La tarde del 11 de septiembre de 1985, flanqueado por su adjunto, Luis Moreno Ocampo, el fiscal comenzó la lectura de uno de los discursos más potentes de la historia del país. La colaboración de un dramaturgo en la escritura del texto, las dudas sobre la presencia de los acusados y la fórmula final que se convirtió en una consigna universal
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