En China hay más de 1.400 millones de personas y cerca de una cuarta parte de su población activa trabaja vinculada al sector público, un universo laboral tan descomunal que cualquier generalización suele quedarse corta. Así, entre tópicos globales y realidades cotidianas, la distancia puede ser mayor de lo que parece.
El mito exportado del 996. Lo hemos contado en más de una ocasión, pero que algo se repita muchas veces no significa que sea la norma. Llevamos tanto tiempo escuchando que China aplica la infame jornada 996 (trabajar de 9:00 a.m. a 9:00 p.m., seis días a la semana), que el propio concepto ha terminado por convertirse en símbolo de una supuesta ética laboral sobrehumana, aunque en su origen fue una crítica a un modelo abusivo dentro del sector tecnológico y nunca una norma general.
Sobre el papel, la ley china fija semanas de cinco días y 40 horas, aunque su aplicación sea irregular y los sindicatos oficiales carezcan de poder real, y aunque existan sectores como el trabajo migrante o la economía de plataformas donde las jornadas son duras y los derechos escasos. En cualquier caso, contaban en un reportaje de Foreigh Policy que el 996 ha prosperado en Occidente porque encaja con el temor recurrente a que China “trabaje más” y supere a sus rivales, pero esa narrativa simplifica hasta deshumanizar a esos 1.400 millones de personas. Además, oculta una realidad mucho más diversa.
La herencia del trabajo como ideología. Lo cierto es que la cultura laboral china no nace con las tecnológicas de Shenzhen, sino con una tradición marcada por el maoísmo y la herencia del estajanovismo soviético, una donde se glorificaba el sacrificio productivo y consolidó el peso social del danwei o unidad de trabajo.
En ese sentido, recordaba el analista James Palmer que no fue hasta 1995 cuando se formalizó el fin de semana de dos días, y durante décadas el empleo fue no solo fuente de ingresos, sino núcleo de identidad, vivienda y red social. Ese pasado explica la coexistencia de prácticas intensas con otras profundamente burocráticas, donde la obediencia política y el cumplimiento de cuotas pesan tanto como la eficiencia real.
La realidad silenciosa del 323. Como decíamos al inicio, más allá del mito del 996, una parte significativa del empleo chino (en torno al 23% de la población activa) se concentra en el sector público, donde predomina un patrón informal que se resume como 323: tres horas de trabajo por la mañana, una pausa de dos o incluso tres horas para comer y dormir la siesta, y otras tres horas por la tarde.
Esa larga interrupción es, de hecho, casi sagrada y ha resistido intentos de reforma, con oficinas que atenúan luces o habilitan espacios para descansar, en una rutina que sorprende a quien espera hiperproductividad constante. El ritmo puede ser laxo en tiempos tranquilos y frenético al final del año para cumplir objetivos administrativos, a menudo acompañados de ajustes contables creativos.
Burocracia, patronazgo y trabajos fantasma. Recordaban en FP que el 323 convive con prácticas menos visibles como los empleos ficticios otorgados por patronazgo, desde puestos donde apenas se trabaja hasta cargos “sin presencia” que sirven para recompensar lealtades o esquivar requisitos formales. En ese entorno, la flexibilidad y la frustración coexisten: una oficina puede cerrar durante una pausa prolongada, pero también mostrar indulgencia ante retrasos formales.
Y cuando el liderazgo político endurece el tono, como ocurrió con la campaña anticorrupción iniciada en 2013 o con exigencias extraordinarias como las impuestas a docentes para registrar vacunaciones en 2022, la intensidad aumenta y muchas de las comodidades desaparecen temporalmente.
Socialización obligatoria y disciplina. Además, hay que tener en cuenta que la vida laboral oficial incluye banquetes, brindis y encuentros colectivos que refuerzan jerarquías y redes informales, rituales que pueden convertirse en una carga más que en un privilegio y que fueron brevemente contenidos por las campañas disciplinarias antes de regresar con el tiempo.
Ese vaivén entre laxitud cotidiana y presión política explica por qué el 323 tiene sentido dentro del sistema: no responde a una ética de ocio, sino a una administración que alterna fases de baja exigencia con ráfagas de movilización. Dicho de forma clara: frente al relato simplista del 996, la realidad es más contradictoria y menos hiperbólica, una cultura laboral fragmentada donde la jornada depende tanto del sector y del clima político como de la voluntad individual.
Imagen | International Labour Organization ILO
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La noticia
Llevamos años hablando de la "jornada 996" en las empresas chinas. La realidad es más compleja: la "jornada 323"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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