Pelando el cable

China y Estados Unidos -no hay que ser experto para saberlo- están en una batalla desatada por la hegemonía mundial. Batalla económica, tecnológica, diplomática, cultural y de atracción o “soft power”. Y -se teme- podría escalar al frente bélico.

“Si el problema central para los seres humanos y su progreso en el mundo es evitar la guerra, entonces la principal amenaza para ello a nivel global es la relación entre Estados Unidos y China”, dijo hace un año a La Tercera el destacado experto Grahan Allison, autor de Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?

¿Qué deben hacer en este contexto los demás países, especialmente los medianos y pequeños? Primero, unirse y luchar para que no se derrumben el multilateralismo y el respeto a las leyes internacionales, lo que Chile ha defendido con fuerza y razón en cada foro global.

Pero lo más importante es tratar de no ser una víctima en medio de esta batalla entre colosos. Por eso, más que extraña la manera en que el gobierno del Presidente Boric ha manejado el asunto del cable chino que uniría Hong Kong con Concón.

Si bien la sanción de Estados Unidos -quitarles la visa a tres funcionarios chilenos- afecta la autonomía del país y, en consecuencia, los reclamos de esta administración son legítimos y atingentes, el modo de enfrentar el tema del cable ha sido defectuoso.

Partamos por lo obvio: sabiendo que es crítico para Chile mantener una buena relación con los “hegemones” en pugna, que además son su socio comercial número uno (China) y número dos (Estados Unidos), ¿cómo es posible que hayan tratado el asunto de aprobar un cable submarino chino como si fuera algo común, “business as usual”? O bien las alertas no sonaron (lo cual hablaría de una negligencia inexcusable) o bien, advirtiendo el riesgo, se decidió tramitarlo de modo sumergido. Aquello hablaría de falta de transparencia, por un lado, pero también de falta de visión política. Un asunto así de serio requiere consensos básicos y una opinión pública alineada. Pero el tema entró al debate público chileno solo con la quitada de visas. Al parecer no estaban tampoco bien informados todos los actores relevantes para calibrar las posibles consecuencias geopolíticas. Partiendo por Cancillería: que el canciller Van Klaveren haya dicho que el proyecto estaba en fase “sumamente inicial”, para que luego El Mercurio publicara el decreto firmado -y luego anulado- por el ministro de Transportes y Telecomunicaciones, Juan Carlos Muñoz, refleja que Cancillería no fue protagonista del tema. ¿Cómo puede hacer su trabajo la diplomacia profesional si, aparentemente, sabe menos que el jefe de gabinete de un subsecretario, en una materia de este nivel de importancia geopolítica?

Los informes de seguridad de organismos técnicos como el EMCO, la ANI y la ANCI se pidieron solo luego de las elocuentes “alertas” levantadas por la embajada de Estados Unidos, pero aquello debió haber sido información puesta sobre la mesa antes de tomar una decisión.

Adicionalmente, llama la atención y levanta suspicacias la celeridad con que se avanzó en darle luz verde al cable en cuestión, 61 días. Máxime en el país de la permisología, donde un hospital para el cáncer se atrasa por la presencia de “vertebrados e invertebrados” (como ratones y arañas). ¿Por qué los involucrados en dar autorizaciones actuaron con tanta rapidez?

Por último, ha habido severos errores de comunicación en el manejo de la crisis: todo se ha ido sabiendo a cuentagotas y, además, con insólitas contradicciones entre las autoridades.

Dada la agresiva respuesta norteamericana y su afectación de la autonomía nacional, se ha dicho que este caso tendría similaridades con el famoso “no” del expresidente Lagos a Bush por la invasión a Irak. La ciudadanía valoró su coraje y valentía para no dejarse avasallar, y dejar en alto la dignidad y soberanía de Chile. Pero Lagos manejó de otro modo aquella encrucijada histórica: se dio tiempo para explicar lo que estaba en juego y también para persuadir.

Acá no. El cable chino fue sorpresa total para las y los chilenos, incluido el nuevo presidente José Antonio Kast, que, por cierto, ameritaba saber lo que se le viene por delante.

El momento geopolítico actual requiere prudencia, inteligencia y cabeza fría para poner los intereses de Chile por encima de cualquier afinidad o gusto personal. No por oponerse (con buenas razones) a Trump y otros liderazgos iliberales Boric puede irse a los brazos de China, una dictadura de partido único, cuyas violaciones a los derechos humanos han sido documentadas, entre otras, por Michelle Bachelet como alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU.

Y Kast, afín a Trump y miembro de sus clubes internacionales (donde también lo acompañan Orbán y Bukele) tampoco puede hipotecar el futuro de Chile abrazando el nuevo des-orden mundial trumpista, que a lo que más se parece es a la ley de la selva.

Febrero 28, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 37 visitas 1836756

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