Se llamaba Albert Fish y actuó con total impunidad durante quince años hasta que una carta que le envió a la madre de una de sus víctimas le dio a la policía una pista para capturarlo. Nunca mostró arrepentimiento y antes de ser ejecutado en la silla eléctrica, el 16 de enero de 1936, hace nueve décadas, se jactó: “Esta será la experiencia suprema de mi vida”
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