Los 7 pilares de la ocupación de la tierra de un pueblo olvidado: Cómo Marruecos intenta convertir la ocupación del Sáhara Occidental en un hecho irreversible

El Ciudadano


Por Hafdala Chadad Brahim, diplomático saharaui

Hay ocupaciones que comienzan con una invasión y terminan cuando el ocupante se retira. Otras intentan sobrevivir de una manera mucho más sofisticada: construyendo alrededor de la ocupación un sistema de leyes, muros, población, dinero, intereses económicos, presión, influencia y propaganda destinado a hacer que el mundo termine olvidando cómo comenzó todo.

Este artículo trata de una de esas ocupaciones. Y de los siete pilares sobre los que se intenta sostener. La tierra es la misma. El pueblo también. Lo que ha cambiado es la arquitectura construida alrededor de la ocupación. Esa tierra es el Sáhara Occidental. Y ese pueblo es el pueblo saharaui.

La historia de las ocupaciones coloniales demuestra que el control militar de un territorio es solamente el primer paso. Para conservarlo durante décadas, el ocupante necesita construir una realidad paralela: una administración que presente el territorio como propio, una población de colonos que vaya modificando la composición demográfica, otra población originaria sometida a la opresión, una economía que genere intereses, empresas que tengan algo que perder, gobiernos que encuentren ventajas en mantener determinadas relaciones, redes de influencia que defiendan la posición del ocupante y una narrativa que transforme la ocupación en normalidad.

Francia intentó hacerlo en Argelia. La conquista militar fue acompañada de leyes, decretos, división administrativa, colonización europea y progresiva incorporación del territorio al sistema político francés.

París intentó convertir una conquista colonial en una realidad que pudiera ser presentada como parte integrante de Francia, al igual que el régimen del general Francisco Franco declaró el territorio del Sáhara como provincia española (número 53) mediante un Decreto de la Presidencia del Gobierno, el 10 de enero de 1958.

Pero la historia demostró que ninguna ley del ocupante puede transformar la ocupación en soberanía legítima.

En el Sáhara Occidental, Marruecos ha desarrollado durante décadas una estrategia que va mucho más allá de la presencia militar. Es una arquitectura multidimensional. Y sobre ella descansan los siete pilares de esta ocupación.

I. EL PILAR DE LA FUERZA: OCUPACIÓN MILITAR, MURO, APARATO REPRESIVO Y MIEDO

Una ocupación comienza por la fuerza y, mientras no consigue legitimidad, necesita seguir dependiendo de ella. El muro no solo cumple una función militar: divide la tierra saharaui de norte a sur, separa comunidades y familias y consolida físicamente una realidad territorial nacida de la guerra y de la ocupación.

El primer pilar de la ocupación marroquí es, por tanto, el control físico y militar del territorio.

Marruecos mantiene un amplio dispositivo militar acompañado de fortificaciones, puestos de vigilancia, sistemas de control y otras infraestructuras militares. En medio del territorio se extiende el denominado Muro de la Vergüenza del Sáhara Occidental, un sistema de bermas y fortificaciones de aproximadamente 2.720 kilómetros, acompañado de campos minados y custodiado por más de 120.000 soldados.

El control del territorio tiene además una segunda línea: el aparato represivo, formado por policías, fuerzas auxiliares (Mjaznía) y los servicios de seguridad y de inteligencia.

En las ciudades ocupadas, la población saharaui que reivindica públicamente el derecho a la autodeterminación se enfrenta a violaciones sistematicas de derechos humanos, vigilancia constante, restricciones de las manifestaciones, persecución de activistas, detenciones arbitrarias, juicios sumarios, intimidación y obstáculos para el trabajo de periodistas y observadores internacionales, en total territorio cerrado a cal y canto a los que no apoyen la ocupación.

De esta manera se establece una doble frontera: una frontera militar para controlar el territorio y una frontera policial para controlar a quienes lo habitan. El resultado es un clima permanente de presión y miedo que sufren quienes defienden públicamente el derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro.

Y aquí aparece una de las paradojas fundamentales de toda ocupación: cuanto más intenta presentarse como una situación normal, más necesita recurrir a mecanismos extraordinarios de seguridad para impedir que la población ocupada cuestione esa supuesta normalidad.

Pero controlar militarmente un territorio no basta para conservarlo indefinidamente. Para que una ocupación sobreviva al paso de las generaciones, necesita transformar también la sociedad que vive en él. Ahí comienza el segundo pilar.

