
Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista.
Aunque el catolicismo ha perdido presencia e influencia en buena parte de Europa y también en varios países latinoamericanos, el fenómeno está lejos de ser lineal. Las estadísticas -incluso las de la propia Iglesia- muestran una caída sostenida de la identificación católica en países como Brasil, Chile, Argentina, Colombia, México y Perú, mientras en Europa avanza con fuerza la desafiliación religiosa. Al mismo tiempo, el crecimiento más dinámico del catolicismo se registra hoy sobre todo en África, favorecido por una población más joven, una mayor expansión demográfica y una Iglesia todavía socialmente vigorosa.
Sin embargo, la pérdida de peso del catolicismo tradicional no ha significado necesariamente una disminución equivalente de su capacidad de influencia cultural. En medio de ese retroceso, han emergido o se han fortalecido grupos más pequeños, disciplinados y doctrinalmente conservadores que, aunque no representan mayorías, sí logran una presencia desproporcionada en la vida social, educativa, moral y política. Esa paradoja -menos fieles, pero núcleos más duros e influyentes- ayuda a entender parte del actual reordenamiento del mundo católico. El surgimiento de estos grupos católicos ultraconservadores, aunque de distinto tono, distinto peso y distinta relación con Roma, parece ser el resultado de una nueva forma de entender el poder: cuando ya no se puede conservar la hegemonía si se puede al menos construir minorías fervorosas, disciplinadas y combativas, y ojalá influyentes en las esferas de la sociedad.
Ahí aparecen, con todos sus matices y diferencias, intensidades y carismas, el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y Regnum Christi, Tradición, Familia y Propiedad (TFP) y los Heraldos del Evangelio, el Camino Neocatecumenal, el ya extinguido Sodalicio, la Fraternidad San Pío X (FSSPX) o la Iglesia palmariana, e incluso formatos juveniles más amables en apariencia, como Hakuna, entre tantos otros. No son lo mismo, ni jurídica ni eclesialmente. Unos están plenamente reconocidos por la Iglesia, son vistos muchas veces con simpatía por la propia jerarquía; otros fueron intervenidos; otros viven en irregularidad; otros están definitivamente fuera de Roma. Pero todos comparten una matriz demasiado visible como para negarla.
Conviene decirlo con claridad: para los efectos de esta reflexión, la situación jurídica ni canónica no agota el problema tampoco la libertad de las personas adultas de profesar una religión, abrazar creencias o asumir experiencias espirituales de algún tipo. Que un grupo esté reconocido por la Iglesia no significa que no pueda incubar prácticas de tutela, dependencia o control de conciencia. Y que otro esté en tensión con Roma no lo convierte automáticamente en secta producto de esta incomodidad con la institución. El punto verdaderamente importante está en otra parte: en la forma en que estos mundos entienden la fe, la obediencia, la libertad, el cuerpo, la conciencia y la relación con el mundo moderno. Cómo pretenden imponerla a la propia Iglesia, e incluso a la sociedad toda, y cómo actúan frente a su propia membrecía
Lo que une a muchos de ellos no es sólo una moral sexual estricta, ni la nostalgia de la liturgia preconciliar ni la exaltación de un catecismo rígido. Lo que los emparenta es una manera de responder a la secularización: no abriéndose a una fe adulta en medio de un mundo plural, sino cerrando filas en torno a identidades fuertes, jerarquías rígidas y doctrinas blindadas. Su propuesta no consiste tanto en evangelizar como en inmunizar, no en formar personas libres como en construir sujetos protegidos del mundo, es decir, prevenidos contra la modernidad, contra el pluralismo, contra la autonomía moral, contra la sexualidad vivida sin culpa, contra el feminismo, contra toda experiencia humana que no pueda ser absorbida por una lógica de obediencia.
