Las palabras. El tono de la conversación. Las formas. La imagen de un Presidente que pocas veces hemos visto exaltado. Un Presidente que proyecta estar operado de los nervios. Más bien alguien impenetrable, con cierto desgano emocional. En su primer cambio de gabinete, que afectó a dos mujeres ministras que fueron atacadas con furia no solo en lo político sino también en sus vidas privadas, cosa que a los hombres no les hacen, las palabras presidenciales fueron muy amables, destacó lo buenas que eran, al punto de preguntarnos porqué entonces se iban y no seguían en el gabinete.
El Presidente y su equipo de comunicaciones (que sigue intacto tras la salida de la ministra Sedini) aspiran a crear atmósferas, frasear promesas y asentar una realidad desde el lenguaje. Para eso sus frases son simples, de fácil comprensión y muchas veces altisonante para que hieran. En un discurso escrito eso es fácil de construir. El problema es cuando no se condice con la realidad. La porfiada realidad muestra que esas palabras no siempre la describen.
El Presidente así lo reconoció hace unos días. Había exagerado con las promesas para ganar la atención y los debates sobre la inmigración. Con su equipo acordó decir que expulsaría a más de 300 mil inmigrantes irregulares cuando lo eligieran Presidente. Luego comenzó a descontar los días que faltaban para llegar al poder y los invitó a irse antes de expulsarlos. Apostaban a que saldrían muchos por sus propios medios. Hace unos días el Presidente reconoció, incluso entre sonrisas, que era una exageración aquello que dijo. Primero lo llamó metáfora (pero eso no es) y luego habló de un hipérbaton que significa “aumentar exageradamente aquello de que se trata”. En buen chileno, reconoció la letra chica que tiene su promesa de expulsión. Era una exageración. Lo anterior abre muchas preguntas y seguro que varias quejas de su equipo estratégico por tanta honestidad presidencial: ¿exageró sabiendo que exageraba? ¿O lo dijo tras llegar al gobierno y comprender las dificultades de gobernar? ¿Fue la manera que idearon para convencer y ahora verán cómo lo hacen? ¿En qué otras materias usó el recurso de la exageración? ¿Tal vez en seguridad, o en vivienda, o en infancia?
El primer cambio de gabinete es el fracaso del diseño para esta etapa de gobierno. Los primeros 100 días (idea que nació con Roosevelt por sus “Hundred Days”) están en deuda: no se aprovechó la ventana de oportunidad para seguridad, ni fortalecer salud, ni apoyas a la clase media que está pagando más por todo. Se terminó la luna de miel presidencial y aumenta la desaprobación y la desconfianza. No tenían estrategia de seguridad y la única estrategia que existe se hizo en el gobierno del Presidente Boric pero no la quieren considerar. Equivocaron el tono de la vocería de estos 69 días: dura, inexacta y confrontacional. Tanto así, que el nuevo vocero buscó ser amable, disponible y pedagógico. No se puede alterar la realidad a punta de frases ni solo prometer con palabras. La letra chica de promesas imposibles pasa la cuenta rápido en la credibilidad de quien gobierna.
Por Paula Walker, profesora Magíster de Políticas Públicas, Universidad de Chile
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