El mundo entero contiene la respiración mirando al mismo punto del mapa: el Estrecho de Ormuz. Con los mercados temblando ante la posibilidad de que el barril de petróleo rompa la barrera de los 100 dólares y las exportaciones de gas natural licuado (GNL) se paralicen, la narrativa global ha convertido este conflicto en una crisis puramente energética. Pero la realidad es mucho más primaria y aterradora.
Como advierte el analista Javier Blas en un contundente reportaje para Bloomberg, la verdadera amenaza en la escalada militar entre la coalición liderada por Estados Unidos e Israel frente a Irán no reside en los pozos petrolíferos, sino en la sed. El petróleo, apunta Blas, es esencial para la economía global, pero el agua es, sencillamente, irremplazable. Si la guerra total estalla, el arma definitiva no será energética, sino de supervivencia biológica.
Esta vulnerabilidad no es un secreto. Como revela el propio analista, la CIA estadounidense lleva décadas advirtiendo a sus responsables políticos sobre este asunto. En una evaluación secreta de principios de los años 80 —ahora desclasificada—, la agencia de inteligencia dejó claro que el verdadero "producto estratégico" (strategic commodity) de Oriente Medio no es el oro negro, sino el agua potable.
Incapaz de enfrentarse en un choque frontal y simétrico contra la maquinaria de guerra combinada de Estados Unidos e Israel, Irán ha adoptado una estrategia de supervivencia basada en atacar lo que en el argot militar se conoce como "objetivos blandos". Y ya han empezado. Según detalla otro reportaje de Bloomberg, Irán atacó recientemente una central eléctrica en Fujairah, en los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que es la encargada de mantener en funcionamiento una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo. En la vecina Kuwait, los restos de un dron interceptado provocaron un incendio en otra de sus instalaciones hídricas en Doha West.
La ofensiva no se detiene ahí. Como hemos explicado en Xataka, la refinería saudí de Ras Tanura sufrió el impacto de drones iraníes dos veces en una sola semana. Lo verdaderamente alarmante es que esta refinería está a tan solo 80 kilómetros de Ras Al Khair, el complejo de desalinización híbrida más grande del planeta. El riesgo es físico y matemático: ataques al puerto de Jebel Ali en Dubái cayeron a apenas 20 kilómetros de un complejo crítico con 43 unidades de desalinización, según detalla Michael Christopher Low en The Conversation.
El nivel de agresividad está desbordando la región. Los EAU han enfrentado ya más de 800 ataques con misiles y drones (superando en volumen a los recibidos por Israel). Aunque la mayoría son interceptados, los impactos han provocado incendios en el Burj Al Arab y han dañado centros de datos de Amazon Web Services (AWS) en EAU y Bahréin. Este último punto es crítico: como advierten los expertos en Chosun Daily, estos centros de datos gestionan digitalmente la red de distribución de energía y agua; un apagón digital equivale a un corte de suministro físico.
Las monarquías de la región son "reinos de agua salada", como las define The Conversation. Ocho de las diez mayores plantas desalinizadoras del mundo están en la Península Arábiga, concentrando el 60% de la capacidad mundial. La dependencia poblacional de esta tecnología, según datos de WGI World, es absoluta:
Si Irán decide apuntar a estas plantas, el colapso humano sería fulminante. Un gran reportaje de House of Saud, basándose en un cable diplomático estadounidense de 2008 filtrado por WikiLeaks, revela un escenario aterrador sobre Riad. La capital saudí, con más de 8 millones de habitantes, recibe más del 90% de su agua potable de la planta de Jubail a través de un único oleoducto de 500 kilómetros. El informe es tajante: si la planta o su tubería fueran destruidas, "Riad tendría que ser evacuada en una semana".
Ni siquiera hay margen para improvisar. Como advierte un análisis en Iran International, Qatar admitió que, en un escenario de contaminación masiva de las aguas, el país estimaba quedarse sin agua potable en apenas tres días, lo que les obligó a construir 15 embalses gigantes de emergencia. Sin embargo, como puntualiza el investigador Bailey Schwab en WGI World, el agua no se puede racionar políticamente por mucho tiempo en ciudades que dependen del Estado para sobrevivir a temperaturas extremas.
La vulnerabilidad del sistema es asimétrica y profundamente técnica. Como explica el análisis de House of Saud, las desalinizadoras consumen cantidades mastodónticas de electricidad (representan casi el 6% del consumo total en Arabia Saudí) y están co-ubicadas con megacentrales eléctricas. Si un misil derriba la central eléctrica, el suministro de agua muere instantáneamente con ella.