Es, en rigor, una verdadera contrarreforma conservadora. Ya no pueden modelar la sociedad entera, pero sí pueden ofrecer comunidades densas, afectivas, intensas, con sentido de misión, códigos propios, estética propia y una potente ilusión de pertenencia. No sólo importan los contenido, el fondo de los ismos religiosos, sino dotarle una forma particular, donde los detalles exagerados hacen por ejemplo que un cardenal estadounidense dependiendo las circunstancias rituales use una la _magna cappa,_ una capa roja de hasta 7 metros que debe ser cargada por un acólito, exacerbando hasta la esquizofrenia un clericalismo medieval reminiscente y vacío de todo sentido. Pero esa capa más o menos larga no tiene importancia frente a temas más doctrinales y éticos que rayan con el abuso de conciencia y la manipulación.
Allí donde la Iglesia institucional aparece cansada, burocrática o vaciada, ellos ofrecen a sus seguidores un paradigma épico; donde la parroquia del barrio ofrece rutina, ellos ofrecen destino; donde el mundo aparece fragmentado, ellos ofrecen una totalidad. Y esa totalidad, justamente, es lo que vuelve tan eficaces y peligrosos a varios de estos grupos.
Porque la captación rara vez comienza con el dogma duro. Comienza con el abrazo. Con la convivencia, el retiro, la música, el grupo juvenil, la experiencia comunitaria, la emoción de sentirse elegido, mirado, comprendido. Comienza con la promesa de sentido. El adolescente no entra por el control; entra por la belleza del grupo. No entra por la culpa; entra por la alegría compartida. No entra por la obediencia; entra por la sensación de haber encontrado, por fin, un lugar en el mundo.
Viene la pedagogía de la pureza, del examen, del escrúpulo, de la vigilancia del cuerpo y del deseo. Aparece con fuerza la sospecha frente al placer para instalar una falsa idea de pureza. Surge la idea de que el mundo exterior está moralmente enfermo y de que sólo dentro del grupo hay resguardo verdadero, transformando el movimiento en una verdadera secta de rígidas normas de disciplina como el chequeo diario de actividades que los miembros del Opus Dei están obligados a hacer de su quehacer cotidiano, salpicado de rezos, sacrificios inútiles y mortificaciones, y hacerlo como que todo es parte de una normalidad dentro del plan divino.
En un momento las amistades son filtradas, las lecturas observadas sino vigiladas, la vida afectiva reglada, la consulta constante al director espiritual o al responsable de comunidad surge necesaria y obligatoria; no hay visitas a los conciertos ni a las celebraciones de cumpleaños de la familia cuando el numerario vive en una residencia comunitaria, porque es parte del sacrificio que debe simbolizar el amor a Dios. Así, de a poco, aunque persistentemente, aparece el aprendizaje más decisivo: que la conciencia personal no basta, que debe ser corregida, encauzada, vigilada por una instancia superior. De pronto, la fe deja de ser una búsqueda interior y pasa a convertirse en un sistema de administración del alma.
Ese es el punto crítico. No todos estos grupos delinquen, no todos abusan, no todos llegan al mismo extremo, pero muchos comparten una misma lógica de fondo: la desconfianza hacia la autonomía moral. Les incomoda la conciencia libre y les inquieta el discernimiento no tutelado. Hablan de libertad, pero sólo en la medida en que esa libertad termine coincidiendo con la estructura que la guía. Hablan de vocación, pero muchas veces trabajan sobre subjetividades todavía inmaduras, particularmente juveniles, en una etapa de la vida en que pertenecer puede ser más urgente que comprender.
Ese dato no es una exageración polémica. El propio Opus Dei en su página web reconoce la figura de los candidatos jóvenes entre los 14 años y medio y los 16 años y medio, menores que manifiestan el deseo de incorporarse formalmente más adelante (ellos le dicen “pitar”). El dato, por sí solo, no prueba una práctica abusiva, o casi. Pero revela con nitidez hasta qué punto la captación temprana forma parte del horizonte de estos mundos: intervenir en la subjetividad antes de que la subjetividad esté plenamente formada. Luego viene el anuncio de que Dios se ha fijado en él (no sé cómo) y que ha sido elegido para ser parte ya de manera formal de su grupo, mientras lentamente van surgiendo cada vez más obligaciones al mismo tiempo que desaparecen las libertades individuales. Son adolescentes en formación, muchos captados en momentos de inflexión y carencias emocionales fuertes, aún moldeables para la concientización.
