El Ciudadano
Ana María estaba guardando los platos del desayuno y la vajilla del almuerzo, con el fin de hacer lugar en el escurridor. Los acomodaba en la alacena y eso provocaba un ruido estridente.
Mientras Ernesto lavaba la vajilla de la cena, tenía una expresión de dolor.
— ¿A qué se debe ese gesto? —preguntó ella. Él le explicó que no soportaba tanto ruido que ella hacía al chocar un plato contra otro.
— Todo te molesta esta noche. A Natacha la has vuelto loca.
Al escuchar esto, Ernesto cerró la llave de la caliente y se quedó mirando a su mujer. Ahora no se sabía si la cara de él reflejaba el disenso o era la de pedir ampliación de conceptos o se trataba de esa que es anterior a otra pelea más. Porque hay que aclararlo: durante la cena había tenido lugar un feo altercado y éste es el momento en que las series de televisión muestran la leyenda:
Hace una hora…
Ernesto llevaba las botellas hacia la mesa y Ana María, los platos servidos con un apetitoso guiso, al tiempo que la llamaba a cenar a Natacha, la hija del matrimonio.
Los adultos ya se habían sentado a la mesa, pero no querían comenzar a comer sin que la joven estuviera presente.
A diferencia del menú de Ana María y Ernesto, el plato de Natacha no tenía carne, porque ella era vegana.
— ¡Natacha, te estamos aguardando para cenar! —ahora fue el padre quien llamaba a su hija a cenar. Se oyó un ¡Ya voy!algo lejano, lo que resultó ser llamativo: las puertas se encontraban todas abiertas, tanto la del comedor que iba al pasillo, como la del dormitorio de Natacha, incluso la del baño, por si ella hubiera estado allí.
Hasta que se apareció en el comedor, se sentó en su silla y allí se inició todo.
Del modo más natural, preguntó:
— El mío es sin carne, ¿sí?
Los padres la miraban azorados. Pasaban unos segundos en que la joven hundía el tenedor en el plato y se lo llevaba hasta donde supuestamente estaría su nariz. Sin aguardar respuesta, dijo:
— Sí, no está cocinado a base de cadáveres —y comenzó a comer, lo que es un decir, porque la maniobra que realizaba era entre rebuscada y desagradablemente ruidosa debido a una especie de succión que ella dejaba oír.
El primero que pudo romper el silencio fue Ernesto:
— ¿Por qué llevas puesto ese peluche? Tienes veintidós años, hija.
— No es un peluche —contestó la joven con la boca invisible, pero en apariencia llena de guiso vegano—, me auto percibo un oso Panda.
Lo que siguió es de imaginar: la alteración del padre fue en aumento, a medida en que los argumentos de la hija le iban diciendo (sin decírselo, claro está): Con mi crianza te has equivocado de aquí a la China.
Por más que Ana María, por debajo de la mesa daba pataditas en el tobillo de su marido, éste no lograba bajar su estado de furia. No era para menos, porque Natacha sabía muy bien cómo utilizar la jerga de su madre, médica psiquiatra:
— Tu narcisismo me agota, papá. Me ves firme en mis convicciones y te avergüenzas por el qué dirán de los vecinos y la familia. Pero si tanto aborreces mis principios, puedo no ir al cumpleaños de la abuela, este próximo sábado.
La cena quedó tan inconclusa como la conversación entre padre e hija. Y Ernesto ahora seguía mirando a Ana María, que le acababa de echar en cara que todo le molestaba y que a Natacha la había vuelto loca.
Si bien él no tenía una formación como la de su mujer, digamos que en el campo que roza los asuntos de la mente y las conductas humanas, tampoco era un cavernícola cerrado. Como historietista de un diario, sus tiras cómicas recurrían bastante al mundo oculto en el cerebro de las personas. Así que pudo decir lo siguiente:
— Mira Ana María, no sé en qué momento se jodió el Perú, como lo decía Santiago, el personaje de Vargas Llosa en su novela Conversación en La Catedral. Pero yo sí sé cuándo se nos perdió Natacha.
— No se perdió. Está buscando caminos.
— La perdimos cuando la pandemia la volvió loca. Natacha no quiere vacunarse, dice que la tierra es plana y que los norteamericanos jamás llegaron a la luna. Pero de todo lo que dice y hace, lo peor es que haya votado a Kast.
La noche no siguió de lo mejor. Cuando Ana María ya había apagado la luz del velador, los pensamientos lo torturaban a Ernesto, no sabía que era peor: que su hija fuera de derechas, anti vacunas o therian.
Sólo pudo conciliar el sueño después de decirse en silencio:
— ¡Cómo la amo a esta mocosa!
Por Jorge Kling
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