Elon Musk se convirtió recientemente en el primer ser humano en “tener” más de un millón de millón de dólares (un trillion en la nomenclatura norteamericana). Con las cosas maravillosas que he escuchado se podría hacer con su fortuna, permítame darle una pequeña lista de lo que no se puede hacer con ella: no se pueden construir diez mil hospitales de cien millones de dólares cada uno, no se pueden construir diez millones de viviendas de cien mil dólares cada una, no se puede formar veinte millones de profesionales (médicos, ingenieros, profesores, etc) a un costo de cincuenta mil dólares cada uno, no se puede regalar mil dólares en alimentos a las mil millones de personas más pobres del planeta. Antes que me diga que tome mi calculadora porque sí se puede, permítame explicarle por qué no se puede hacer nada de lo anterior.
Olvidando el gigantesco problema técnico de hacer físicamente esas cosas (y por lo mismo dejar de hacer físicamente otras), el trillion de Musk no equivale a millones de casas, ni millones de enfermeras y doctores, ni siquiera millones de millones en dinero que él tiene. El trillion es el resultado indirecto de la inversión, especulación, apuesta (llámelo como quiera) que hace el mundo sobre la capacidad de sus empresas de generar riqueza material en el futuro. Hay gente que cree que sus negocios podrán generar más que su cotización actual en bolsa, otra que cree que podrán generar menos. De ese equilibrio en las apuestas de terceros se puede deducir el trillion de Musk, o lo que sea su fortuna hoy.
Si Elon Musk decide mañana gastar su trillion en hospitales o en alimentar África, su trillion desaparece del planeta Tierra en el momento exacto del anuncio, mucho antes de poder gastarlo. La apuesta que el mundo hace sobre su capacidad de crear esa riqueza y más, conquistando el espacio y cosas parecidas, se va inmediatamente a cero.
En estricto rigor, el manotazo propuesto por los intelectuales del manotazo (Piketty Et al.) ni siquiera sería sobre Elon y su fortuna escandalosa, sino sobre millones de inversionistas que pusieron su ficha en el tablero. El dinero es crédito y el crédito es confianza; desaparece la confianza y desaparece el dinero, quedando nada maravilloso para hacer con él. Entre paréntesis, no me deja de sorprender la cantidad de economistas que no entienden qué es el dinero, o más probablemente les gusta hacer como que no entienden.
Desde Buffett a Trump, a la gente rica le gusta decir que el dinero es el marcador, no es el juego, ni siquiera la cancha. En esa línea, Elon dice que la economía son bienes y servicios, siendo el dinero una base de datos que permite intercambiarlos fácilmente. Base de datos donde se registra y cuantifica en cada instante, gracias a la ley del precio único, todas las cosas que existen y que imaginamos van a existir. Cuantificación que, por cierto, puede estar profundamente equivocada.
En definitiva, el trillion de Elon, que llegó junto con la apertura en bolsa de SpaceX, no es algo que está ahí, es algo que será descubierto. Esto, a través del único mecanismo confiable que los humanos tenemos para determinar si algo funciona o no: la mal vista ganancia. Como podría decir Churchill, el capitalismo es el peor sistema económico, a excepción de todos los demás.
*El autor de la columna es ingeniero civil de la PUC y MBA The Wharton School.
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