Las lluvias de los últimos días están dejando efectos devastadores. Las imágenes de la Región de Coquimbo, especialmente de La Serena, me resultan impactantes, por ser mi ciudad de origen, con la que tengo y tendré por siempre un sentido de pertenencia indeleble. Las catástrofes nos recuerdan de manera brutal que dependemos, más de lo que quisiéramos, de la sociedad de la que formamos parte y de las condiciones materiales en que vivimos. Es en estos momentos en que la escasez de recursos duele más de lo que se pudiera haber anticipado.
Pasada la catástrofe vendrá el tiempo de la reconstrucción de viviendas, carreteras, puentes y tanto más. En definitiva, de todo el amplio espectro de la infraestructura a la que estamos acostumbrados y que es esencial para la vida diaria, para que cada uno continúe con su cotidianeidad de la mejor forma posible. Ahora será cuando chocará la mentalidad voluntarista con la dura realidad, en que emergerán los que piensan -o se comportan como si pensaran- que el Estado es un ser todopoderoso, con recursos ilimitados, que puede gastar sin freno, que endeudarse es inocuo y que, cuando más, todo se resuelve subiendo un par de puntos los impuestos “a los ricos”. No faltarán las voces que, ante el dolor de los damnificados, calificarán de brutal insensibilidad y economicismo el gobernar bajo el límite material de nuestras posibilidades.
Años de crecer al 2 por ciento, de gastar los fondos de emergencia, sin que hubiera otro padecimiento que la mala administración y el populismo, nos pasarán la cuenta de manera cruelmente dolorosa. La paradoja es que los mismos que impusieron las reformas que nos empobrecieron y que gastaron las reservas sin medida ni control, ahora serán los primeros en exigir y apuntar con el dedo a quienes no tienen más alternativa que hacerse cargo de la tragedia con lo que hay o, mejor dicho, con lo que le dejaron al país después de una administración ejercida con criterios indolentes y de infantil inmediatez.
¡Insensibles! Probablemente gritarán con impostada indignación. ¡Les bajan los impuestos a los ricos, pero no hay recursos para reconstruir viviendas! Será la consigna favorita y lamentablemente mucha gente caerá bajo las redes del sofisma. La cruel paradoja es que la insensibilidad no es de las autoridades que tendrán que enfrentar la emergencia sin recursos; los verdaderamente insensibles son los que, bajo la pretensión de una falsa y cruel solidaridad, primero estancaron el país con malas reformas y luego dilapidaron lo que se había acumulado en los años de crecimiento.
Como en la fábula de la hormiga y la cigarra, hay sociedades que se gobiernan sabiendo que el invierno llegará y otras que se comportan como si el verano fuera eterno. Las primeras las conocemos por ser desarrolladas; las segundas, por gastar sin límite en el buen tiempo y subir impuestos en la tormenta. Estas últimas son las que nunca salen del subdesarrollo, son aquellas a las que, tristemente, el populismo hace que les llueva sobre mojado.
Por Gonzalo Cordero, abogado
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