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Más Paulinas menos Daniella

Hay parlamentarios que entienden que su posición es un honor dentro de una democracia, algo que se debe agradecer a la ciudadanía trabajando con dignidad, honrando la importancia de su labor en la institucionalidad democrática. Saben que están siendo observados, para bien y para mal, y que su conducta es un ejemplo para los chilenos. Comprenden que, aunque representan a un cierto sector y partido y tienen convicciones personales, su trabajo es para todos los chilenos, no solo para los que piensan como ellos.

Entienden que en Chile tenemos una democracia de verdad (no una de esas con apellido, con parlamentos de un solo partido), donde a veces se es mayoría y otras, minoría, y que se debe trabajar por lo mejor que se pueda para Chile, no por lo que más le guste a cada uno. Para estos parlamentarios, construir acuerdos amplios no es motivo de vergüenza, sino de orgullo por un trabajo bien hecho, por ser ejemplo de solidez democrática.

Para otros, lamentablemente, la visión de su rol es otra. Entienden que deben vociferar sin dignidad ni límite lo que sea que piensan o se les ocurra. No tienen respeto por la tradición institucional del Congreso, creen que la democracia y la política comienzan con ellos, que son los primeros a quienes se les ocurre que la grosería y el matonaje son herramientas políticas válidas para avanzar en política. Ignorantes de la historia, ebrios de soberbia e infantilismo, se abalanzan sin respeto alguno a declamar la pureza de sus convicciones frente a cuanto micrófono o cámara se aparezca adelante. Con la vulgaridad propia de otros lugares, y sin afecto ni lealtad mínima con nadie salvo su vanidad, son capaces de lo que sea para buscar destacar. Si eso sirve poco o nada a los chilenos, si su partido se degrada, si el Congreso se convierte en un circo, así sea; todo vale para unos likes.

En estos últimos días, dos Paulinas han hecho el sacrificio heroico de liderar intentos de acuerdos amplios. Desde veredas políticas opuestas se han acercado a buscar lo mejor, reconociendo que no se puede ganar en todo, sabiendo que el resultado público de un acuerdo se debe construir conversando, tejiendo, decía un amigo muy querido, con la discreción que enseña la experiencia, con la claridad que da la inteligencia y la modestia.

Por otro lado, una Daniella ha sido el ejemplo de lo contrario, del parlamentario que, sin cuidado ni respeto, viene a inventar el mundo con su genuina vulgaridad y desfachatez. Dando un ejemplo penoso de comportamiento, de lenguaje, de deslealtad e imprudencia, ha ayudado a desarmar una oposición, la que, en lugar de ser constructiva, queda como egoísta, inútil.

Nuestro país necesita crecer; tenemos desafíos enormes en educación, en seguridad, en protección de la niñez, en cuidado de adultos mayores, en oportunidades para los jóvenes. Nada de esto se mejora con insultos, con soberbia inmadura, con piruetas circenses.

Es hora de que los chilenos exijamos y elijamos más Paulinas y menos Daniellas.

*El autor de la columna es abogado

Julio 10, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 17 visitas 2277290

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