El Ciudadano
Por Osvaldo Carvajal y Jorge Cáceres
En Chile, podríamos trazar una breve genealogía de poetas que, de una u otra forma, hablaron del pueblo o por él. Desde Carlos Pezoa Véliz hasta Nicanor Parra, pasando por Pablo de Rokha, pareciera que en su poesía la voz popular está mediada: se apunta, se reelabora, se imposta. Porque sí: Parra tradujo El Rey Lear al español de Chile, pero para ser representado en el teatro de la UC…
Lo que hizo Redolés, “poeta entrometido en la música” (a su decir), es otra cosa. Al musicalizar sus textos, lo cambió todo, porque la oralidad está en el origen mismo de la poesía. Aedos y juglares lo sabían. Su público, mayoritariamente analfabeto, no solo escuchaba, sino que memorizaba y repetía: se aprendían poemas épicos completos gracias a la melodía. Por eso el Redo es transversal: en sus conciertos se cruza gente que trabaja en la feria con gente del gobierno, quienes lo escuchan desde hace décadas con quienes recién están empezando a escribir. No porque represente a un grupo en particular, sino porque su obra se aprende, se comparte y se devuelve. No baja desde el escenario: circula. Y en ese movimiento, deja de ser solo suya.
El pasado 4 de abril, se volvió a poner en escena el histórico álbum ¿Quién mató a Gaete? (1996). Con siete de los músicos originales de la grabación, más que un concierto, se trató de un ejercicio de memoria. Una curiosidad: la escena más poética de la noche no estuvo en lo perfectamente ejecutado, sino en el momento en que algo falló.
El radioteatro, la canción, el disco ya no pertenece a quien lo escribió, ni siquiera a quienes lo están (re)interpretando, sino a quienes lo dicen en conjunto: a la tribu redoliana.
En el disco, el radioteatro “No tengo” tiene una suerte de eco, porque parodia un discurso político dicho ante una masa efervescente. La voz se estira, se duplica, queda suspendida. El efecto es parte significante del recuerdo. En el concierto, por problemas técnicos, ese efecto no estuvo. Redolés dice: “No tengo”. Mira hacia el lado, pide que lo agreguen. No llega. Espera un poco. Nada. Entonces sigue. Y esta vez es el público el que responde: “no tengo, no tengo, no tengo”; “pero si tuviera”, “pero si tuviera, pero si tuviera, pero si tuviera”… Esa masa coreando un poema (sí, coreando un poema) es la restitución del aura en tiempos de la (hiper)reproductibilidad técnica.
El público no acompaña, reproduce el efecto que falta, es parte del acto poético. Por eso el concepto de “público” queda chico. Es más una congregación: gente que sabe cuándo entrar, cuándo repetir, cuándo reír y cuándo guardar silencio. Algo parecido a una misa, pero laica, sin templo ni doctrina. Un ritual donde no hay fieles pasivos, sino participantes que sostienen lo que está pasando, donde el texto no baja desde un púlpito, sino que circula, se reparte, se devuelve. El radioteatro, la canción, el disco ya no pertenece a quien lo escribió, ni siquiera a quienes lo están (re)interpretando, sino a quienes lo dicen en conjunto: a la tribu redoliana.
En una conversación en su casa de Las Cruces tras haber leído Los versos del Sub-teniente (2011), libro que Redolés firmó con el heterónimo Marcelo Reyes Khandia, Nicanor le dijo al entrometido en la música con ironía: “Qué es inteligente Ud., don Mauricio… ¡Lo suyo es Gaete! ¡Lo suyo es Gaete!”. Y es que el antipoeta lo sabía: él llevó la voz de la tribu a la literatura, pero Redolés llevó y sigue llevando la literatura a la tribu. El Redo es la tribu.
Por Osvaldo Carvajal y Jorge Cáceres
Académicos de Licenciatura en Letras y Doctorado en Humanidades Aplicadas. Universidad Andrés Bello.
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
La entrada “¡Lo suyo es Gaete!”: Mauricio Redolés y la voz de la tribu se publicó primero en El Ciudadano.
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