Los casos más graves muestran hasta dónde puede llegar esta lógica cuando se vuelve estructura. En los Legionarios de Cristo, la propia Santa Sede describió en 2010 un “sistema de relaciones” construido por Marcial Maciel para obtener silencio, confianza y consolidación de su figura. No se trataba ya de una mera desviación individual, sino de un mecanismo institucional que lesionaba la conciencia y deformaba la vida interna. Sabemos el destino que al final tuvo Maciel, que para sus miembros como lo fue acá Karadima, un santo, un hombre elegido por el Señor para reclutar cientos o miles de jóvenes para la Iglesia. Cuando en realidad fueron verdaderos depredadores sexuales cuyas fechorías se produjeron precisamente por estar insertos y protegidos en un mundo de dominación de conciencias.
El Sodalicio de Vida Cristiana, fundado por el peruano Luis Fernando Figari, por su parte, terminó siendo uno de los ejemplos más brutales de degradación y abuso de poder sexual en el catolicismo latinoamericano reciente. Tras años de denuncias e investigaciones, la Santa Sede expulsó a Figari y en 2025 decidió suprimir definitivamente el movimiento. No era sólo una asociación severa o conservadora: era una estructura donde el abuso sexual, psicológico y de autoridad había echado raíces en la cultura interna. El grupo tuvo una importante vinculación en Chile con la U. Gabriel Mistral.
Los Heraldos del Evangelio, con su imaginería de combate, su barroquismo devocional y su disciplina interna, representan otra versión del mismo impulso: una religiosidad de estética militar, verticalismo y tensión sostenida con los aires reformistas del pontificado de Francisco. Roma los reconoció, sí, pero también los sometió a comisariado pontificio en 2019, signo claro de que vio en ellos problemas serios de conducción y vida interna. La comunidad es heredera espiritual y doctrinaria del movimiento antimarxista y ultraconservador Tradición, Familia y Propiedad, fundado en 1960 por el brasileño Plinio Correa de Oliveira, que rechazó al progresismo europeo, lo mismo de muchas corrientes liberales, se opuso públicamente a libros, películas y series televisivas que atentaban contra los principios y valores morales cristianos.
El Camino Neocatecumenal, aun estando plenamente aprobado, muestra cómo la lógica absorbente no necesita ruptura con Roma para existir. Puede haber, dentro de la plena institucionalidad, comunidades donde el peso de los catequistas, el lenguaje propio, la formación prolongada y la visión totalizante de la vida acaben subordinando la identidad personal al itinerario del grupo. La cuestión no es aquí el cisma, sino la densidad de una subcultura capaz de reemplazar el juicio propio por el reflejo comunitario.
En la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, conocida como FSSPX y, de forma extrema, en la Iglesia palmariana, aparece con más nitidez el componente contrarrevolucionario y preconciliar: rechazo frontal al Vaticano II, nostalgia de un catolicismo de fortaleza, desconfianza radical del mundo moderno y, en algunos casos, abierta hostilidad hacia Roma cuando Roma no responde a sus expectativas.
La Iglesia palmariana está fuera del canon, separada de Roma, atrapada en un predio en el Palmar, cerca de Sevilla, como una comunidad (en) cerrada, con un papa propio y su propio séquito de sacerdotes, monjas y laicos. La FSSPX, por su parte, fundada en 1970 en oposición al Concilio Vaticano II por el arzobispo francés Marcel Lefebvre, mantiene un estatus confuso y no resuelto con la Santa Sede. En junio próximo la Fraternidad pretende consagrar nuevos obispos, sin embargo, no cuentan con la aprobación papal, lo que podría significar su quiebre definitivo.
En todos estos grupos, desde dentro o desde afuera, reaparece la misma fantasía: restaurar una Iglesia dura, cerrada, segura de sí, inmunizada contra la historia.