II. EL PILAR DE LA INGENIERÍA DEMOGRÁFICA: CAMBIAR LA POBLACIÓN PARA CAMBIAR LA REALIDAD

La experiencia colonial demuestra que una de las herramientas más eficaces para consolidar una ocupación consiste en modificar progresivamente la composición de la población.

El asentamiento de población procedente del Estado ocupante, unido a políticas de empleo, vivienda, subsidios e inversión en beneficio de los colonos, puede terminar alterando profundamente la estructura social de un territorio.

En el Sáhara Occidental, organizaciones de derechos humanos y estudios sobre la situación socioeconómica han denunciado discriminación en el acceso al empleo, vivienda y tierras, así como desigualdades en las oportunidades disponibles para la población saharaui.

La cuestión laboral resulta particularmente significativa. Cuando los jóvenes saharauis encuentran dificultades para acceder a empleos dignos en su propio territorio mientras se favorece la llegada de trabajadores procedentes de Marruecos, el problema deja de ser exclusivamente económico. Tiene también una dimensión demográfica y política.

La población originaria comienza a perder peso en sectores estratégicos de la economía y, progresivamente, en la propia estructura social del territorio. Y la transformación demográfica tiene una consecuencia política y cultural de enorme alcance: las nuevas generaciones pueden crecer en una realidad completamente diferente de la existente antes de la ocupación.

III. EL PILAR ECONÓMICO: CONVERTIR LOS RECURSOS NATURALES SAHARAUIS EN INSTRUMENTO DE CONSOLIDACIÓN DE LA OCUPACIÓN DE SU PROPIA TIERRA.

El tercer pilar es la economía. El Sáhara Occidental no es un territorio sin valor estratégico. Posee importantes recursos naturales y grandes posibilidades económicas: los fosfatos de Bucraa, recursos pesqueros, tierras agrícolas, potencial eólico y solar y una posición geográfica privilegiada frente al Atlántico.

La explotación de estos recursos genera ingresos. Pero puede generar algo todavía más importante para una potencia ocupante:

  • Intereses extranjeros vinculados al territorio.
  • Una empresa que invierte millones necesita estabilidad.
  • Una compañía que obtiene contratos necesita continuidad.
  • Un Estado que desarrolla importantes relaciones comerciales necesita protegerlas.

De esta manera, los recursos naturales pueden transformarse en una herramienta de diplomacia económica. La pregunta deja entonces de plantearse exclusivamente en términos de: ¿Quién tiene derecho a este territorio?, y comienza a formularse en términos de: ¿Cómo protegemos nuestras inversiones y nuestros intereses allí?

Aquí reside una de las mayores contradicciones de la explotación económica de un territorio ocupado. Cuantos más intereses extranjeros se acumulan, mayor puede ser el coste político para quienes pretendan cuestionar la situación existente.

La inversión, por tanto, no es necesariamente neutral. Puede convertirse en un mecanismo de consolidación de la ocupación.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha determinado de forma firme que el Sáhara Occidental es un territorio distinto y separado de Marruecos, por lo que los acuerdos comerciales entre la UE y Marruecos no pueden aplicarse a este sin el consentimiento del pueblo saharaui.

La cuestión fundamental no es únicamente quién extrae un recurso. La pregunta es: ¿Quién tiene derecho a decidir sobre los recursos de un territorio cuyo proceso de descolonización permanece inconcluso?

Y aquí aparece una de las contradicciones más profundas: el recurso económico puede terminar siendo utilizado para consolidar una realidad política cuya legitimidad internacional continúa siendo cuestionada.

IV. EL PILAR DE LA DIPLOMACIA DEL DINERO: CONTRATOS, INVERSIONES Y FERTILIZANTES

La economía puede transformarse en diplomacia y la diplomacia, en influencia.

Un Estado ofrece inversiones. Una empresa obtiene oportunidades. Se abren mercados. Se firman acuerdos comerciales. Se desarrollan proyectos agrícolas, energéticos, turísticos o portuarios. Se ofrecen fertilizantes. Se crean relaciones económicas. Y progresivamente aparece una red de intereses que puede hacer más difícil adoptar posiciones políticas contrarias a quien proporciona esas oportunidades.

En América Latina, esta dinámica merece especial atención. El reciente caso de Colombia constituye un ejemplo especialmente significativo.

