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Malas noticias

Las malas noticias por si solas no destruyen la confianza. Lo que la destruye es la incapacidad de enfrentarlas con verdad y un rumbo claro de gestión.

Una mala noticia es un quiebre profundo entre lo que esperabas que ocurriera y la cruda realidad que te toca afrontar. En el Chile de julio de 2026, la acumulación de ellas ha dejado de ser una anomalía para transformarse en el entorno permanente en el que habitamos y donde deben operar los liderazgos políticos.

Miremos el escenario socioeconómico actual. No cabe duda de que la percepción ciudadana está plenamente alineada con los datos duros. Un 57% de las personas señala estar peor que en el período anterior, según la encuesta Criteria, configurando una profunda crisis de expectativas. Los indicadores al término del primer semestre no admiten dobles lecturas: con el Imacec de mayo anotando una caída anual de 0,9%, el país arrastra ya cinco meses consecutivos de contracción económica, con un riesgo inminente de recesión técnica. Las malas noticias llegaron a la mesa de la ciudadanía.

A esto se suma un mercado laboral visiblemente deteriorado, con un desempleo que escaló al 9,4% —acompañado de altas tasas de informalidad— y un encarecimiento del costo de la vida, impulsado por el persistente impacto del “bencinazo” de marzo y el alza de las tarifas energéticas. Cuando una amplia mayoría de los hogares declara un severo estrés financiero producto de sus deudas, el presupuesto familiar se convierte en un campo de batalla diario, donde la ciudadanía castiga con fuerza la desconexión de sus élites. El balance cuantitativo de prensa provisto por la inteligencia artificial (IA) es categórico: de las más de 5.000 informaciones económicas publicadas desde el inicio del gobierno hasta ahora, se puede ver que 300 notas económicas tienen un enfoque predominantemente negativo.

En paralelo, la agenda de seguridad pública tensiona con fuerza el panorama. La revisión de la prensa escrita expone una estimación de aproximadamente 4.200 noticias asociadas a hechos de extrema violencia desde el 11 de marzo que provocaron gran impacto y conmoción pública, especialmente encerronas fatales en la Región Metropolitana, homicidios, crimen organizado y un secuestro de alta connotación. Con todo, en este ámbito se observa a un nuevo ministro de Seguridad que, mediante una gestión sin estridencias, intenta cambiar la conversación pública y recuperar el control de la agenda. Una esperanza.

Lamentablemente, el terreno político cierra el triángulo del desgaste para el gobierno. Con un volumen en torno a las 3.000 notas de relevancia política publicadas en el mismo período, el análisis de la IA muestra constantes episodios adversos: un traspaso de mando tensionado por el cable submarino con China, auditorías con irregularidades en la administración anterior, dictámenes incómodos de la Contraloría sobre exautoridades de seguridad y derrotas legislativas en el Congreso.

Es decir, tres ámbitos de malas noticias desde la instalación del gobierno hasta la fecha que han ido horadando el relato de que todo iba a estar mejor. Un escenario que alimenta la desesperanza y el pesimismo ciudadano, recogidos en la pasada medición hecha por el CEP.

En comunicación política, una mala noticia no es solo un evento desafortunado; si no se gestiona correctamente, termina siendo un ataque directo a la credibilidad y al relato. Cuando la acción gubernamental acumula traspiés semanales —desde la insólita suspensión de un concierto que activó protestas de fanáticos del K-pop hasta el autogol político de la acusación constitucional contra el exministro Grau, mientras la reforma sigue entrampada—, la capacidad del Ejecutivo para controlar la narrativa pública simplemente se va disolviendo.

Gobernar exige comunicar, es decir, saber mantener vigentes los relatos frente a realidades complejas. Los gobiernos que enfrentan con éxito las crisis no son los que esconden las malas noticias, son los que asumen responsabilidades, realizan una gestión efectiva y construyen acuerdos.

Ante la acumulación de malas noticias, y la consiguiente caída de popularidad en las encuestas, el gobierno requiere trabajar para recuperar la confianza. La confianza no se reconstruye negando la realidad, sino trabajando para modelarla. Para ello no basta el relato. Se recupera cuando el rumbo anunciado se parece, semana a semana, a la realidad que vive la gente.

Por Claudia Miralles Abarca, gerenta de Imaginaccion Comunicación Estratégica

Julio 7, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 10 visitas 2268218

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