Actualmente es muy complicado ver redes abiertas al hacer un rastreo. Por lo general, suelen estar cifradas y con contraseña, pero esto no las hace 100 % seguras. Hay maneras de entrar o, al menos, de intentarlo. Y cualquiera podemos ser el objetivo de alguien que sepa cómo saltarse las barreras. El problema es que no suele ser sencillo descubrir la intrusión.
Solemos pensar que no somos el objetivo de un ataque a la red. Pero no tiene por qué ser así: si nuestro WiFi puede captarse desde el exterior, somos susceptibles de que alguien entre para ver qué tenemos conectado. Móviles, ordenadores, televisiones… Todos estos dispositivos dicen mucho de nosotros. Y guardan auténticos tesoros.
Lo mejor es ponerse en la hipótesis más grave: hay que proteger la red WiFi como si nuestra casa fuera el Pentágono. Bueno, quizá esto sea excesivo, pero sí debemos asegurar nuestras conexiones como si guardásemos un secreto que nadie debería conocer. La privacidad es algo demasiado valioso como para dejarla al alcance de cualquiera.
Todos los routers vienen preconfigurados con un nombre de red y una contraseña. Dejar estos datos por defecto es una mala práctica, ya que facilita la intrusión en la red. Sobre todo si el router es de operadora y ya tiene algo de tiempo: es probable que las claves puedan generarse sin demasiada dificultad.
No proteger nuestra red nos hace vulnerables. Y cerrar hasta el último rincón no resulta demasiado difícil, porque encontrar a un intruso sí es complicado. Cuando alguien experimentado accede a una red intenta que no le detecten quedándose en silencio. Hasta que llega el momento de actuar.
Quizá se conforme con ganar un acceso a Internet secundario, pero no suele ser así: alguien con cierto nivel de conocimientos suele ejecutar un plan más o menos estandarizado para así asegurarse de obtener el máximo beneficio. A grandes rasgos, el proceso es el siguiente:
Lo más habitual es que no nos demos cuenta inmediatamente de que alguien entró en nuestra WiFi: la primera acción es el silencio. El intruso no hará nada con nuestra conexión hasta que no esté seguro de que no lo hemos detectado. Incluso es probable que permanezca tiempo inactivo y solo utilice la red cuando realmente lo necesite. Aunque eso sí, siempre va a dejar algún rastro.
Conocer el comportamiento de un intruso ayuda a que podamos protegernos de sus acciones. Y la primera está clara: cuanto más segura sea la contraseña de la red, mucho mejor. Debemos cambiar el nombre para que no sea la que viene por defecto. Y elegir una clave que no sea sencilla de averiguar. Si rotamos con frecuencia esta clave, mucho mejor.
Mediante aplicaciones como Fing podemos ver todos los dispositivos que están conectados a nuestra red. En el caso de que haya alguno que no reconozcamos, lo mejor es cambiar todas las contraseñas y reiniciar el router.
Otro paso indispensable es el de modificar la contraseña de acceso al router. En la medida de lo posible, hay que desactivar el usuario por defecto y elegir un nombre que no sea admin; junto con una contraseña segura. Igual que las claves de la WiFi, rotar la contraseña del router reduce al mínimo los riesgos de sufrir un ataque.
Otros consejos de seguridad que ayudan a mitigar los riesgos son:
Un intruso con experiencia no llega, roba y se va. Lo que hace es observar y esperar. En silencio. Aunque eso también deja huellas: en el log del router, en la tabla de dispositivos conectados y en la configuración del DNS. Todo eso está ahí, accesible, esperando a que lo miremos de forma habitual para así reducir los riesgos de intrusismo.
Imágenes | Iván Linares
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La noticia
Lo primero que hace alguien cuando entra en tu red WiFi sin permiso no es robarte nada. Es quedarse en silencio
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Iván Linares
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