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Número desconocido

A estas alturas ha quedado bastante claro que el llamado caso del cable chino -el proyecto de tendido de fibra óptica que uniría Chile con Asia- fue otra de las gestiones fallidas de La Moneda que acabó salpicando a autoridades del propio gobierno y exhibiendo ante la opinión pública una mezcla de confusión de roles internos, desprolijidad y chapucería ya largamente evidenciada. El caso que se destapó con la insólita declaración de la embajada de Estados Unidos que anunciaba el retiro de visas a tres funcionarios por haber estado involucrados en un proyecto que a esas alturas ya estaba cancelado, fue avanzando hasta alcanzar el proceso de cambio de mando. Este chasco marca un capicúa del período presidencial que acaba -que arrancó con el viaje a La Araucanía de una ministra del Interior y finaliza con un ministro despojado de su visa de ingreso a Estados Unidos- y también ofrece señales inquietantes de lo que podría llegar a ser la nueva administración que asume el poder el próximo miércoles.

Para lograr el triunfo en las últimas elecciones, José Antonio Kast tomó distancia de sus declaraciones históricas ultraconservadoras, evitó ciertos temas, mostrándose como un candidato silente y reservado que, bajo la promesa de hacer un “gobierno de emergencia”, recuperaría el orden y ciertos valores patrióticos aparentemente extraviados. Construyó su plataforma sobre las críticas al gobierno actual, acusando a sus autoridades de falta de profesionalismo, ideologización y desidia, que lejos de mejorar las condiciones de vida de las personas, las había empeorado. El mensaje implícito era que, en el caso de llegar al gobierno, Kast estaría libre de todos esos pecados. La fórmula resultó, ganó, pero lo que ha quedado demostrado esta semana con el caso del cable chino es que ni el presidente electo ni el equipo que lo rodea ofrecen ese profesionalismo y eficiencia prometidos. El presidente electo, José Antonio Kast, en lugar de tomar distancia y entender lo que estaba sucediendo en el marco de la Actualidad con mayúsculas en un escenario internacional con una guerra en curso, cuya finalidad no es ni extender la democracia a Irán ni velar por los derechos humanos en ese país, sino el empeño de una superpotencia por asegurarse recursos y energía, intentó sacar provecho de corto plazo. Kast actuó como candidato en campaña y reveló, a través de sus declaraciones, una visión estrecha y mezquina de la situación, impulsando el destelleo ultrón de algunos de sus seguidores en redes sociales, que tienden a dividir al mundo entre zurdos malvados y viciosos que deben ser eliminados, y ellos, un grupo de gente encantadora y virtuosa henchida de valores y amor a la patria. Es decir, abrió cancha para que apareciera con fuerza la mirada habitual de quienes viven como en una película de superhéroes, un estilo muy Trump y muy Milei de convivencia cívica y valoración de la verdad de los hechos y el respeto al adversario.

Esta semana Kast decidió quebrar la fluidez del traspaso de mando pensando quizás en dar un golpe de autoridad, pero lo que resultó fue otra cosa muy distinta: dejó sembrada la duda sobre si el ultimátum intempestivo al Presidente Boric se trató de una ofrenda para el gobierno estadounidense y desembarazarse, de paso, del apoyo a Michelle Bachelet a la ONU, una alternativa no muy patriótica, o si más bien se trató de un reflujo del período de contienda electoral que ya es pasado, cuando atacar a La Moneda rendía votos. No había necesidad de subrayar de ese modo una crisis que no lo comprometía directamente. Menos aún si iba a ofrecer la explicación que dio, contando que no le atendió al teléfono al presidente en ejercicio -quien lo llamaba para darle pormenores del caso del cable chino- porque no lo tenía agendado y le aparecía un número desconocido. Lejos de ser una excusa atendible, lo que hizo fue sembrar pasto para las burlas que cobraron más fuerza con la irrupción en los medios de una vocera agresiva y desinformada. José Antonio Kast no fue elegido para atacar a un gobierno saliente, cuyas debilidades ya han quedado demostradas, sino para gobernar el país y velar por sus intereses, lo que involucra cuidar las relaciones con los principales socios comerciales, no solo con los que más le simpaticen por el liderazgo circunstancial que tengan en el poder.

Hay un tipo de conversación doméstica, de narrativa trivial, de minucia y comidillo que consiste en relatar una discusión representándola como un diálogo ocurrido durante un momento de tensión que desató una ruptura o crisis. Es una fórmula que evita toda síntesis de los detalles accesorios, y aspira, explícitamente, a recrear en escala uno a uno el momento de la discusión, una vertiente oratoria que todos hemos escuchado alguna vez -los niños la usan mucho- y que podría describirse como “él me dijo, yo le dije; yo le respondí, él me contestó”. En distintas crisis el gobierno que deja el poder el próximo miércoles cayó en esa narrativa doméstica opaca durante semanas, por torpeza o negligencia. No había perspectiva ni largo plazo, solo pequeñeces esparcidas luego de un desastre cuyos responsables tardaban en aparecer. El caso del cable chino fue el último ejemplo de ese fenómeno del “yo le dije, él me dijo, yo le contesté”, pero con un añadido: quedó de manifiesto que el gobierno que sucederá al actual en La Moneda tampoco es capaz de sobreponerse al escenario de la minucia y la mezquindad, sino que, peor aún, lo usa como trinchera para disparar contra el adversario, desentendiéndose de lo que está en juego y de las circunstancias internacionales, estrujando los tropiezos ajenos sin atender al cuadro completo, al marco global y a los intereses de largo plazo del país, una nación pequeña, una potencia periférica, pero con una noción muy clara de la diferencia que existe entre velar por su conveniencia negociando con franqueza y dignidad, y acatar sin más la voluntad de potencias mayores hasta el sometimiento.

Marzo 7, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 8 visitas 1857640

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