La decisión de la Cancillería de retirar la adhesión de Chile del Movimiento No Alineado (MNOAL), poniendo fin a 55 años de pertenencia, deja perplejos a muchos quienes siguen de cerca la política exterior de Chile y debiera llamar la atención de la ciudadanía en general. La cuestión no es banal y refleja una deriva riesgosa del actual gobierno, que, como en otros ámbitos, toma decisiones que traen inestabilidad, rompiendo una tradición prestigiosa de la política exterior chilena tras el retorno a la democracia. Decisiones de este tipo requieren transversalidad política para asegurar su estabilidad en el tiempo, algo que aquí no ocurrió. Un elemento más de las ansias refundacionales, aunque de corto alcance, de este gobierno.
El MNOAL surgió en el marco de la Guerra Fría hacia 1961 para marcar distancia de la disputa entre Estados Unidos y Rusia, velando por el interés de pequeñas y medianas naciones que no estaban en el centro del conflicto hegemónico. Con Allende Chile adhirió en 1971 y ni siquiera Pinochet se retiró: quedó reducido a observador e intentó, sin éxito, recuperar la membresía plena hasta el final de la dictadura. Los EE.UU. lo consideraron un movimiento procomunista, pero estaba lejos de ello. Las posiciones de países como Yugoslavia, India, Egipto y otros develan claramente que este no era su carácter. Si bien es cierto que nuestro país nunca tuvo un rol central en este movimiento, nuestra participación allí sirvió siempre como un canal diplomático (de bajo costo económico) que favorecía la cooperación Sur-Sur y permitía acuerdos y posiciones sobre diversos temas, algo muy coherente con nuestra estrategia de reforzar el multilateralismo y diversificar nuestros socios.
Hoy, la ausencia de Chile del MNOAL tiene más impacto por el hecho de retirarse que por haber permanecido: en efecto, no es un espacio fundamental, pero la salida en sí muestra un deseo de alineamiento que es más riesgoso. Estas políticas deben ser de Estado, y esta vez se actuó de manera irresponsable, restando credibilidad a la estabilidad de la política exterior chilena. En este contexto, si bien hoy no hay consenso para adherir al Brics (Chile es observador), un espacio con implicancias mucho más fuertes que las del MNOAL, un futuro gobierno podría, apoyado en este mal precedente, profundizar lazos con ese grupo u otro movimiento de países sin contar con un acuerdo político mínimo.
El mismo patrón se repite en otros frentes como la megarreforma que se aprobó sin consenso y por un margen estrecho dejando en duda su sostenibilidad, un Congreso de signo distinto podría desarmarla en el futuro. La política exterior no debiera correr la misma suerte.
En el fondo, Chile rompe con su tradición diplomática en democracia y se alinea con Estados Unidos, en un contexto donde su hegemonía tanto cultural como económica está amenazada y, además, cuando la administración Trump acaba de subir 12,5% los aranceles a Chile. Alinearse sin ganar nada a cambio tiene un nombre más preciso: sumisión.
Por Daniel Grimaldi, director ejecutivo de Fundación Chile21
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