En agosto de 2026, el Gobierno colombiano anunció un cambio radical de posición respecto al Sáhara Occidental, contradiciendo su propia constitución y el derecho internacional, reconociendo la supuesta soberanía marroquí sobre el territorio y congelando sus relaciones con la República Árabe Saharaui Democrática.

El nuevo acercamiento entre Bogotá y Rabat se presentó acompañado de una agenda de comercio, inversión, turismo, seguridad alimentaria, infraestructura y conectividad. El caso resulta particularmente significativo porque demuestra hasta qué punto una cuestión que pertenece al ámbito del derecho internacional puede terminar conectándose con intereses económicos y mercantilistas.

No corresponde afirmar, sin pruebas directas, que una inversión o un contrato concreto haya comprado una decisión política. Pero sí es legítimo preguntarse por la relación entre intereses económicos, diplomacia y cambios de posición respecto a la cuestión saharaui.

Es la lógica de lo que hemos denominado: La diplomacia de los fosfatos saharauis. Porque los recursos de un territorio ocupado pueden convertirse no solamente en mercancías. Pueden convertirse también en instrumentos de influencia. Y cuando esos recursos terminan transformados en fertilizantes destinados a mercados extranjeros, surge una expresión que resume la dimensión humana del problema: los fertilizantes de sangre.

Porque detrás de cada tonelada de fosfato extraída de un territorio ocupado existen preguntas que ningún contrato puede borrar: ¿Tiene el pueblo saharaui derecho a decidir sobre las riquezas de su propia tierra? ¿Qué grado de complicidad con la ocupación tienen quienes se benefician de este fosfato?

V. EL PILAR DE LA PRESIÓN: MIGRACIÓN, CEUTA, PEGASUS Y GUERRA HÍBRIDA

Un Estado que dispone de una posición geográfica estratégica posee instrumentos de presión que van mucho más allá de la economía. España, por su posición geográfica, es particularmente vulnerable. Ceuta y Melilla constituyen puntos extraordinariamente sensibles.

La crisis de Ceuta de mayo de 2021 mostró hasta qué punto una disputa política entre Madrid y Rabat podía coincidir con una crisis fronteriza de enormes dimensiones.

Miles de personas la mayoría menores, entraron entonces en Ceuta después de que se produjera una relajación del control fronterizo marroquí, en el contexto de una grave crisis diplomática entre España y Marruecos. El episodio fue analizado por numerosos investigadores y condenado por el parlamento europeo como un ejemplo de la utilización de la migración dentro de estrategias de presión diplomática.

La crisis de Ceuta volvió a mostrar ante España y Europa una realidad que durante demasiado tiempo se presentó como una sucesión de episodios aislados. La llegada masiva en julio 2026, de más de 72.000 personas desde Marruecos no constituye únicamente una crisis fronteriza o humanitaria: obliga a preguntarse hasta qué punto la presión migratoria puede convertirse en un instrumento de coerción política.

Sin embargo, un Estado que controla una frontera estratégica posee objetivamente una extraordinaria capacidad de negociación.

Los tentáculos tecnológicos: Pegasus, trolls, bots’ y guerra informativa

La presión también puede desarrollarse en el mundo digital. El caso Pegasus representa una dimensión especialmente inquietante.

Las investigaciones internacionales sobre el programa han documentado el espionaje de teléfonos pertenecientes a periodistas, activistas y responsables políticos y han señalado a Marruecos entre los Estados vinculados al uso de esta tecnología.

El espionaje proporciona algo que ningún ejército puede conseguir fácilmente: información. Información sobre adversarios. Sobre periodistas. Sobre activistas. Sobre dirigentes políticos. Sobre contactos. Sobre comunicaciones. Y la información, cuando se encuentra en manos de un Estado, puede convertirse en un arma de presión.

Por eso Pegasus no debe analizarse únicamente como una cuestión tecnológica. Forma parte de una nueva generación de instrumentos de poder: la vigilancia como mecanismo de control y la información como instrumento de influencia.

La guerra híbrida también se libra en las redes sociales mediante campañas coordinadas de trolls, granjas de bots y cuentas anónimas destinadas a difundir desinformación, desacreditar la causa saharaui y atacar a quienes la apoyan.

Estas operaciones buscan inundar el espacio digital con mensajes favorables a la narrativa marroquí, generar intimidación y presentar como «minoritaria» o «extremista» cualquier voz que cuestione la ocupación. La batalla por el territorio se convierte así también en una batalla por controlar el relato.

