El Ciudadano
Por Leopoldo Lavín Mujica
La madrugada del miércoles 8 de julio de 2026 quedará registrada como una de las jornadas más bochornosas de la tramitación legislativa en los últimos años. Ya no por el contenido del paquete neoliberal del gobierno de José Antonio Kast, sino por el espectáculo de improvisación, deslealtades y falta de rigurosidad que los actores políticos —tanto del oficialismo como de la oposición— ofrecen a la ciudadanía.
Lo que debía ser una discusión de altura sobre los retos económicos y ambientales del país en tiempos convulsos se convirtió en una farsa. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, y un grupo de parlamentarios demostraron que la política chilena ha tocado fondo.
El episodio más grotesco ocurrió en la Comisión de Medio Ambiente del Senado, cuando el Ejecutivo ingresó indicaciones de última hora —incluso modificaciones sobre la marcha— para una norma relacionada con la devolución de gastos en casos de revocación de Resoluciones de Calificación Ambiental (RCA).
Los senadores Alfonso De Urresti (PS) y Andrés Celis (PPD) no dudaron en calificar la situación como una «improvisación tremenda» y una muestra de la «incapacidad de lograr acuerdos» por parte del ministro Quiroz.
Que el propio gobierno cambie el texto de una indicación «por quinta vez» a las 23:30 horas, tal como denunció De Urresti, no es solo una falta de respeto al reglamento del Senado, sino una confesión de que el equipo económico no tiene claro lo que está impulsando.
Lo más grave es el fondo del asunto. La norma en cuestión, que busca restituir o indemnizar a empresas cuando sus RCA son revocadas incluso por tribunales ambientales, ha sido calificada como «contraproducente» por especialistas y gremios empresariales como la Sofofa y la CPC, que advierten que generará más burocracia y distorsionará el derecho público.
El senador Celis fue lapidario: el gobierno ha usado términos como «restituir», «indemnizar» y finalmente «adecuar» para maquillar una norma que, en el fondo, crea un «seguro privado con fondos públicos». Si ni siquiera los empresarios la apoyan, ¿qué interés está defendiendo realmente el ministro Quiroz?
El Frente Amplio, que alguna vez intentó ser un actor dialogante, ha endurecido su discurso hasta el punto de la ruptura. La senadora Beatriz Sánchez lo resumió con crudeza: «El ministro Quiroz se sienta con la pistola arriba de la mesa a negociar la megarreforma».
Su par Diego Ibáñez, quien presenció la sesión de la comisión, no se quedó atrás y tildó al gobierno de «descarados e irresponsables» por cambiar la redacción de la norma en 4 ocasiones.
Más allá de la retórica, lo que revela esta postura es un diagnóstico compartido: el gobierno no ha acogido ninguna de las propuestas de la oposición, ni siquiera aquellas que provenían de alcaldes oficialistas. La «mesa técnica» y la «mesa política» fueron solo escenarios para simular un diálogo que nunca existió. El Frente Amplio, al igual que el Partido Comunista, ha optado por el rechazo frontal, y no parece haber margen para el entendimiento.
La presidenta del FA, Constanza Martínez, fue clara: «Hemos sido una oposición dialogante, el problema es que hemos recibido un portazo de vuelta». Imposible ocultar que han sido tan dialogantes que ni siquiera esbozan un programa alternativo que defender para generar un debate de fondo.
Si la improvisación del gobierno es condenable, la fragmentación de la oposición —y en particular del Partido Socialista— es un espectáculo igualmente deprimente. La unidad del PS, que ya era frágil, ha estallado por las costuras.
Por un lado, la presidenta del partido, Paulina Vodanovic, y el jefe de comité, Juan Luis Castro, sostuvieron conversaciones con el oficialismo para explorar modificaciones a la invariabilidad tributaria, un tema sensible que define el alma del proyecto pro empresarial.
Por otro lado, la bancada de diputados y un grupo de senadores —encabezados por Daniella Cicardini, Gastón Saavedra y Danisa Astudillo— denunciaron que fueron mantenidos en la oscuridad y que esas negociaciones violaban el mandato del Comité Central, que había definido un «rechazo contundente» a la reforma.
La senadora Astudillo fue particularmente dura al señalar que «la ciudadanía no nos eligió para cuidar negociaciones, nos eligió para cuidar sus intereses». El diputado Nelson Venegas fue más allá al advertir que un proyecto que baja impuestos a los más ricos y desfinancia al Estado por 25 años «atenta contra el hecho de ser socialista».
Estas declaraciones no son meras diferencias tácticas; son un cuestionamiento a la esencia misma de lo que significa ser socialista en el Chile de 2026. El momento más patético de esta fractura ocurrió cuando el senador oficialista Javier Macaya (UDI) confirmó en una entrevista que las conversaciones con Vodanovic y Castro incluían la posibilidad de excluir la invariabilidad tributaria del Tribunal Constitucional, algo que la propia Vodanovic había negado horas antes.
La presidenta del PS intentó justificarse diciendo que eran «conversaciones hipotéticas», pero su par Cicardini le cerró el paso con una frase que debería quedar para la historia: «Las negociaciones hipotéticas no existen».
Lo ocurrido en estas jornadas no es solo un conflicto legislativo; es un síntoma de una casta política que ha perdido la brújula.
El gobierno de Kast, en lugar de buscar consensos, impone indicaciones de madrugada y cambia textos como quien cambia de camisa, demostrando que el diálogo es un mero formalismo.
La oposición, por su parte, se desgarra en disputas internas que revelan no solo diferencias estratégicas, sino una profunda crisis de identidad.
Mientras tanto, los temas de fondo —la invariabilidad tributaria que beneficia a la oligarquía empresarial, el impacto ambiental, el rol del Estado— quedan relegados a un segundo plano, opacados por el ruido de las deslealtades y las improvisaciones.
La ciudadanía merece algo mejor que este show de horrores. Merece un gobierno que gobierne con responsabilidad y una oposición que se oponga con coherencia, no con puñaladas por la espalda. Si esta es la calidad del debate público, no extraña que la confianza en la política siga cayendo en picada.
El espectáculo de la descomposición política continúa, y los ciudadanos son espectadores de un drama que, lamentablemente, no tiene final feliz a la vista.
Leopoldo Lavín Mujica
La entrada ¿Negociaciones o espectáculo de la descomposición política? se publicó primero en El Ciudadano.
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