Hablar de teléfonos móviles en 1996 era algo casi de ciencia ficción, reservado a unos pocos ejecutivos y pare usted de contar. Fue precisamente este año cuando se lanzó uno de los teléfonos con más historia y solera de nuestra hemeroteca, el Motorola StarTac. Y también cuando una marca de refrescos aprovechó ese creciente interés por comunicarnos para lanzar uno de los dispositivos más curiosos (y menos útiles) que he tenido nunca: el famoso ‘beeper’.
Las comunicaciones de los 90s. No podemos pedirle peras al olmo: en los 90s nuestro Contactos de Google eran las páginas blancas y las páginas amarillas. Así que suena bastante lógico que un dispositivo como un ‘beeper’ nos llegase a resultar atractivo.
En su origen, en la década de los años 50, el buscapersonas se enfocó al sector médico, como una forma de localizar al personal sanitario en caso de emergencia. Pronto cayeron en declive tras la llegada de otras formas de comunicación más eficientes, como el teléfono fijo, pero tuvieron un pequeño repunte en los 90s, gracias a una publicidad increíblemente bien dirigida.
El regalo de Coca-Cola. En medio de este escenario, a Coca-Cola se le ocurrió en 1996 una brillante idea de marketing: ofrecer su propio busca a cambio de unos cuantos tapones de sus refrescos y 1.500 pesetas de la época. Como dato, he preguntado a Gemini a cuanto equivaldría hoy en día, tomando en cuenta la inflación y el cambio a euros, y el cálculo es de unos 20 euros.
Este ‘beeper’, que contaba con la red de Moviline y el servicio de Mensatel y venía con una funda también customizada para la marca, tenía tres botones, un pitido para avisar de la llegada de los mensajes, función de reloj y alarma. No era posible enviar mensajes desde el propio busca: para hacerlo había que llamar a una centralita, que se encargaba de convertirlo a texto y transmitir al destinatario la información, previo pago de 100 pesetas.
Una niña y un ‘beeper’. Lo que más curioso me resulta de recordar esta historia es el hecho de que ese regalo de Coca-Cola llegara a mis manos y me emocionara tanto cuando tenía apenas siete u ocho años. Supongo que aquello fue uno de los primeros estímulos de la semillita ‘techie’ que llevaba en mi interior.
Aquel ‘beeper’ se convirtió casi en una acto de rebeldía para los afortunados niños que pudimos tener uno en aquella época. Fue uno de los primeros signos de nuestra autonomía, uno de los primeros cacharritos que nos abría nuestra propia ventana al mundo, sin que tuviera que pasar por la supervisión de nuestros padres. También recuerdo la sensación de sentir que tenía entre las manos algo casi “mágico”: en aquellos tiempos no lograba entender cómo podía llegar un mensaje a mis manos. Tardé muchos más años en comprender cómo se hacía.
Una conectividad sin peligros. Lo de tener un dispositivo de comunicación sin supervisión de los adultos es algo que ha envejecido francamente mal. El ‘beeper’ era una tecnología absolutamente inocente para las manos de un niño o un adolescente. Tan solo permitía recibir mensajes cortos que, además, tenían que pasar por el filtro de una operadora a la que había que dictárselos. Esto, en cierto modo, hacía que se perdiera ese anonimato que hoy hace tantos estragos.
En mi ‘beeper’ solo recibí dos tipos de mensajes: de mis propios padres, por darme un poco de vidilla, y publicidad. Todavía recuerdo la emoción de las pocas veces que sonó el cacharro, sin embargo, el ‘beeper’ estuvo conmigo todo el verano. Sentía que tenía delante algo importante y, de algún modo, lo fue: aquellos cacharros se convirtieron en una suerte de antesala de todo lo que vendría después en el mundo de la comunicación personal.
Imagen de portada | Generada con Gemini
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La noticia
Mi primer "móvil" me lo regaló Coca-Cola y ni siquiera servía para llamar
fue publicada originalmente en
Xataka Móvil
por
Noelia Hontoria
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