Hoy en día llevamos la monitorización de nuestras constantes vitales, como la frecuencia cardiaca, en la propia muñeca gracias a los smartwatch y pulseras de actividad que nos chivan de manera constante a cuántas pulsaciones por minuto late nuestro corazón en reposo. Esta información es vital, puesto que de manera tradicional se tiene la concepción de que tener una cifra excesivamente alta es un indicativo de que algo malo está ocurriendo en el corazón.
El punto medio es lo mejor. En medicina, tanto por exceso como por escasez, nos podemos encontrar un escenario que es patológico, y es por ello que, aunque relacionamos la frecuencia cardiaca alta como algo muy negativo, hay que tener en cuenta que tenerlas excesivamente bajas no siempre es positivo.
Esta es la principal conclusión de una investigación pionera presentada en la European Stroke Organisation Conference, y aunque todavía tiene que pasar por revisión, sus cimientos son extraordinariamente sólidos al basarse en el análisis de 460.000 participantes durante 14 años.
Cruzando datos. De todas estas personas analizadas, los investigadores se interesaron sobre todo por sus historiales médicos y las enfermedades que presentaban, destacando el registro de un total de 12.290 casos de ictus durante la década y media de seguimiento.
Pero lo verdaderamente importante aquí es cuando se cruzaron estos historiales con los datos de la frecuencia cardiaca en reposo de los participantes, descubriendo un patrón clarísimo al mostrar un gráfico de riesgo en forma de 'U' y no en línea recta.
Su significado. Que se haya generado una gráfica con esta forma nos indica que el nivel óptimo de pulsaciones se sitúa entre las 60 y 69 pulsaciones por minuto, puesto que estas personas fueron las que presentaron un menor riesgo de padecer un accidente cerebrovascular.
El problema es que, cuando las pulsaciones en reposo superan los 90 lpm, el riesgo de sufrir un ictus se dispara hasta un 45% más, tanto isquémico como hemorrágico. Pero en el caso de tener unas pulsaciones excesivamente bajas, el riesgo también aumenta, por lo que no podemos estar totalmente tranquilos si tenemos 50 lpm en reposo.
La fibrilación auricular. Hasta ahora, la medicina tenía muy claro que las arritmias severas como la fibrilación auricular eran factores de riesgo determinantes para sufrir un ictus. Pero ahora este estudio ajustó los datos específicamente para separar a las personas con y sin fibrilación auricular, demostrando que la frecuencia cardiaca en reposo es, por sí sola, un marcador pronóstico independiente.
¿Por qué? Aunque este estudio nos da mucha información, la realidad es que la literatura médica previa ya ofrecía una explicación bastante rigurosa sobre por qué una frecuencia cardiaca baja o alta tenía implicaciones en los ictus. En este caso, una frecuencia excesivamente baja puede alterar la hemodinámica cerebral, haciendo que la sangre pase demasiado lenta por el cerebro, y facilitando la formación de trombos en ciertos contextos, sobre todo cuando hay más factores de riesgo.
En el otro lado de la balanza, cuando la frecuencia es crónicamente alta, tenemos a la capa de nuestros vasos sanguíneos expuestos al flujo de sangre, expuestos a un estrés mecánico constante que favorece la inflamación, la hipertensión y el daño vascular, tal y como se ha demostrado en estudios previos.
Medicina preventiva. Estos hallazgos son buenas noticias para los pacientes, sobre todo más añosos, ya que es un nuevo parámetro que nos puede predecir la posibilidad de que se presente algo tan grave como un ictus. Esto permite, sobre todo en la atención primaria, poder realizar un mejor control de la frecuencia cardiaca y no dejar pasar cuando va o muy rápida o muy lenta, ya que las consecuencias pueden ser fatales.
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La noticia
Ni muy rápidas, ni muy lentas: un macroestudio revela la frecuencia cardíaca exacta para minimizar el riesgo de ictus
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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