El objetivo de los trolls y las granjas de bots no es conquistar un territorio, sino conquistar el relato sobre ese territorio, porque cuando la fuerza ya no basta para imponer una realidad, la propaganda intenta imponer la percepción que el mundo tiene de ella.

VI. EL PILAR DE LOS TENTÁCULOS: LOBBIES Y REDES DE INFLUENCIA

Toda estrategia de ocupación necesita aliados. Pero en el mundo contemporáneo no siempre se buscan únicamente aliados entre los Gobiernos. También se buscan aliados dentro de los parlamentos, las instituciones, las empresas, las universidades, los medios de comunicación y los círculos de opinión.

Ahí aparecen los lobbies y las redes de influencia. Europa constituye un escenario fundamental. También América Latina. El objetivo consiste en conseguir que la posición marroquí deje de parecer exclusivamente marroquí y empiece a ser reproducida por actores internacionales. El poder contemporáneo ya no necesita presentarse siempre con uniforme: a veces lleva traje, una cámara, un contrato o un teléfono móvil.

Cuando un político extranjero defiende la posición de Rabat, el mensaje adquiere una apariencia de legitimidad internacional. Cuando una empresa extranjera invierte en la ciudad de Dajla ocupada, crea una apariencia de normalidad económica. Cuando un periodista visita el territorio y reproduce únicamente la imagen institucional del desarrollo que quiere el ocupante que se vea, contribuye consciente o inconscientemente a construir una determinada narrativa.

Cuando un influencer presenta a la ciudad ocupada de Dajla exclusivamente como un destino turístico, millones de personas reciben una imagen del territorio desconectada de su historia política dramática.

Por eso debemos distinguir cuidadosamente entre diplomacia legítima, relaciones comerciales y operaciones de influencia. No todo contacto político es un lobby. No toda visita es propaganda. No toda inversión es complicidad.

Pero cuando múltiples actores, recursos y canales terminan convergiendo en la defensa de una misma narrativa, resulta legítimo analizar la existencia de una arquitectura internacional de influencia para blanquear la ocupación.

VII. EL PILAR DE LA NARRATIVA: PROPAGANDA, BLANQUEAMIENTO Y FABRICACIÓN DE NORMALIDAD

El objetivo es convertir el territorio ocupado en una imagen, porque los seis pilares anteriores necesitan finalmente una historia que los justifique. Una carretera moderna. Un puerto. Un hotel. Un restaurante frente al Atlántico. Un proyecto energético. Una zona turística. Una delegación extranjera. Un foro económico. Una fotografía. Un vídeo. Un influencer. Una película. La ocupación desaparece de la imagen. Solo queda el «desarrollo ficticio».

Este mecanismo resulta especialmente eficaz porque no necesita convencer al mundo de una mentira completa. Solo necesita conseguir que el mundo deje de hacerse determinadas preguntas: ¿Quién vivía aquí antes? ¿Quién sufre las violaciones de derechos humanos? ¿Quién decide sobre estos recursos? ¿Quién controla la policía? ¿Quién puede protestar? ¿Puede un periodista investigar libremente? ¿Puede una delegación extranjera reunirse con quienes cuestionan la ocupación? ¿Quién se beneficia realmente de las inversiones?

Un escaparate hacia el exterior y un territorio vigilado hacia el interior

Mientras Marruecos presenta grandes proyectos económicos y turísticos en el Sáhara Occidental, organizaciones de derechos humanos continúan documentando restricciones al espacio cívico, vigilancia, persecución de activistas, violaciones sistemáticas de derechos humanos y dificultades para periodistas y observadores internacionales para entrar al territorio.

La consecuencia es una especie de doble realidad. Un escaparate hacia el exterior. Un territorio vigilado hacia el interior.

Las delegaciones políticas, empresarios, periodistas, influencers y personalidades extranjeras pueden ser recibidos en ciudades como El Aaiún o Dajla ocupados y contemplar una realidad cuidadosamente organizada: carreteras, edificios, hoteles, proyectos agrícolas, instalaciones portuarias y grandes obras.

Pero otra realidad permanece fuera del escaparate. La de los activistas saharauis. La de las familias de presos políticos. La de quienes reivindican la autodeterminación. La de quienes denuncian discriminación y violaciones de derechos humanos. La de quienes intentan informar de manera independiente.

