El Ciudadano
El viernes 5 junio, a las 20 horas, se realizará el lanzamiento de la novela «Amor Fati» de Leo Madariaga, publicada bajo el sello de Ediciones Askasis. La cita es en la Junta de Vecinos N°19 de Ñuñoa, ubicada en calle José Pedro Alessandri 1036, y contará con la presencia del autor, acompañado por Cristián Oyarzo y Adrián Barahona.
A continuación, compartimos el prólogo de esta novela, que propone una arquitectura temporal en la que el siglo 19, la memoria de los conventillos, la bohemia vampírica y el trauma político de los años 90 conviven en una misma conciencia fracturada: ‘el Anfibio’, entidad dividida entre Tito Lastarria y Leo Lechuga.
Por Adrián Barahona
Paradójicamente, hay ciertos lugares que, aunque aparecen en los mapas, más bien, figuran de manera superficial. Una esquina cualquiera, irrelevante, podría actuar como punto de articulación entre distintos planos, como un rewe, pero, en este caso, no tallado en madera, sino moldeado en cemento. Esa esquina podría ser también como el brasero de un conventillo del siglo XIX, el de Febe Pinilla en El conventillo de la buganvilla, un punto en el que convergen los vivos, los muertos y quienes aún no saben en qué bando militan. Macul con Grecia es una de esas esquinas, el corazón de lo que alguna vez fue llamado el «cordón Macul» y Amor Fati, la novela de Leo Madariaga, se escribió —quizás sin saberlo, quizás sabiéndolo demasiado bien— desde su núcleo magnético.
Me atrevo a decir que la novela no se entiende del todo si no se sabe y comprende que existen lugares en Santiago donde el siglo XIX y el siglo XX convergen, al igual como Tito Lastarria y Leo Lechuga, las dos caras de la misma moneda, las dos vidas del mismo «Anfibio». En este lugar, como si se tratara de un ritual pagano, un vampiro encadenado en Rancagua puede ser invocado por un grupo de estudiantes que fuman cannabis bajo un roble centenario, mientras un fanzine noventero como Crápulas y la Lira Popular se establecen como eslabones de la misma cadena de producción oral en la que el ponche de culén y la cerveza Escudo cumplen funciones sacramentales idénticas.
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Macul con Grecia, al igual que la novela de Leo Madariaga, entrelaza su historia con un despliegue en tres actos que se estructura también en tres niveles.
El primer acto, el «antes del Golpe», se remonta a los años cincuenta, cuando el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile se traslada desde el centro de Santiago a Macul 774, casi en los extramuros de la ciudad. En aquellos años, el lugar era un gran ágora a cielo abierto, un conventillo intelectual sin paredes en el que la utopía no solo era un proyecto de construcción política colectiva, sino también un imaginario sin límites.
Poco a poco se fue consolidando lo que después, en los años ochenta, sería fragmentado por la dictadura: la UMCE, el IPS —que luego daría lugar a la UTEM— y algunas otras facultades de la Universidad de Chile que se irían instalando paulatinamente: Artes, Ciencias, Filosofía y Humanidades. Pero, mientras tanto, los estudiantes cruzaban de un edificio a otro, de un jardín a otro, como quien cruza de una habitación a otra en un conventillo decimonónico. Y en cada cruce se producía el nütram —el arte mapuche de la conversación que Viejo Crápula reivindicaba como pilar de la revista Crápulas. Se podía hablar de Marcuse junto a un brasero imaginario, cantar a Violeta Parra en los patios centrales o discutir el futuro del socialismo con la misma pasión con la que Sileno Gatica defendía el vino tinto frente al ponche de leche.
La botillería de la esquina —que más adelante sería bautizada como «El Tiempo en la Botella», título que parece haber sido inventado por un cronista borgeano, pero que es rigurosamente real— o la fuente «Los Cisnes» servían para darle aliento a la tarde devenida noche, como la chingana de la Buganvilia en la novela. Compartir la cerveza formaba parte de un ritual mayor en el que también se intercambiaban libros, consignas, direcciones de casas de seguridad y formas de buscar a compañeros que no habían llegado a clase. El vino era un sacramento de fraternidad, tal y como lo describe Viejo Crápula en su cuaderno cuando escribe que «los carretes de los viernes en el Pedagógico son un asunto sociológico, un paraíso de las perspectivas».
En este contexto, la imagen de Tito Lastarria —el vampiro de Rancagua, confundido por historiadores con el prestamista que decían cobraba los intereses en almas y sangre— representa algo que los estudiantes de los sesenta conocían bien: la memoria popular previa a la República oligárquica, esa solidaridad de los conventillos y las chinganas que la historiografía oficial había sepultado bajo capas de «siesta colonial» y «progreso». Cuando Zorobabel Magno golpea la mesa y grita: «¡Son unos truhanes! ¡Tunantes! ¡Ahí están los verdaderos ladrones, en el Congreso, la Casa de Gobierno, los tribunales!», pronuncia un discurso que cualquier estudiante del Pedagógico habría firmado sin modificar una coma.