Ese deseo de restauración no es sólo litúrgico ni puramente doctrinal. Es también político. Muchos de estos ambientes comparten una afinidad evidente con el conservadurismo más duro y, a menudo, con la ultraderecha cultural: pánico moral frente al feminismo, hostilidad a los derechos sexuales, rechazo del pluralismo, alergia a la diversidad, nostalgia de jerarquías fuertes, reivindicación del orden, la autoridad y la familia tradicional como núcleo indiscutido. No siempre militan en partidos, pero respiran una misma atmósfera. En ellos, la teología se mezcla con una política del resentimiento frente al mundo contemporáneo. La sociología habla de que ese sector de la población en el fondo no _comprende_ el mundo en el que vive y se atrinchera en la tradición como verdadera fuente del conocimiento. Es interesante observar cómo algunos sectores ultraconservadores en España reclaman que su supuesta crisis política se debe en parte a que el país se ha alejado de la Iglesia y que España ha perdido el rol de garante del cristianismo en Occidente confundiéndolo con el alejamiento de su deber evangelizador en América Latina, con evidentes reminiscencias colonialistas, carlistas decimonónicas sino definitivamente franquistas.
Para reivindicar este relato las redes sociales les resultan hoy un territorio ideal. Allí pueden saltarse mediaciones eclesiales, producir comunidad emocional, amplificar agravios y alimentar la idea de que la Iglesia verdadera está siendo traicionada por su propia jerarquía.
Durante el gobierno de Francisco, y aún hoy, no faltaron laicos, sacerdotes e _influencers_ católicos ultraconservadores que lo presentaron como relativista, ambiguo o incluso como un papa prácticamente no católico. Ese lenguaje, antes marginal, se volvió circulación cotidiana. El nuevo pontificado de León XIV por su parte, ha despertado en estos sectores la esperanza de una eventual restauración; pero, por ahora, esa expectativa pertenece más al deseo faccioso que a una confirmación real. Se mantienen alertas y vigilantes frente a cualquier decisión pontificia para ver si éstas transitan más cerca de un supuesto _progresismo_ de Francisco o del conservadurismo preconciliar, o al menos, del ethos doctrinario que representaba en ese momento histórico el papado de Juan pablo II.
Lo decisivo, en cualquier caso, no es si celebran en latín, si citan el catecismo, si atacan al Papa o si se dicen más fieles que el resto. Lo decisivo es qué hacen con la libertad de quienes atraen. A mi juicio ahí está la verdadera línea de quiebre.
Porque cuando un joven entra a una comunidad y termina aprendiendo a desconfiar de su propio juicio; cuando se le enseña que todo placer debe vivirse bajo sospecha; cuando se le empuja a revisar cada aspecto de su intimidad bajo tutela espiritual; cuando su mundo afectivo se va estrechando y su acceso al mundo real se filtra a través de una estructura; cuando se le promete santidad en medio de la realidad, pero en realidad se lo va separando de la realidad misma, entonces ya no estamos solo ante una propuesta religiosa exigente. Estamos ante una pedagogía del sometimiento.
Ese es el gran escándalo de este catolicismo de trinchera: se presenta como defensor de la verdad, pero demasiadas veces teme a la conciencia libre; dice formar adultos, pero a menudo produce dependencias; proclama salvar almas, pero se especializa en administrarlas. Europa podrá secularizarse todo lo que quiera, pero mientras existan grupos capaces de ofrecer a adolescentes vulnerables una mezcla de comunidad, culpa, épica y obediencia, este modelo seguirá encontrando terreno fértil.
Mientras que la vieja Iglesia pierde fieles, la nueva trinchera recluta subjetividades. Y entre ambas, demasiadas veces, la fe deja de ser horizonte de libertad para convertirse en una jaula pulcramente decorada con lenguaje sagrado.
La entrada Poder, conservadurismo y secularización: la tensión en una Iglesia en crisis se publicó primero en El Periodista.
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