Por eso, la batalla por el Sáhara Occidental es también una batalla por quién cuenta la historia del territorio.

LA AUTOPISTA DE TRUMP: CUANDO UNA CARRETERA SE CONVIERTE EN UN MENSAJE POLÍTICO

Quizá pocos episodios recientes resumen mejor esta estrategia que el bautizo de la autopista Tiznit-Dajla con el nombre de Donald Trump.

La carretera, de aproximadamente 1.055 kilómetros, conecta Tiznit con los territorios ocupados del Sáhara Occidental, atraviesa El Aaiún y continúa hasta Dajla.

Más allá de la infraestructura, el gesto posee un enorme significado simbólico. Una carretera que comienza en territorio marroquí y continúa hasta la ciudad de Dajla ocupada proyecta físicamente una continuidad territorial que Marruecos pretende presentar como incuestionable.

Y no es solamente el nombre de una carretera. Es el nombre del presidente estadounidense que en 2020 reconoció la posición ilegal marroquí sobre el Sáhara Occidental. La infraestructura, el territorio y el reconocimiento político quedan así unidos en un mismo símbolo.

La carretera se convierte en diplomacia. La diplomacia se convierte en narrativa. Y la narrativa intenta convertir el hecho consumado en normalidad. El mensaje implícito parece sencillo: «El territorio está integrado, las infraestructuras avanzan, las inversiones llegan y las grandes potencias lo reconocen. El mundo debe acostumbrarse a esta realidad».

Pero existe un problema fundamental. Una carretera no puede resolver una cuestión de descolonización. Un puerto no puede sustituir el derecho a la autodeterminación. Una inversión no puede sustituir el consentimiento de un pueblo. Y el nombre de un presidente extranjero no puede transformar una ocupación en soberanía universalmente reconocida.

EL ESCAPARATE DEL DESARROLLO Y LA REALIDAD SOCIAL

Marruecos presenta «las grandes inversiones» realizadas en el territorio como prueba de desarrollo y como argumento para demostrar que la población saharaui se beneficia de la integración. Pero la existencia de grandes infraestructuras no demuestra por sí misma que exista un desarrollo equitativo ni que sus beneficios lleguen de manera proporcional a la población autóctona.

Existen denuncias documentadas de discriminación laboral, dificultades de acceso a oportunidades económicas, desigualdad social y represalias contra personas vinculadas a la defensa de los derechos fundamentals de los saharauis. También existe una cuestión particularmente reveladora: la formación y las oportunidades educativas de los jóvenes.

La escasez de determinadas instituciones de educación superior especializadas en el territorio obliga a muchos jóvenes saharauis a desplazarse a ciudades marroquíes para continuar sus estudios.

El desarrollo, por tanto, no puede medirse únicamente por el número de carreteras construidas o por el volumen de inversión anunciado. Debe medirse también por la igualdad de oportunidades. Por la calidad de los servicios públicos. Por el acceso a la educación. Por el empleo. Por la libertad de expresión. Por la posibilidad de participar en la vida política.

Y, sobre todo, por la capacidad del pueblo originario para decidir sobre su propio territorio a través de un referéndum de autodeterminación ya que es el único soberano de la tierra.

Por eso, la pregunta no debería ser simplemente: ¿Cuánto dinero se ha invertido? La pregunta correcta es: ¿Quién decide dónde se invierte, ¿quién se beneficia y quién queda excluido?

Un territorio ocupado puede tener carreteras modernas y continuar siendo un territorio ocupado. Puede tener hoteles de lujo y continuar siendo un territorio ocupado. Puede tener un puerto gigantesco y continuar siendo un territorio ocupado. Puede tener proyectos de energías renovables y continuar siendo un territorio ocupado. El desarrollo económico no determina la soberanía.

LOS SIETE PILARES FORMAN UNA SOLA ARQUITECTURA

Cuando observamos todos estos elementos juntos, aparece una realidad mucho más compleja.

La ocupación militar proporciona el control territorial. El muro consolida la división física. El aparato represivo formado por policía y la vigilancia controlan la contestación interna. La ingeniería demográfica transforma la composición de la población.

La economía convierte los recursos en ingresos e intereses. La diplomacia económica transforma esos intereses en relaciones políticas. La presión migratoria proporciona capacidad de negociación. El espionaje proporciona información. Los lobbies extienden la influencia. Y la propaganda convierte todo lo anterior en una narrativa de normalidad.