Violeta Parra moriría en 1967, pero su espíritu seguiría rondando la esquina como el Anchimallén que guió a Rosalía Bravo durante el naufragio: una luz azul flotando sobre las turbulentas aguas de la historia que les decía a todos que se escondieran en el camarote porque venía la tormenta.
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El segundo acto comienza el 11 de septiembre de 1973, cuando las cruces del mausoleo de Tito Lastarria comenzaron a temblar. Cuenta la leyenda que el vampiro será liberado cuando las cuatro cruces que flanquean su tumba sean derribadas. Macul con Grecia se convirtió en zona de guerra permanente. Las tanquetas subieron por Grecia hacia el campus como el carretón de los muertos que Tito Lastarria veía pasar frente al Hospital San Juan de Dios: un vehículo cargado de cuerpos que saltaban con el movimiento del coche, conducido por un hombrecillo que ofrecía órganos como quien ofrece carne en un mercado. Un poco más allá, los cuerpos, aún vivos, no iban al anfiteatro anatómico, sino al Estadio Nacional transformado en campo de concentración, una más de las inversiones obscenas que conoció la topografía santiaguina.
La esquina se militarizó hasta hoy, con la constante presencia del guanaco y el bus de Fuerzas Especiales estacionados en algún pasaje a escasos metros de la entrada principal del campus. Por momentos, transitar esos barrios era sinónimo de ser sospechoso, significaba exponerse a controles de identidad que podían terminar en detención, tortura o desaparición. Los locales que sostenían la bohemia de la zona cerraron o reabrieron bajo una nueva administración. El vino sabía a miedo, a silencio, a palabras que no se podían pronunciar. El sacramento se había envenenado.
Como un proyecto ejecutado paso a paso, la Universidad de Chile fue descuartizada. El Pedagógico, amputado del cuerpo universitario, se convirtió en la UMCE, un acrónimo frío como cuartel. Las facultades se dispersaron. El Cordón Macul se rompió para fragmentar y aislar cada pedazo y dejarlo inofensivo.
En Amor Fati, este período se simboliza con la figura de Viejo Crápula, el «mechón eterno». Acario Cotapos —nombre verdadero de Viejo Crápula, que suena como si fuera el de un músico de 1900, como si la historia insistiera en repetirse— encarna al estudiante al que le robaron la biografía y que intenta dejarla trazada en la oscuridad en petroglifos para que alguien, algún día, la descifre.
Y, mientras tanto, en el mausoleo de Rancagua, el terremoto de 1985 derribó dos de las cuatro cruces. Los curiosos iban a verificar «por si acaso», como dice Viejo Crápula con ese humor negro que, de alguna manera, es la última trinchera de los derrotados.
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Los años noventa llegaron a Macul con Grecia, como llega Leo Lechuga al siglo XX, después de haber sido Tito Lastarria, con la sensación de haber regresado «a la vida de Sísifo, condenado a levantar siempre la misma piedra, a regresar una y otra vez a su vacío existencial». La amnesia disociativa de Tito/Leo adquiere aquí su dimensión más política. El «Anfibio» no puede recordar con claridad en qué siglo vive realmente y esa confusión no es solo onírica, sino el trauma colectivo de un país que perdió la noción del tiempo: ¿es la democracia o la dictadura?, ¿el siglo XIX con sus epidemias y conventillos o el siglo XX con sus desaparecidos y toques de queda? La respuesta, como sugiere la novela, es que son lo mismo: capas superpuestas de violencia y resistencia, como los niveles del cosmos mapuche que Lemunküyen describe a su hijo junto al fogón.
La democracia llegó, pero tutelada e incompleta. Es como el vino de caja que los estudiantes de los noventa compraban en «El tiempo en la botella» para llevarlo a las ruinas de «Pompeda»: cumple su función, pero carece de la nobleza del mosto que Sileno Gatica defiende con su tirso. Es una democracia en tetrabrick.
La esquina mantuvo algo de su vitalidad combatiente, pero fantasmal. Los estudiantes de la generación de Leo Lechuga —esa generación que Madariaga retrata con precisión— heredamos la melancolía de no haber vivido la utopía. Somos huérfanos de una revolución que no conocimos, hijos del trauma que, como Rosalía Bravo con Tito, prefirió callar durante años. «No te había querido revelar que Lisandro Lastarria no es tu padre», dice Lemunkuyen. En esa frase resuena el silencio de toda una generación que no supo —o no pudo— hablar.
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En este contexto, la cabalgata performance de Pedro Lemebel y Francisco Casas hacia la Facultad de Artes —ese gesto épico de 1988, justo antes del plebiscito, cuando desnudos, montados a caballo irrumpieron en el campus como una aparición— funciona como uno de los últimos grandes actos de magia de la esquina. Después de eso, poco a poco, la resistencia se fue fragmentando, individualizando y estetizando. Los colectivos intentaron articular nuevas formas de lucha, pero la hegemonía neoliberal ya había penetrado hasta el lenguaje.
