El Ciudadano
Por Pablo Selles

Durante esta semana se han sucedido una serie de hechos que tienen un punto en común: la relación entre la niñez, las juventudes, el Gobierno y el Presidente José Antonio Kast. Mirados por separado podrían parecer episodios aislados, pero en conjunto muestran una forma de comprender la infancia desde la tutela y el control.
Uno de los hechos más viralizados fue la discusión del Presidente con un niño de 10 años en Villarrica, Región de La Araucanía, luego de que este se negara a saludarlo. Frente al rechazo, Kast reaccionó visiblemente molesto e interpeló a la mujer que lo acompañaba, acusando una supuesta instrumentalización del niño, falta de educación y ausencia de respeto.
El episodio se vincula con otro hecho ocurrido a fines de mayo en Vallenar, Región de Atacama, donde el Gobierno solicitó antecedentes por una exhibición cultural en la que habrían aparecido dibujos de estudiantes alusivos al Presidente de la República. Más allá de cada caso en particular, lo que se repite es el mismo reflejo: cuando un niño, niña o adolescente expresa algo políticamente incómodo, rápidamente se instala la idea de que fue utilizado por un adulto.
Pero esa mirada cambia cuando se habla de seguridad. Esta misma semana, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales varias disposiciones del proyecto de ley “Escuelas Protegidas”, la primera iniciativa educacional del Gobierno. El proyecto, apelando a la seguridad de las comunidades educativas, incorporaba medidas como revisión de mochilas, restricciones de vestimenta, restricción del acceso a la gratuidad universitaria por cinco años para estudiantes condenados por determinados delitos graves, y facultades para excluir de procesos de admisión a estudiantes previamente expulsados por hechos graves de convivencia.
Ahí aparece una contradicción evidente. Cuando niños, niñas y jóvenes opinan, son presentados como manipulados. Pero cuando se trata de sancionarlos, pasan a ser tratados como amenaza y se les atribuye plena responsabilidad. Para hablar serían usados por otros; para ser castigados, en cambio, serían plenamente responsables de sus actos.
Lo mismo ocurre con la insistencia en aumentar penas o bajar la edad de responsabilidad penal adolescente. Es una discusión legítima y necesaria, que merece una reflexión propia, pero también muestra esta doble vara respecto de la infancia y las juventudes: se les niega autonomía cuando incomodan políticamente, pero se les exige responsabilidad adulta cuando se busca sancionarlos.
Una sociedad no necesita domesticar a sus niños, niñas y adolescentes, sino orientar, guiar y entregar herramientas para formar ciudadanía desde la educación, la escucha activa, la comprensión y el diálogo.
La pregunta, entonces, no es solamente si un niño debió o no saludar al Presidente. La pregunta es por qué un sector de la sociedad reacciona con tanta incomodidad cuando la infancia no sigue lo preestablecido. Por qué se habla tanto en nombre de niños, niñas y jóvenes, pero se les desconoce cuando ejercen una voz propia.
El Gobierno debiera revisar esa contradicción. No se puede decir que se defiende a la infancia mientras se inhibe su derecho a ser oída, se la vigila o se la reduce a obediencia. Una sociedad no necesita domesticar a sus niños, niñas y adolescentes, sino orientar, guiar y entregar herramientas para formar ciudadanía desde la educación, la escucha activa, la comprensión y el diálogo.
La autoridad no puede entenderse exclusivamente como control o sanción. También debe ejercerse desde el ejemplo, el diálogo y el reconocimiento de niños, niñas y jóvenes como sujetos presentes, con voz, derechos y capacidad de participar del mundo que habitan. Orientar a las niñeces y juventudes en el respeto a los derechos humanos y la democracia exige, precisamente, una autoridad que eduque más de lo que castiga.
Finalmente, el Presidente y la extrema derecha debieran hacer un ejercicio de introspección. Si creen que esta crisis se explica por una falta de autoridad del mundo adulto sobre la infancia, también deberían preguntarse qué mensaje han transmitido sus propias prácticas políticas. Las metáforas, hipérboles, omisiones, desinformación, estrategias digitales agresivas y ataques a sus adversarios, utilizados en sus campañas como herramientas para llegar a La Moneda, también educan.
Porque si la descalificación, la caricaturización del adversario y la agresividad discursiva aparecen normalizadas como instrumentos legítimos para cumplir fines políticos, entonces el problema no está solamente en cómo se comporta la niñez. También está en el ejemplo que el propio mundo adulto, y especialmente quienes gobiernan, deciden ofrecerle.
Por Pablo Selles
Fuente fotografía
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
La entrada No saludar al Presidente: la niñez que incomoda se publicó primero en El Ciudadano.
completa toda los campos para contáctarnos