Además, existe una brecha insostenible en los tiempos de recuperación. Mientras que una refinería de petróleo puede restaurar parte de su producción en un par de semanas (como ocurrió tras el ataque a Abqaiq en 2019), como advierte Bailey Schwab los componentes de una planta de ósmosis inversa son piezas de altísima precisión que, de ser destruidas, tardarían meses en reponerse.
Y defender esto es económicamente insostenible. Irán está utilizando drones Shahed-136, que cuestan entre 15.000 y 50.000 dólares la unidad. Enfrente, la monumental planta de Ras Al Khair costó 7.200 millones de dólares y se asienta a unos escasos 250 kilómetros de la costa iraní. Es un vuelo trivial para unos drones que tienen un rango de 2.500 kilómetros.
Por si fuera poco, esta vulnerabilidad arrastra consigo a la seguridad alimentaria. Hay un dato pasa desapercibido en la prensa económica: el 70% de las importaciones de alimentos del CCG transita por el Estrecho de Ormuz. Arabia Saudí importa casi el 80% de sus alimentos (trigo, maíz y cebada) por mar. Con las aseguradoras marítimas cancelando las pólizas de riesgo de guerra para los buques mercantes, los países del Golfo no solo se enfrentan a morir de sed, sino también al aislamiento alimentario.
Si la situación en el Golfo es crítica, la del país agresor es igualmente desesperada, aunque por motivos diferentes. Un análisis de Fred Pearce en Yale Environment 360 (Yale E360) detalla que Irán se enfrenta a su propia "bancarrota hídrica". La crisis ha llegado a tal punto que el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, advirtió el pasado noviembre que el país "no tiene otra opción" que trasladar su capital desde Teherán hacia las costas del sur. Este faraónico proyecto podría costar 100.000 millones de dólares.
¿Cómo llegó Irán a este punto? Según Geopolitical Monitor, es el resultado de 50 años de pésima ingeniería hídrica. Desde la época del Sha, y acentuado tras la Revolución de 1979 por la obsesión de lograr la autosuficiencia agrícola ante las sanciones, Irán se lanzó a construir presas de forma masiva (58 desde 1962).
Peor aún fue la destrucción sistemática de su patrimonio ancestral: los qanats. El investigador de Yale señala cómo este sistema milenario de canales subterráneos (del que Irán llegó a tener unos 400.000 kilómetros) era sostenible por naturaleza. Sin embargo, la proliferación de más de un millón de pozos con bombas mecánicas en las últimas décadas ha secado las reservas. De hecho, un estudio internacional publicado en Nature muestra que 32 de los 50 acuíferos más sobreexplotados del mundo están en Irán. El símbolo visual de este colapso es el Lago Urmia, lo que una vez fue el mayor lago de Oriente Medio es hoy un desierto de sal casi absoluto, visible desde los satélites de la NASA.
El coste social ya es visible. The Conversation relata cómo esta falta de agua, sumada a una contaminación del aire que causa 59.000 muertes prematuras anuales, ha alimentado fuertes protestas bajo el grito de "¡Estamos sedientos!". Además, el terreno, seco y carente de aguas subterráneas, se está hundiendo a un ritmo de hasta 30 centímetros anuales en áreas críticas como Isfahán. Como subraya The Guardian, la sequía iraní está agravada por los talibanes en Afganistán, quienes, tras inaugurar la presa de Pashdan, controlan ahora el 80% del agua que debería llegar al este de Irán.
En definitiva, como resume el crudo análisis de Liam Denning en Bloomberg, los estrategas militares temen susurrar en los despachos: "Las naciones árabes que rodean el Golfo Pérsico pueden soportar choques de precios y una interrupción temporal de la energía más fácilmente de lo que pueden soportar un colapso importante en el suministro de agua potable".
Es fácil pensar que atacar instalaciones civiles vitales para la vida humana es un tabú infranqueable, pero el columnista Javier Blas lanza en Bloomberg un escalofriante recordatorio histórico. En 1991, durante la Guerra del Golfo, las tropas de Sadam Husein abrieron deliberadamente los grifos de los oleoductos kuwaitíes para verter crudo al mar con un doble propósito: frenar a las tropas estadounidenses y contaminar las plantas desalinizadoras saudíes cercanas.
Hoy, con la República Islámica sintiéndose acorralada, luchando por la supervivencia de su régimen y asfixiada por su propia crisis hídrica interna, el riesgo de que utilicen la misma táctica que su antiguo archienemigo es palpable. Ya sea de forma deliberada o por el error de cálculo de un dron a la deriva, la conclusión es ineludible. El petróleo hace girar la economía, pero el agua es insustituible. Si este conflicto escala, el campo de batalla real no medirá sus pérdidas en barriles, sino en gotas.
Imagen | Ryan Lackey y
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La noticia
Ni el petróleo ni el gas: si estalla una guerra total entre EEUU e Irán, el arma definitiva serán las plantas desalinizadoras
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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