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Pinganilla: la reivindicación del sánguche de potito en el Barrio Brasil

El Ciudadano

Por Álvaro Bustos Barrera

El origen de los sánguches chilenos se remonta a mediados del siglo XIX y según artículos de periódicos nacionales de la época y con la honesta ayuda de la inteligencia artificial, la génesis de su creación o descubrimiento se debe en parte, a la expansión de la red ferroviaria del sur, sumado a la influencia de países europeos.

Para nadie es un misterio la devoción que provocan este tipo de preparaciones, que inicialmente fue conocido como “pan de viaje” y que con el correr e inevitable paso del tiempo, pasó a convertirse en el tradicional sánguche nacional, ícono imperdible de cualquier gozador.

Debo reconocer que siempre me llamó la atención las distintas variedades de este producto que se ofrecían en restaurantes, fuentes de soda, carritos callejeros o incluso, en toldos a las afueras del estadio, eventos masivos o en ferias persas. En cualquiera de estos formatos, el comensal disfruta hasta chorrearse por completo manos y vestimenta al tomar el pan con ambas manos y atacar con mordiscos generosos la marraqueta rellena con distintos tipos de carnes y salsas.

Dispuesto a vivir esta experiencia para “Sabores Ciudadanos”, decidí visitar la Sanguchería Pinganilla, ubicada en el corazón del Barrio Brasil, en calle Maturana #567, casi esquina Santo Domingo. Entre medio de vetustas casonas patrimoniales y calles con adoquines, se encuentra este espacio creado por Francisco Figueroa y su señora Bárbara Contreras, donde ofrecen a los fanáticos de la comida tradicional, una gran variedad de productos que pueden ser devorados sentados en la mesa, con una tacita de loza de consomé y en algunos casos, acompañado por un canasto de papas fritas.

Cerca de las 13:15 horas de un día jueves me apersoné en el lugar, listo y dispuesto a revisar las preparaciones del día en una coqueta pizarra colgada en una de las paredes.

Entrando a mano izquierda está el primer espacio de Pinganilla, donde se encuentra una enfriadora con distintos tipos de trozos de pasteles, küchen, bebidas, jugos, aguas minerales, además de una máquina profesional para preparar café de buena factura. Y claro, además de vender sánguches, el negocio cuenta con una nutrida cafetería con dulces y tortas para servir y llevar.

En este sector de la casa, caben de manera cómoda unas 10 a 12 personas perfectamente distribuidas en las mesas que están dispuestas, cada una con sus contenedores de mayonesa, kétchup y mostaza, además de servilletero, sal e impecables individuales.

Tomé asiento pegado a la ventana que da a calle Maturana y mientras esperaba la atención, me apresuré en fisgonear la pizarra que colgaba en uno de los muros donde se ofrecen los tipos de sánguches en marraqueta fresca y crujiente. Por lo visto, el rey de la casa es el popular Potito con longaniza, salsa verde y mayo casera, pero ojo que también destacan: la Mechada, el Pernil y la Lengua, además de la clásica Pichanga y porciones de papas fritas.

Como un acto de magia apareció el chef impecablemente vestido de blanco, gorro y pechera azul. Me estrechó la mano y ofreció las alternativas que segundos antes había escaneado con mis anteojos. “Buenas tardes, te recomiendo partir con la Pichanga, que trae arrollado huaso, queso Chanco, pickles, aceitunas y un ají oro para rematar, para luego probar el Potito”, lanzó el cocinero, sin antes sugerir como maridaje un shop artesanal.

Breves minutos pasaron para tener frente a mis ojos la cerveza ambar Back House que me habían ofrecido. Los primeros sorbos me permitieron inferir un equilibrio justo, amargor moderado, perfil maltoso y suaves notas a caramelo, que acompañada con la Pichanga perfectamente aliñada, fue elección acertada en todo sentido.

Luego fue el turno del protagonista de esta crónica, el popular sánguche de Potito que tantas veces vi vociferar en las afueras del estadio Monumental, pero que en esta oportunidad tuve la opción de comerlo sentado en una mesa bien montada y con tenedor y cuchillo.

La carne estaba bien cocinada, blanda y jugosa, la cebollita con la verdura sin duda es un aporte que agrega frescura y ni hablar de la mayonesa casera, suave y con un leve toque a limón.

La Sanguchería Pinganilla en el Barrio Brasil, es un verdadero descubrimiento para quienes gustan de esos sabores tan típicos de la cocina chilena. Marraquetas frescas y crujientes, rellenos generosos y esa enjundia única que hace muchas veces respirar hondo y cerrar los ojos de tanto placer. Un lugar acogedor, atendido por sus dueños y donde vale la pena volver una y otra vez.

Evaluación: Excelente.

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Junio 8, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 35 visitas 2183372

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