No son instrumentos aislados. Son piezas de una misma arquitectura. Una arquitectura diseñada para resistir el paso del tiempo.

LA ESTRATEGIA DEL TIEMPO

Quizá este sea el objetivo último. No convencer a todos. No conseguir que todos los Estados reconozcan inmediatamente la soberanía marroquí. No eliminar de un día para otro la cuestión saharaui.

Hacer que el mundo se acostumbre. Que las empresas se acostumbren. Que los gobiernos se acostumbren. Que los periodistas se acostumbren. Que los turistas se acostumbren. Que las nuevas generaciones se acostumbren.

Que la cuestión del Sáhara Occidental pase de ser una cuestión de descolonización a convertirse en una cuestión aparentemente administrativa, económica o comercial. Ese es el poder del hecho consumado: hacer que lo provisional parezca permanente.

Porque cuando una ocupación dura décadas, cada año puede convertirse en una herramienta política. Cada carretera construida. Cada empresa que invierte. Cada contrato firmado. Cada delegación que visita. Cada fotografía publicada. Cada reconocimiento diplomático. Cada generación que crece bajo una nueva realidad demográfica.

Todo contribuye a una misma operación: PERO LA HISTORIA TIENE MEMORIA.

Francia también creyó que podía convertir Argelia en Francia. El Reino de España también creyó convertir Latinoamérica en Virreinatos, y el Sahara en Provincia 53. Lo hicieron mediante leyes, constituciones, decretos, administraciones, ejércitos, colonos, infraestructuras, represión y una enorme maquinaria política.

Sin embargo, cuando llegó la independencia, muchas de aquellas estructuras desaparecieron con una rapidez que parecía imposible décadas antes. El ocupante puede controlar el territorio durante mucho tiempo, pero no puede controlar indefinidamente el derecho de un pueblo a decidir su destino.

El Sáhara Occidental continúa figurando en la lista de territorios no autónomos de las Naciones Unidas. Su proceso de descolonización permanece inconcluso. Y ninguna inversión, ningún proyecto de infraestructura, ningún contrato comercial, ninguna campaña de imagen, ninguna visita al territorio con ánimo de lucro, pueden sustituir el derecho de un pueblo a la autodeterminación.

Por eso, ningún proyecto económico puede cerrar una cuestión de descolonización. Ningún reconocimiento bilateral puede borrar el derecho internacional. Ninguna campaña de propaganda puede eliminar la memoria de un pueblo. Ningún muro puede detener eternamente una aspiración nacional a la libertad. Y ningún contrato puede convertir la explotación de los recursos de un territorio ocupado en una sustitución del derecho de su pueblo a la autodeterminación.

EPÍLOGO: LOS PILARES PUEDEN CAER

Las ocupaciones construyen muros. Construyen carreteras. Construyen instituciones. Construyen narrativas. Construyen intereses. Construyen alianzas. Construyen incluso nuevas realidades demográficas. Pero también construyen una ilusión: la ilusión de que el tiempo puede convertir la fuerza en derecho.

La historia demuestra que no siempre es así. Los pilares levantados para sostener una ocupación pueden parecer indestructibles mientras la ocupación permanece. Pero cuando cambia la correlación política, cuando desaparecen las alianzas, cuando aumenta la presión internacional o cuando un pueblo consigue finalmente ejercer su derecho, aquellos mismos pilares pueden convertirse en los restos de una época.

El muro puede permanecer. Las carreteras pueden permanecer. Los puertos pueden permanecer. Las ciudades pueden permanecer. Pero la soberanía no puede fabricarse mediante hormigón. La dignidad no puede comprarse mediante contratos. La identidad no puede borrarse mediante demografía. Y la autodeterminación no puede sustituirse por propaganda.

Porque, al final, una ocupación puede tener siete pilares, cientos de contratos, miles de kilómetros de carreteras y millones de dólares de inversión; pero si carece del consentimiento del pueblo dueño de la tierra, seguirá teniendo un problema que ningún proyecto económico puede resolver.

El tiempo puede prolongar una ocupación. Pero no puede convertirla, por sí solo, en un derecho. Y quizá ese sea el mayor temor de toda ocupación: que el pueblo que pretendía convertir en olvidado conserve aquello que ninguna potencia puede borrar o conquistar por la fuerza: su memoria, su identidad y su voluntad de ser libre y soberano.

Hafdala Chadad Brahim

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Septiembre 2, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 27 visitas 2437845

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