El 7 de marzo de 1799, a los 62 años, cuando el Río de la Plata era un confín lejano del Imperio español y la fe se vivía más como resistencia cotidiana que como estructura consolidada, murió María Antonia de San José, la mujer a la que el pueblo llamaría para siempre "la Mama Antula". Su partida no clausuró una vida ejemplar: inauguró una historia que tardaría más de dos siglos en desplegarse y alcanzaría su punto cúlmine cuando el papa Francisco la canonizó, cerrando un círculo que parecía escrito de antemano
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