozado. Queríamos volver a nuestra ciudad para ver si alguno de los hombres había sobrevivido. La vuelta fue terrible. Había que cuidarse de los nazis que huían por los bosques, y también de los soldados rusos.
– ¿Su casa estaba todavía de pie?
– Sí. Mi casa y la de mi tía también. Eran de madera. Pero en Polonia seguía habiendo antisemitismo, incluso después de la guerra. Mataron a varios judíos. Por eso decidimos irnos.
– ¿Quién serías sin la guerra?
– Alguien que intentaría hacer que el mundo fuera más humano. Dar la mano cuando hace falta. Yo no pretendo que todos expongan su vida para salvar la mía, pero sí que den vuelta la cabeza si saben que estoy escondida en una casa. Eso sí se puede. Yo hubiese tratado de dar la mano. Eso es lo más lindo que hay. Ser digna de ser. Esa es mi religión.
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