Leímos el libro más triste de Marta Brunet sin saberlo

El Ciudadano

Por Osvaldo Carvajal M., académico de Licenciatura en Letras y Doctorado en Humanidades Aplicadas Universidad Andrés Bello

Hagamos un experimento: si les pido que nombren un libro de Marta Brunet, ¿cuál es el primero que se les viene la mente?

Apuesto a que, por más que estemos casi en un boom editorial de su obra, pensaron en los Cuentos para Mari-sol (1938). Y es que ahí parte el problema: así como a Mistral le crearon la imagen de madre de Chile y escritora de rondas, a Brunet el canon literario nos la vendió como la tía solterona que le contaba cuentos a niños ajenos…

Por suerte, desde hace décadas investigadoras y académicas vienen desmontando esa imagen y hoy sabemos que Brunet no solo representó críticamente el lugar de las mujeres en su obra, sino que además tuvo una intensa vida pública, cultural y política… Ah, ¿no lo sabíamos? Otro día les cuento de eso. En esta ocasión, me interesa que conozcan a la Marta Brunet que amó y sufrió tan intensamente como escribió. Así que… ¡story time!

El 2012, buscando archivos que me permitieran reconstruir la posición de Brunet en el ambiente literario de su época, encontré un vínculo con el grupo literario de los imaginistas. Esto era raro porque eran “la contra” de los criollistas, con quienes la asoció la crítica tras su debut como novelista en 1923. Sospechosa la… referencia. En fin, a partir de esa pista, comencé a buscar materiales de cada uno de los miembros del grupo y, así, di con un conjunto de cartas escritas al poeta y diplomático Juan Guzmán Cruchaga, supuestamente por su primera mujer, Consuelo Nogues Fletcher.

Tras hacer una revisión del material, me di cuenta de que las cartas no estaban firmadas por Consuelo, sino por una tal “Cuquita”. Tras examinar su contenido resultó que la remitente era nada más ni nada menos que… Marta Brunet (claro: Martuca, Cuca, Cuquita).

Y es que no lo sabíamos hasta entonces, pero Brunet sostuvo con Juan Guzmán Cruchaga una relación amorosa que casi llegó al altar y que fue un escándalo, pues el poeta estaba aún casado y en pleno proceso de anulación de su primera esposa. Y no, esto no lo sabemos solo por lo que cuenta Brunet: el crítico literario Alone llegó a escribirle a Pedro Prado para comentar este “escándalo de la semana”. Pero ese personaje merece columna aparte… otro día.

Retomando: la circunstancia vital que posibilita la existencia de estas cartas es que el año 1928 Guzmán Cruchaga fue enviado como cónsul General de Chile a Oruro, Bolivia. Al momento de partir, el Señor Don Gato y la Señora Doña Gata (como se refiere a ellos mismos Brunet) estaban conviviendo en el departamento de ella en Catedral, por lo que los sentimientos de añoranza de la escritora ocupan gran parte de estos textos: le habla del pequeño altar que ha levantado con sus retratos, de la hostilidad social que la juzga por amar a un hombre casado y, sobre todo, de la inseguridad de que la distancia haya debilitado su relación.

Hay que decir que una queja constante es que las largas y hermosas cartas que ella le escribe son contestadas por el lejano amante con mensajes breves, cables e incluso telegramas: una asimetría que hacía presagiar tragedia… pero que se queda corta para el desenlace que tendría la relación.

Ahora bien, para que no crean que todo es chimuchina, lo más fascinante de estas cartas es que Brunet no solo le habla de amor a Guzmán Cruchaga, sino también de procesos creativos, reseñas malintencionadas y negociaciones editoriales.

Hay un momento particularmente revelador en que le cuenta que el editor Carlos Nascimento le estaba exigiendo convertir su novela Bienvenido en un “idilio romántico-cursilón”. Como ella no quiso ceder, intentó fallidamente vendérselo a la revista Atenea, pero tuvo que volver con la cola entre las piernas donde Nascimento y agregarle esos dos capítulos de los que renegó siempre.

Gracias a esas cartas, hoy entendemos por qué cuando reunió sus Obras Completas (1963), tras obtener el Premio Nacional, agregó el epígrafe “Para mi madre, que quería una novela rosa”: quedó tan picada la Mariana que, en su momento de consagración, necesitó desmarcarse del que consideraba el peor de sus libros, porque la obligaron a modificarlo.

Nos queda un último pendiente (por hoy) y es quizá la evidencia más conmovedora de por qué sigue siendo fundamental releer y desclasificar los archivos de nuestras autoras. El 2017, tras la publicación de las memorias y cartas de la pintora María Tupper, amiga íntima de Brunet, supimos por fin la historia detrás del título Cuentos para Mari-sol: tras una ruptura sentimental devastadora, en 1933 la autora se autoexilió en Viña del Mar para ocultar su embarazo. Trágicamente, esa criatura murió a horas de haber nacido. ¿Su nombre? Marisol.

Visto así, el libro que el canon convirtió en emblema de la “tía solterona de los cuentos” adquiere otra dimensión: ya no es la obra infantil que leíamos en el colegio, sino el testimonio de resistencia de una mujer que, una vez más, eligió rebelarse contra todo y contra todos para ser madre soltera.

Incluso tras la pérdida, la autora se rebela contra la muerte y, a través de sus cuentos, inmortaliza a esa hija que nunca dejó de esperar. Larga vida a Marta Brunet y Marisol.

Osvaldo Carvajal M.

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Abril 8, 2026 • 4 días atrás por: ElCiudadano.cl 53 visitas 1975097

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