Tan pronto asumió su mandato, el Presidente Trump se presentó al mundo con un enorme cartón donde exhibía los aranceles que impondría a cada país, excepto aquellos que negociaran ventajosamente con su gobierno. Un guantazo monumental desde China hasta Malawi. La razón con que justificó las alzas fue una sola: les debían plata a Norteamérica. En el caso de los países europeos, argumentó que EE.UU. se hizo cargo por años del mayor gasto en defensa siendo que es una obligación de los miembros de la OTAN, y deben devolvérsela.
A Ucrania le ofreció apoyo en la guerra con Rusia junto con explotar sus tierras raras. Derrocó a Maduro obteniendo de inmediato que empresas norteamericanas administraran su petróleo. Intensifica la asfixia económica de Cuba para reinstalar los negocios que perdió USA luego del advenimiento del castrismo. Por lo tanto, no hay que perderse ni un momento sobre lo que importan sus acciones de guerra. No está en su ideario ni en sus propósitos el restablecimiento de la democracia, las elecciones libres ni ningún otro objetivo distinto al de hacer negocios. Evidencia de ello es el caso de Venezuela, donde el mismo grupo chavista que ha gobernado dictatorial y cruelmente a su pueblo sigue en el poder mientras accedan a sus petitorios. Únicamente exige que existan menos persecuciones, indultos a presos políticos y otras garantías de mínima humanidad. Pero hacer respetar el veredicto mayoritario pronunciado en las elecciones presidenciales de julio de 2024 e instalar a Edmundo González como legítimo Presidente, no es tema. Al contrario, ha frenado la llegada de Corina Machado a su país y en su colección personal se aloja el premio Nobel de la Paz que ella le regaló. Los 8 millones de venezolanos que escaparon siguen donde quiera que hayan ido a dar. Lo mismo está anunciado para Cuba. Probablemente haga caer a Miguel Díaz-Canel y se instale el nieto de Fidel Castro u otro de la cúpula, conservando el mismo régimen con alguna atenuación de su dureza. Pero los cubanos quedarán donde y como están.
Por otro lado, Estados Unidos e Israel le han declarado la guerra a Irán. Cierto que, en este caso, la causa es más de seguridad que de negocios, pero el método es el mismo. La guerra no tiene como propósito acabar con una feroz y cruel dictadura fundamentalista islámica, que solo en las protestas de enero pasado dejó entre 10 y 20 mil muertos asesinados por la Policía de la Moral, ni se va a cambiar los códigos religiosos que permiten la brutalidad contra las mujeres. En la “guerra de los 12 días” Estados Unidos atacó a Irán para destruir su potencial nuclear pero no intentó derrocar al Ayatola, sino negociar con él. Ahora hay guerra y lo mató porque no cumplió su parte. En palabras del analista internacional Mookie Tenembaum, el resultado esperado es “Que el régimen iraní se quede, pero sin hacer daño”, es decir, que no pongan en riesgo la seguridad, algo parecido a lo que pasó en Venezuela” y probablemente pasará en Cuba. Este parece ser el nuevo orden (o desorden) mundial que se ha instalado. Es posible derrocar dictaduras, lograr seguridad y hacer negocios a cambio de inmunidad, pasando y pasando.
Por Álvaro Ortúzar, abogado
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