“Chile necesita volver a crecer”; “hace años que el país está estancado”; “crecer al 2% no sirve para alcanzar el desarrollo”. Son frases que se repiten con frecuencia en el debate público, pero pocas veces nos detenemos a pensar en su verdadero significado.
En Chile hablamos mucho de inversión, productividad o destrabe de proyectos. Todo eso importa, y mucho. El problema aparece cuando el crecimiento se presenta como un objetivo puramente técnico, separado de sus efectos concretos, como si no tuviera relación con la vida de las personas. Cuando eso ocurre, deja de percibirse como una necesidad compartida y empieza a parecer algo ajeno, incluso sospechoso.
Adam Smith entendió antes que nadie que una sociedad no puede separarse de la forma en que esa sociedad mira a sus miembros. En La riqueza de las naciones defendió la expansión de la actividad económica, pero en La teoría de los sentimientos morales recordó algo igualmente importante: que la vida en común exige una cierta empatía, una capacidad de reconocer al otro. El crecimiento, visto así, no es valioso por sí solo. Lo es porque permite ampliar las herramientas disponibles para responder a las necesidades de la sociedad.
Desde esa perspectiva, varias discusiones que en Chile suelen tratarse por separado empiezan a conectarse. Recortar programas mal evaluados, por ejemplo, no debería entenderse como una simple poda presupuestaria. Si un programa no llega realmente a quienes pretende ayudar, mantenerlo por inercia equivale a malgastar recursos que podrían destinarse a algo más útil. La responsabilidad fiscal es especialmente importante en tiempos turbulentos como los actuales.
Algo parecido ocurre con la permisología. Cuando un proyecto de inversión tarda años en aprobarse, no solo se frena una obra o una iniciativa privada. También se posterga el empleo, la actividad económica y la recaudación fiscal. Y cuando eso se suspende indefinidamente, se reduce el margen para financiar políticas sociales eficaces.
El crecimiento económico, entonces, deja de ser una consigna vacía. Pasa a ser un mecanismo que amplía el radio de acción de una sociedad, generando más recursos y abriendo la posibilidad de usarlos mejor. Mejores hospitales, mejores escuelas, mejores barrios, una red de protección más consistente. En ese sentido, crecer no es desentenderse del bienestar social; es una condición para hacerlo sostenible en el tiempo.
Parte del dilema chileno actual es que durante mucho tiempo se supuso que este vínculo era evidente y que ya no hacía falta explicarlo. Hubo incluso quienes, desde la izquierda, defendieron el “decrecimiento” como respuesta al extractivismo. Craso error. Una economía que no crece reduce inevitablemente sus márgenes de acción. Y cuando eso sucede, el Estado deja de expandir bienestar y pasa, más bien, a administrar escasez.
Ahí está el punto. Crecer no para acumular por acumular, sino para que los recursos –humanos y materiales– que ese crecimiento genera puedan traducirse en mejores condiciones de vida para la mayoría. Para eso sirve el crecimiento económico. Ni más ni menos.
Por Juan Luis Ossa, historiador, investigador de Horizontal.
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