La bibliomancia —ese juego que practican Leo Lechuga y sus amigos, abriendo libros al azar en busca de respuestas— podría entenderse como el oráculo de una generación que ya no cree en los grandes relatos, pero que tampoco soporta el silencio. Abren un libro de Nietzsche y encuentran la muerte; abren un libro de Enrique Lihn y encuentran la desesperación; abren el fanzine Crápulas y encuentran la mendicidad de los poetas. «Estar pasados a gladiolo», dicen, y la broma funeraria es también una confesión, pues huelen a muerto porque habitan un país que no ha terminado de enterrarlos.
Tito Lastarria, en los años noventa, ya no es el vampiro de la leyenda. Ahora es una animita de barrio, un santo popular al que los adolescentes le prenden velas para aprobar exámenes. Su mausoleo se ha convertido en lo que el Mercado Central se fue convirtiendo después de la dictadura. Un paquete de folclore, memoria domesticada, terror convertido en pintoresquismo. El posible cambio de ubicación de La Piojera, el emblemático bar de la zona, desde su emplazamiento histórico hasta Las Condes o Providencia queda reflejado en el humor popular: cambiará su nombre por «la pediculosis». Las cruces siguen cayendo y nadie quiere hacerse la pregunta «¿qué pasará cuando caiga la última?».
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Lo que Leo Madariaga ha construido en Amor Fati es, en el fondo, lo que la esquina de Macul con Grecia siempre ha sido: un espacio donde los tiempos se superponen y dialogan.
El conventillo de la buganvilla del siglo XIX es la casa roja de la calle Alberdi en los noventa. Sileno Gatica golpea el suelo con su tirso, como Viejo Crápula golpea la mesa con su puño. Rosa Aurora canta en la chingana, como Luna Barquero declama en las ruinas de «Pompeda». El ponche de culén de Diógenes Pinilla es la cerveza que Natalia Rodríguez compra tras trepar la reja del campus. Y el fuego —el Kütral que protegen las cuatro machis ancestrales, la energía de Pyrós que obsesiona a Diógenes, las llamas del brasero de Febe, la fogata de los viernes en el Pedagógico o la barricada que corta la calle— es siempre el mismo fuego: «ese que a veces se enciende y a veces se apaga, pero que nunca se extingue», como escribe Heráclito en el epígrafe que abre la segunda mitad de la novela.
En esta lectura, la esquina de Macul con Grecia funciona como el axis mundi de la tribu de los corazones púrpura. Es el punto donde se cruzan el eje vertical de la cosmovisión mapuche —el Wenu Mapu de la utopía previa al golpe, el Minche Mapu del terror dictatorial y el Nag Mapu de la transición, como territorio intermedio donde coexisten wekufes y esperanzas—; con el eje horizontal de la novela —el siglo XIX de Tito Lastarria y el siglo XX de Leo Lechuga—, unidos por el sueño, el fuego y la enfermedad, que mata lentamente como lo hace el olvido; y con el eje diagonal de la cultura popular —desde las zamacuecas de velorio hasta los tangos de Viejo Crápula, desde la Lira Popular de Rosa Araneda hasta las fotocopias del fanzine Crápulas, desde el guitarrón del Profeta de Puente Alto hasta la guitarra eléctrica de las tocatas punk en Pompeda—. Y, en cada uno de estos ejes, la esquina cumple la misma función que el mausoleo de Tito Lastarria: contener algo que pugna por salir.
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Amor Fati —«amor al destino»— no es una novela sobre la resignación. Es una novela sobre la aceptación radical de la existencia en todas sus facetas: la belleza y el horror, la chingana y el lazareto, el beso en el cerro Santa Lucía y la muerte de Angelita por viruela. Nietzsche, cuya cita abre la primera parte del libro, proponía un experimento mental: «¿Qué harías si supieras que esta vida, exactamente como la has vivido, tendrás que vivirla una vez más, incontables veces?». La respuesta de Leo Madariaga es la propia novela: vivirla escribiéndola, cantándola y compartiéndola alrededor de un fogón.
Cuando caiga la última cruz del mausoleo de Tito Lastarria, dice la leyenda, el vampiro despertará y vendrá a cobrar las almas prometidas, pero quizá —y esta es la apuesta secreta de la novela— Lastarria ya despertó y volvió a fracasar en su intento de que la vida le ganara espacio a la muerte. Aunque el vampiro de Rancagua no cobre almas, sino que las despierte; y aunque la esquina de Macul con Grecia no sea un cruce de calles, sino el lugar donde, si se presta suficiente atención, se puede escuchar el golpe del tirso de Sileno contra el suelo, el rasgueo de la vihuela de Rosa Aurora, el chasquido de Diógenes azuzando a Ahrimán y Ahura Mazda, la voz de Viejo Crápula cantando un tango con los labios morados de vino y el murmullo de Natalia Rodríguez susurrando al oído: «¡Apoyémoslo, es dinero del imperialismo!».
Tal como el fuego nunca se apaga, la esquina nunca cierra su portal y el «Anfibio» —esa salamandra violeta que habita dos siglos, dos vidas, dos orillas de la existencia— seguirá cruzando de un lado a otro, esperando que alguien más se atreva a cruzar con él.
Valparaíso, marzo de 2026

La entrada Macul con Grecia: El axis mundi de los corazones púrpura se publicó primero en El Ciudadano.
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